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Authors: Lincoln Child Douglas Preston

Tags: #Intriga, Policíaca

Naturaleza muerta (2 page)

–¿Sheriff Hazen?

El capitán de los policías de Kansas, un hombre altísimo, se acercó haciendo crujir el maíz seco, con las botas negras muy brillantes, la mano tendida y una mueca que pretendía ser una sonrisa. Hazen cogió su mano y la estrechó, molesto por la diferencia de estatura. Era el tercer apretón. Una de dos, o el capitán tenía mala memoria o estaba tan nervioso que se desahogaba así. Probablemente lo segundo.

–El forense ya ha salido de Garden City –dijo–. Debería llegar en diez minutos.

El sheriff Hazen se arrepintió de no haber enviado a Tad. Personalmente, habría estado encantado de renunciar al fin de semana de pesca con tal de no ver aquello. Por otro lado, pensó qué podría haber sido un poco demasiado fuerte para alguien como Tad, que en tantos aspectos todavía era un muchacho.

–Aquí se ve la mano de un artista –dijo el capitán, moviendo la cabeza–. Un artista de los de verdad. ¿Usted cree que saldrá en el
Kansas City Star
?

Hazen no contestó, más que nada porque no se le había ocurrido la idea. Se imaginó su foto en el periódico, y no le gustó. Justo entonces pasó alguien con un fluoroscopio y tropezó con él. ¡Cuánta gente! ¡Joder! Empezaba a haber más personas que en una boda baptista.

Después de llenarse los pulmones de tabaco, hizo el esfuerzo de volver a mirar el cadáver. Le parecía importante fijarse bien antes de que lo recogieran todo y se lo llevarán en bolsas. Se grabó automáticamente en la memoria todos los detalles, a cual más asqueroso.

Casi parecía un decorado de teatro. Alguien había abierto un claro circular en el maizal. Los tallos rotos estaban apilados pulcramente al borde, dejando libre una zona de tierra y farfolla de unos doce metros de diámetro. La terrible irrealidad del momento no impidió que Hazen admirase la precisión geométrica del círculo, ocupado parcialmente por un bosque en miniatura de estacas de entre medio metro y un metro, clavadas en el suelo con el cruel espectáculo de sus puntas señalando el cielo. En el centro exacto del claro había un círculo de cuervos muertos y empalados, pero no en estacas, sino en flechas indias, todas con la punta tallada. Los pájaros eran como mínimo dos docenas, con la mirada inerte y los picos amarillos señalando el interior del círculo.

Y en el centro del círculo había un cadáver de mujer.

En todo caso, al sheriff Hazen le parecía una mujer, aunque le faltaran los labios, la nariz y las orejas.

El cadáver estaba tumbado de espaldas, con la boca tan abierta que parecía una cueva rosada. Le habían arrancado un gran mechón de su pelo teñido de rubio, y desgarrado la ropa con esmero en infinidad de tiras paralelas. No había concesiones al desorden. Se apreciaba algo raro en la relación entre la cabeza y los hombros, que Hazen atribuyó a que tenía el cuello roto, pero no había morados que hicieran sospechar un estrangulamiento. Si el cuello estaba roto, era por efecto de un giro brusco.

Llegó a la conclusión de que el asesinato se había producido en otro sitio. El suelo presentaba marcas que morían poco antes del borde del claro, señal de que el cadáver había sido arrastrado. Al prolongar la línea mentalmente, vio un hueco en las hileras de maíz, debido a la rotura de un tallo. Los policías no lo habían visto. De hecho estaban borrando algunas marcas con sus movimientos. Cuando estaba a punto de decírselo al capitán, se lo pensó mejor. ¡Qué ocurrencia! ¡Si el responsable del caso no era él! En el momento en que, como suele decirse, la mierda llegara al ventilador, este estaría soplando hacia otra persona; en cambio, solo con que abriera la boca el viento se le pondría de cara. Como se le ocurriera decir «Capitán, ha destruido usted pruebas», dentro de dos meses lo obligarían a repetirlo en los tribunales delante del capullo que se ocupara de la defensa. Sí, todas sus palabras serían reproducidas en el juicio del loco que hubiera cometido el crimen. Porque a la larga seguro que habría un juicio. No se podía estar tan mal de la cabeza y quedar impune.

