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Authors: Noah Gordon

Tags: #narrativa dramatica

La Bodega

 

Languedoc, Francia, finales del siglo XIX. Josep Álvarez descubre de la mano de un viticultor francés el arte de la elaboración del vino. Desde ese momento, su vida estará determinada por esta pasión. A pesar de su juventud, Josep ha conocido el amor, las intrigas políticas y el trabajo duro, experiencia que, junto a su temprana vocación, caracterizará su destino. Tras participar contra su voluntad en un complot que convulsionará la ya turbulenta escena política del momento, huye a Francia, donde trabajará para un viticultor. Pese a su temor de caer en manos de la justicia, decide un día volver a su hogar. Luchando contra los elementos, Josep emprende una aventura tan ardua como fascinante: la elaboración de un buen vino. En torno a él, los habitantes de Santa Eulàlia: la joven viuda Marimar y su hijo Francesc; Nivaldo, el tendero de origen cubano; Donat, el hermano obrero, todos ellos personajes que pueblan esta rica novela. La bodega contiene la esencia anterior de Noah Gordon: historias personales de fuerza, personajes vitales, retratos fidedignos de una época, plasmados con una sensibilidad y acierto que ha admirado a miles de lectores a lo largo de los años.

Noah Gordon

La Bodega

ePUB v1.0

Zalmi90
07.04.12

Título original: The Bodega

© 2007 by Noah Gordon

Traducción de Enrique de Hériz

Primera edición: octubre de 2007

Séptima edición: diciembre de 2007

© de la traducción: Enrique de Hériz

© de esta edición: Roca Editorial de Libros, S.L.

ISBN: 978-84-96791-57-2

Depósito legal: M. 51.143-2007

Para Lorraine, siempre

PRIMERA PARTE
El regreso
En las afueras del pueblo de Roquebrun, provincia de Languedoc, sur de Francia, 22 de febrero de 1874
1
De vuelta a casa

El día en que todo empezó, Josep estaba trabajando en el viñedo de los Mendes y a media mañana había entrado ya en una especie de trance que lo llevaba de una vid a la siguiente para podar las ramas secas y agotadas que habían soportado la fruta cosechada en octubre, cuando cada grano de uva parecía jugoso como una mujer carnosa. Podaba con mano implacable, dejando las reducidas vides que producirían la siguiente generación de uvas. Era un raro día encantador en un febrero áspero y, pese al frío, el sol parecía imponerse en el vasto cielo francés. A veces, cuando daba con un grano arrugado que había pasado inadvertido a los recolectores, rescataba la uva Fer Servadou y se deleitaba con su sabrosa dulzura. Al llegar al final de cada hilera, armaba una pira con los sarmientos podados y tomaba una rama encendida de la hoguera anterior para prender una nueva. El acre olor del humo se sumaba al placer del trabajo.

Acababa de encender una pira cuando, al alzar la mirada, vio que Léon Mendes se abría paso entre las viñas, sin detenerse a hablar con ninguno de los otros cuatro trabajadores.

—Monsieur —saludó con respeto cuando Mendes llegó a su altura.

—Señor. —Era una broma entre ellos, según la cual el propietario se dirigía a Josep como si éste lo fuera también, y no fuese sólo un simple peón. Sin embargo, Mendes no sonreía. Fue amable, pero directo como siempre—: Esta mañana he hablado con Henri Fontaine, que ha regresado hace poco de Cataluña. Josep, tengo muy malas noticias. Tu padre ha muerto.

Josep se sintió como si lo hubieran golpeado, incapaz de articular palabra. «¿Mi padre? ¿Cómo puede haber muerto mi padre?»

—¿Qué causó su muerte? —preguntó al fin, como un estúpido.

Mendes meneó la cabeza.

—Henri sólo oyó que había muerto a finales de agosto. No sabía nada más.

—...Volveré a España, monsieur.

—¿Estás seguro? —preguntó Mendes—. Al fin y al cabo, él ya no está...

—No, tengo que volver.

—¿Y podrás regresar... a salvo? —preguntó con amabilidad.

