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Authors: Lincoln Child Douglas Preston

Tags: #Intriga, Policíaca

Naturaleza muerta (34 page)

Al llegar a las primeras granjas de los alrededores de Deeper, Hazen redujo la velocidad al límite permitido. No era cuestión de llevarse a uno de Deeper por delante justo cuando el caso estaba a punto de solucionarse, e iba todo viento en popa.

–¿Qué planes tiene, sheriff? –preguntó Raskovich, que volvía a respirar.

–Visitar a Norris Lavender.

–¿Quién es?

–El dueño de medio pueblo, y de muchos de estos campos. Los arrienda. Su familia tenía el primer rancho de la zona.

–¿Cree que tiene algo que ver con el caso?

–Aquí no pasa nada sin el permiso de Lavender. Es lo que le pregunté a Hank Larssen: ¿quién es el principal perjudicado? No hay que pensar mucho.

Raskovich asintió.

Vieron aparecer la zona comercial de Deeper. En una punta del pueblo había un Hardee's, en la otra un A&W, y en medio varias tiendecitas decrépitas o cerradas, un establecimiento de artículos deportivos, un ultramarinos, una gasolinera, un vendedor de coches usados (tartanas AMC sin excepción), una lavandería automática y el Deeper Sleep Motel. Todo se remontaba a los años cincuenta. Parece un decorado de película, pensó Hazen.

Entró en la zona de estacionamiento de detrás del Grand Theater (abandonado hacía muchos años) y la peluquería. Al fondo había un edificio bajo de ladrillo naranja, aislado entre los brillos de un mar de asfalto. Se acercó a la puerta de cristal y aparcó ilegalmente en plena zona de bomberos, con toda la jeta. Al ver el coche de Hank perfectamente estacionado, sacudió la cabeza. No sabía imponer respeto. Dejó encendidas las luces, dignas de una máquina tragaperras, para que se supiera que había venido en misión oficial.

Cruzó la doble puerta y penetró con paso decidido en el gélido vestíbulo del edificio Lavender, con Raskovich detrás. Cuando llegó a la recepción, una secretaria tirando a fea, pero de voz tan eficaz que rayaba en la antipatía, le dijo:

–Pase directamente, sheriff. Lo están esperando.

Saludó tocándose el ala y cruzó el vestíbulo hasta llegar a unas puertas de cristal situadas a mano derecha. La secretaria del otro lado, aún más gordita que su compañera, les hizo señas de que pasaran.

«Sí que son feas las de Deeper», pensó. Seguro que se casan entre primos.

Se quedó en el umbral del despacho del fondo, mirando con los ojos entornados. Era todo muy de diseño, muy cosmopolita: metal y cristal en diversos matices de gris y negro, un escritorio de tamaño exagerado, alfombras muy mullidas, macetas con ficus… Lo único que delataba los orígenes de clase baja del dueño eran dos grabados cutres de muñecas. Lavender estaba sentado al otro lado de la mesa gigante, sonriendo. Se levantó ágilmente en cuanto Hazen lo vio. Llevaba un chándal con rayas, y un anillo de platino y brillantes en el meñique. Delgado, más bien alto, dotaba todos sus movimientos de lo que debía de considerar una languidez aristocrática. Por desgracia, su cabeza, desproporcionada con su cuerpo y de forma piramidal, tenía una boca muy ancha y unos ojos minúsculos y juntos, y se estrechaba en una frente pequeña y de una lisura y blancura dignas de una loncha de tocino. Era una frente de gordo en un cuerpo delgado.

El sheriff Larssen, sentado al lado en una silla, también se levantó.

Lavender extendió un brazo sin mediar palabra, y su mano, minúscula y blanca, indicó un asiento. Era un desafío. ¿Qué haría Hazen? ¿Obedecer o elegir el que quisiera?

Hazen sonrió, condujo a Raskovich a la silla señalada y ocupó otra.

Lavender seguía de pie. Puso las manos de niño encima de la mesa y se inclinó lentamente sin perder la sonrisa.