Volvió a llenarse de humo los pulmones. Punto en boca. Que se equivoquen ellos. No es tu caso.

Soltó la colilla y la aplastó con el pie. Estaba llegando otro coche a velocidad prudencial, con la luz de los faros brincando por el maíz a causa de los baches. El conductor frenó en el aparcamiento improvisado y bajó. Era un hombre vestido de blanco con una maleta negra. McHyde, el forense.

El sheriff Hazen vio que esquivaba los grumos de tierra seca para no mancharse los zapatos. McHyde intercambió unas palabras con el capitán y se acercó al cadáver para examinarlo desde varios ángulos. A continuación se puso de rodillas y, con gran cuidado, ató bolsas en las manos y los pies de la víctima. La siguiente operación consistió en abrir la maleta negra y sacar un instrumento, cuyo nombre acudió a la memoria del sheriff Hazen: sonda anal. El forense estaba haciendo algo en las partes íntimas del cadáver: tomarle la temperatura. ¡Pues vaya trabajito!

El sheriff Hazen miró el cielo negro, pero ya hacía tiempo que los buitres habían desaparecido. Al menos había alguien que sabía marcharse en el momento oportuno.

El forense y los sanitarios empezaron a envolver el cadáver para su traslado, mientras un policía desclavaba las flechas de los cuervos, les ponía etiquetas y las guardaba en recipientes refrigerados. En ese momento, el sheriff Hazen tuvo ganas de mear. Claró, tanto café… No, era algo más: empezaba a subirle algo ácido por el estómago. Esperaba que no fuera la úlcera de marras, porque no tenía ningunas ganas de echar las papas en presencia de toda aquella fauna.

Miró alrededor, y cuando estuvo seguro de que no lo miraban se internó en la oscuridad del maíz. Recorrió la primera hilera respirando hondo, con la idea de alejarse bastante para que no encontraran su orina y la registrasen como prueba. Claro que para eso no hacía falta apartarse demasiado, porque la curiosidad de aquellos policías no parecía ir más allá de los límites estrictos del lugar del crimen…

Se quedó un paso más allá del círculo de luces. Sepultado en el mar de maíz. Tenía la impresión de estar muy lejos de todo: del murmullo de voces, del zumbido lejano del generador y de la insólita violencia del lugar del crimen. Soplaba un poquito de brisa, un leve movimiento en el bochorno que sin embargo bastó para despertar un susurro en el maizal. Tras una pausa de un minuto para respirar, se bajó la cremallera, gruñó y orinó ruidosamente en el suelo seco. Después de una fuerte sacudida que hizo tintinear su pistola, sus esposas, su porra y sus llaves, volvió a meterlo todo en su sitio y lo alisó.

Al dar media vuelta, vio que el resplandor indirecto de las lámparas iluminaba algo, y enfocó la linterna hacia las filas de tallos. Estaba en la siguiente. Se fijó. Un trozo de tela, prendido en la parte superior de una farfolla seca. Parecía ser la misma tela que la de la ropa de la víctima. Iluminó más tallos, pero no vio nada más.

Se levantó. ¡Y dale! No era su caso. Quizá se decidiera a comentarlo; si no, dejaría que lo encontraran los policías por sí mismos (suponiendo que tuviera alguna importancia, que ya era mucho suponer).

Cuando apartó el maíz para salir al claro, vio que el capitán iba a su encuentro.

–Lo estaba buscando, sheriff Hazen. –Llevaba un GPS en una mano y un mapa topográfico en la otra. Su expresión ya no tenía nada que ver con la de antes–. Felicidades.