—Creo que sí, señor. Llevo mucho tiempo pensando en volver. Le agradezco su amabilidad, monsieur Mendes. Por acogerme. Y por enseñarme.

Mendes se encogió de hombros.

—No ha sido nada. Nunca se termina de aprender sobre vinos. Lamento profundamente la pérdida de tu padre, Josep. Creo recordar que tienes un hermano mayor, ¿no?

—Sí. Donat.

—En la zona de donde tú eres, ¿el primogénito es el heredero? ¿Heredará Donat la viña de tu padre?

—En nuestra zona, es costumbre que el primogénito herede dos tercios y que los siguientes se repartan lo que quede y obtengan un trabajo del que vivir. Pero en mi familia, dada la escasez de nuestras tierras, la costumbre es que el mayor se lo quede todo. Mi padre siempre dejó claro que mi futuro estaba en el Ejército o en la Iglesia. Por desgracia, no valgo para ninguno de ambos.

Mendes sonrió, aunque con tristeza.

—No puedo decir que me parezca mal. En Francia, el reparto de propiedades entre los hijos ha provocado la existencia de explotaciones ridículamente pequeñas.

—Nuestra viña se compone sólo de cuatro hectáreas. Apenas daría para mantener a una familia, teniendo en cuenta que se cultiva en ella una clase de uva que sólo sirve para hacer vinagre.

—Tu uva no está mal del todo. Tiene sabores agradables y prometedores. De hecho, es demasiado buena para hacer vinagre barato. Cuatro hectáreas, manejadas adecuadamente, pueden proporcionar una cosecha digna de un buen vino. Sin embargo, tenéis que cavar bodegas para que el caldo no se amargue con el calor del verano —explicó Mendes gentilmente.

Josep sentía un gran respeto por Mendes. Sin embargo, ¿qué sabía el vinatero francés de Cataluña, o del cultivo de uvas destinadas al vinagre?

—Monsieur, usted ha visto nuestras casitas, con sus suelos de tierra —dijo en un tono demasiado impaciente, alelado como estaba de pensar en su padre—. No tenemos grandes castillos. No hay dinero para construir grandes bodegas con sótanos para conservar el vino.

Era obvio que monsieur Mendes no quería discutir.

—Ya que no vas a heredar el viñedo, ¿a qué te dedicarás en España?

Josep se encogió de hombros.

—Buscaré trabajo.

«Casi seguro que no será con mi hermano Donat», pensó.

—¿Tal vez en otra zona? La región de La Rioja tiene unos pocos viñedos en los que deberían considerarse afortunados de poder contratarte, porque tienes un talento natural para la uva. Eres capaz de percibir sus necesidades, y tus manos son felices con el contacto de la tierra. Por supuesto, La Rioja no es Burdeos, pero allí se hacen algunos vinos aceptables —añadió en tono altivo—. Aunque si alguna vez quieres volver a trabajar aquí, enseguida encontrarás empleo conmigo.

Josep le dio de nuevo las gracias.

—No creo que vaya a La Rioja ni que vuelva a trabajar en Languedoc, monsieur. Cataluña es mi lugar.

Mendes asintió con la cabeza, demostrando que lo comprendía.

—La llamada del hogar siempre es poderosa. Ve con Dios, Josep —dijo con una sonrisa—. Y dile a tu hermano Donat que cave una bodega en el sótano.

Josep sonrió también, y meneó la cabeza. Se dijo a sí mismo que Donat no sería capaz de cavar ni un agujero para cagar.

 

—¿Te vas? Ah..., pues buena suerte.

Margit Fontaine, la casera de Josep, recibió la noticia de la marcha de éste con su sonrisilla íntima, casi pícara, e incluso, según sospechaba él, con cierto placer. Para ser una viuda de mediana edad, tenía aún un rostro hermoso y un cuerpo que había provocado un acelerón en el corazón de Josep al verla por primera vez, aunque estaba tan poseída de sí misma que al cabo de un tiempo había perdido todo su atractivo. Ella le había proporcionado comidas descuidadas y un lecho blando que en alguna ocasión se había dignado a compartir con desdén, tratándolo como si fuera un torpe alumno de su estricta academia sexual. «Despacio, con determinación. ¡Con suavidad! ¡Jesús, muchacho, que no estás en una carrera!» Era cierto que le había enseñado meticulosamente lo que un hombre podía hacer. A él le habían intrigado las lecciones y su belleza, pero no habían intercambiado ninguna ternura y, como ella terminó desagradándole, el placer era limitado. Sabía que ella lo veía como un huesudo joven campestre al que debía enseñar todo acerca de cómo satisfacer a una mujer, un español sin el menor interés, que hablaba mal el occitano, idioma de la región, y no conocía el francés.

Así que, sin despedidas románticas, Josep se fue a primera hora del día siguiente tal como había llegado a Francia: en silencio y sin llamar la atención, sin molestar a nadie. Llevaba al hombro una bolsa de tela que contenía salchichas, una baguete y una botella de agua. En el otro, sostenía una manta enrollada y un regalo de monsieur Mendes: una pequeña bota de vino sujeta con una correa. El sol había vuelto a desaparecer y el cielo parecía gris como el cuello de una paloma; era un día frío pero seco y la superficie del camino de tierra era firme; buenas condiciones para caminar. Por suerte, sus piernas y sus pies se habían endurecido con el trabajo. Tenía mucho camino por delante y se obligó a mantener un ritmo decidido, pero tranquilo.

Su objetivo para el primer día consistía en llegar a un castillo del pueblo de Sainte Claire. Cuando llegó, a última hora de la tarde, se detuvo en la pequeña iglesia de Saint Nazare y pidió a un sacerdote que lo orientara para llegar a la viña de un hombre llamado Charles Houdon, amigo de Léon Mendes. Tras encontrar el viñedo y transmitir al señor Houdon las felicitaciones de monsieur Mendes, obtuvo permiso para dormir aquella noche en la sala de los toneles.

Al caer el crepúsculo, se sentó en el suelo cerca de unos barriles y se comió las salchichas con pan. La limpieza de la sala de toneles de Houdon era impecable. El dulzor intenso del fermento de uvas no llegaba a imponerse al duro aroma del roble nuevo y al sulfuro que los franceses quemaban en sus barriles y botellas para mantenerlos puros. En el sur de Francia se quemaba mucho sulfuro por miedo a una serie de males, sobre todo la filoxera, una plaga que estaba arruinando los viñedos del norte, causada por un piojo minúsculo que se comía las raíces de las cepas. Aquella sala de toneles le recordó la de la bodega de los Mendes, aunque Léon hacía vino tinto y a Josep le habían contado que Houdon sólo hacía vino blanco con uva Chardonnay. Josep prefería el tinto y en aquel momento se concedió la indulgencia de dar un solo trago de la bota. Era un pequeño estallido, agudo y limpio:
vin ordinaire
, un vino común que en Francia podían permitirse hasta los jornaleros y, sin embargo, mejor que cualquier vino que Josep hubiera probado en su pueblo.

Había pasado dos años trabajando en las viñas de Mendes, más otro como suplente del bodeguero y un cuarto en la sala de toneles, bendecido por la oportunidad de probar vinos cuya calidad ni siquiera había imaginado jamás.

—Languedoc es conocido por producir un
vin ordinaire
decente. Yo hago vinos honestos, algo mejores que los comunes. De vez en cuando, por mala suerte o por estupidez, hago un vino tirando a malo —le había dicho en una ocasión monsieur Mendes—. Pero, por lo general, gracias a Dios, mi vino es bueno. Claro que nunca he producido ninguno que fuera grande de verdad, un vino que marque una era, como las cosechas que crearon míticos viticultores como Lafite y Haut-Brion.

Sin embargo, nunca había dejado de intentarlo. En su implacable búsqueda del
cru
definitivo —una perfección a la que se refería como «el vino de Dios»—, cuando lograba una cosecha capaz de derramar su gloria por el paladar y el gaznate, exhibía una sonrisa brillante durante una semana.

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