–¿Qué pasa? –preguntó Hazen.

El capitán señaló el GPS.

–Según esta lectura, estamos en el municipio de Medicine Creek, exactamente a cuatro metros del límite municipal; es decir, sheriff Hazen, que el caso es suyo. Como es lógico, lo ayudaremos en todo lo que quiera, pero el responsable es usted. Por lo tanto, permítame ser el primero que lo felicite.

Le tendió la mano, radiante.

El sheriff Dent Hazen no se la estrechó. Volvió a sacar el paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa, lo sacudió y se encendió uno en la boca. Solo habló después de inhalar, echando humo a la vez que palabras.

–¿Cuatro metros? –repitió–. ¡Joder!

El capitán bajó la mano. Hazen se decidió a hablar.

–El asesinato se produjo en otro sitio. Después el asesino trajo aquí a la víctima por el maizal, arrastrándola los últimos cinco o seis metros. Siguiendo la fila que empieza en aquel tallo roto, se llega a un trozo de tela que coincide con la de la víctima. Deduzco que el asesino debía de llevarla a las espaldas. Encontrarán huellas mías y el sitio donde he meado en la fila contigua. No hagan caso. Ah, otra cosa, capitán: ¿es necesaria tanta gente? ¡Es un crimen, oiga! ¡No el aparcamiento de una gran superficie! Que se queden el forense, el fotógrafo y el experto en pruebas. A los demás dígales que se vayan.

–Es que tenemos nuestros procedimientos…

–Ahora sus procedimientos son los míos.

El capitán tragó saliva.

–Quiero ya mismo dos perros policía entrenados para seguir pistas. Y que me traigan al equipo forense de Dodge.

–Bueno.

–Otra cosa.

–¿Qué?

–Quiero que sus chicos corten el paso a la prensa, sobre todo a las camionetas de la tele. Reténgalos hasta que hayamos terminado.

–¿Con qué acusación?

–Exceso de velocidad. Es la especialidad de sus chicos, ¿no?

La mandíbula del capitán se puso aún más tensa de lo que estaba.

–¿Y si no van demasiado deprisa?

El sheriff Hazen sonrió, burlón.

–Seguro que sí. Me juego lo que sea.

Tres

Inclinado en su escritorio, Tad Franklin, el ayudante del sheriff de Medicine Creek, se dedicaba a rellenar un montón de formularios que no le sonaban de nada, y a actuar como si el indisciplinado grupo de reporteros de televisión y de periódicos del otro lado del cristal blindado no existiera. Siempre le había gustado que las oficinas del sheriff ocupasen una antigua tienda de oportunidades, desde donde se podía ver pasar a la gente, hablar con los amigos y enterarse de quién iba y venía. Hasta entonces no se había dado cuenta de las desventajas.

La luz cruda de otro caluroso amanecer de agosto había empezado a derramarse por la calle, proyectando las largas sombras de las camionetas de prensa, y dorando la expresión malhumorada de los periodistas. La cosa, tras una noche en vela, empezaba a ponerse un poco fea. La fila que entraba o salía del bar de Maisie, al otro lado de la calle, era continua, pero la comida que servían, por lo demás muy normalita, no parecía aliviar el mal humor, sino agravarlo.

Tad Franklin procuró concentrarse en los formularios, pero era demasiado difícil hacerse el sordo a los golpes en el cristal y a las preguntas, acompañadas de alguna que otra palabrota. La situación comenzaba a ser insoportable. Lo peor sería que despertaran al sheriff de su cabezadita en la celda del fondo. Tad se levantó lo más serio posible y abrió un poco la ventana.

–Les vuelvo a pedir que se aparten del cristal –dijo.

La reacción fue un coro de murmullos irrespetuosos, preguntas a voz en grito y, en general, irritación contenida. Gracias a las letras de las camionetas, Tad sabía que no eran periodistas de la zona, sino de Topeka, Kansas City, Tulsa, Amarillo y Denver. Pues nada, que volvieran por donde habían venido…

Al oír un portazo y una tos, se volvió y vio al sheriff bostezando y frotándose los pelos de la barbilla. Tras atusarse los mechones que se le habían levantado en un lado de la cabeza, Hazen se encasquetó el sombrero con las dos manos.

Tad cerró la ventana.

–Lo siento, sheriff, pero no hay manera de que se vayan.

El sheriff bostezó, saludó tranquilamente con la mano y dio la espalda a la multitud. Desde las últimas filas, un reportero de los de peor genio lanzó una invectiva en que podían distinguirse las palabras «paleto microscópico». Hazen se acercó a la cafetera, se sirvió una taza, bebió un sorbo, hizo una mueca, formó un gargajo en su boca, lo escupió al café y, por último, vertió el contenido de la taza en la cafetera.

–¿Preparo más? –preguntó Tad.

–No, gracias –contestó el sheriff, con una palmada viril en el hombro de su ayudante, y se volvió de nuevo hacia el grupo del otro lado del cristal–. ¿No crees que necesitan algo para las noticias de las seis? Es hora de una rueda de prensa.

–¿Una rueda de prensa? –Tad nunca había asistido ni participado en ninguna–. ¿Y eso cómo se hace?

El sheriff Hazen enseñó brevemente sus dientes amarillos con una risa ronca.

–Sales y contestas a lo que te pregunten.

Abrió con llave la vieja puerta de cristal y asomó la cabeza.

–¿Qué, cómo va?

La respuesta fue una marea humana, y un galimatías de preguntas a pleno pulmón.

Levantó el brazo enseñándoles la palma de la mano. Como llevaba el mismo uniforme de manga corta que la noche anterior, el gesto reveló un semicírculo de sudor que casi llegaba a la cintura. Hazen era bajo, pero a la manera de un bulldog, y por alguna razón infundía respeto. Tad, que lo había visto aflojar los dientes a un sospechoso que doblaba su estatura, pensó: «Con los que miden menos de metro setenta, mejor no pelearse». Los periodistas callaron.

El sheriff bajó el brazo.

–A continuación, mi ayudante Tad Franklin y yo haremos unas declaraciones y abriremos un turno de preguntas. ¿Qué les parece si nos portamos todos como gente civilizada?

Hubo un movimiento general de luces encendiéndose, micros en alto, clics de grabadoras y susurros de obturadores.

–Tad, dales un poco de café recién hecho a estos amigos.

Tad miró a Hazen, y al verlo parpadear cogió la cafetera, observó su contenido, lo removió un poco y cogió unos cuantos vasos de poliestireno, que repartió al otro lado de la puerta. Algunos bebían (los menos); otros olían disimuladamente.

–¡Beban, beban! –exclamó Hazen, campechano–. ¡Que no se diga que en Medicine Creek no somos gente hospitalaria!

Algunos sorbos más en un clima de inquietud, y algunas miradas de reojo a los vasos. Parecía que el café hubiera atenuado, e incluso domeñado, el espíritu rebelde de los periodistas. El calor ya era agobiante, a pesar de que solo estaba amaneciendo. No había ningún sitio donde dejar los vasos, ni ninguna papelera adonde tirarlos. En la puerta de la oficina del sheriff había un letrero:

PROHIBIDO TIRAR BASURA AL SUELO. MULTA: 100 DÓLARES.

Hazen se ajustó el sombrero y salió a la acera, donde se sometió a las cámaras y observó a la multitud en postura marcial. A continuación les dirigió unas palabras. Refirió el descubrimiento del cadáver en seco lenguaje policial; describió el claro, el cadáver y los cuervos empalados, y, aunque los hechos fueran tan impactantes, logró presentarlos con naturalidad, intercalando con llaneza comentarios que neutralizaron casi todos los detalles truculentos. Tad admiró lo sociable, y aun simpático, que podía ser su jefe si se lo proponía.

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