–Bienvenido a Deeper, sheriff Hazen.Supongo que su acompañante es el señor Raskovich, de la Universidad Estatal de Kansas.

Tenía una voz meliflua. Hazen asintió con rapidez.

–Me imagino que ya sabe a qué vengo, Norris.

–¿Conviene que llame a mi abogado?

El tono de Lavender hizo que pareciera una broma.

–Allá usted. No es sospechoso de nada.

Lavender arqueó las cejas.

–¿De veras?

De veras. Y pensar que su abuelo era un contrabandista de alcohol de tres al cuarto…

–De veras –repitió Hazen.

–Bueno, sheriff, pues… ¿empezamos? Ya que es una entrevista voluntaria, me reservo el derecho a que las preguntas se acaben cuando yo quiera.

–Pues nada, al grano. ¿De quién son las tierras de Deeper elegidas como posible emplazamiento del campo experimental de la universidad?

–Sabe perfectamente que mías. Las tengo arrendadas a Buswell Agricon, los socios de la universidad en el proyecto.

–¿Conocía al doctor Stanton Chauncy?

–Sí, claro. Le di un paseo por el pueblo con el sheriff.

–¿Y qué le parecía?

–Probablemente lo mismo que a usted.

Lavender sonrió un poco, lo justo para revelarle al sheriff Hazen todo lo necesario sobre su opinión de Chauncy.

–¿Sabía con antelación que Chauncy hubiera elegido Medicine Creek?

–No. Era de los que se guardan sus cartas.

–¿Negoció un nuevo contrato con la universidad para el cultivo experimental?

Lavender cambió lánguidamente de postura y ladeó su pesada cabeza.

–No. No quería influir. Les dije que si elegían quedarse en Deeper les aplicaría la misma tarifa que a Buswell Agricon.

–Pero ¿tenía pensado aumentar el precio?

Lavender sonrió.

–Tenga en cuenta que soy un hombre de negocios. Como usted comprenderá, tenía la esperanza de cobrar más con los futuros cultivos.

Como usted comprenderá.

–Es decir, que veía futuro a la operación.

–Lógicamente.

–¿Me equivoco o es usted el propietario del Deeper Sleep Motel?

–Ya lo sabe.

–¿Y de la franquicia del Hardee's?

–Es uno de mis mejores negocios en Deeper.

–¿Verdad que es el dueño de todos los edificios que hay entre la tienda de deportes de Bob y la peluquería?

–Es de sobra conocido, sheriff.

–También es suyo el edificio del Grand Theatre, que actualmente está vacío, y los del Steak Joint y el Cry County Mini-Mall.

–Repito que lo sabe todo el mundo.

–En los últimos cinco años, ¿ cuántos inquilinos han echado la persiana antes del final del contrato?

Lavender seguía sonriendo, pero Hazen observó que había empezado a dar vueltas al anillo del meñique.

–Mi economía es algo personal, si no le molesta.

–Bueno, pues intentaré adivinarlo. ¿El cincuenta por ciento? El Rookery cerró, el Book Nook ya hace tiempo que no existe… El año pasado cerró el Jimmy's Round Up, y el Mini-Mall está dos tercios vacío.

–Podría decirle que ahora mismo el Deeper Sleep Motel tiene una ocupación del cien por cien.

–Sí, porque está lleno de periodistas, pero en cuanto pase el bombazo volverá a tener el mismo éxito que el motel de Norman Bates.

Aunque Lavender conservaba la sonrisa, sus labios húmedos, que ocupaban toda la parte inferior de la cara, expresaban cualquier cosa menos buen humor.

–¿Cuántos morosos tiene? Lo malo es que no está la situación como para ponerse duro y echarlos. ¿A que no? Porque a ver quién los sustituye… Es mejor bajar el alquiler e ir tirando con alguna que otra carta.

Ninguna respuesta. Hazen se relajó, dejó que se prolongara el silencio y aprovechó la pausa para mirar el despacho. Se fijó en unas fotos de Norris Lavender en la pared, acompañado de una serie de famosos: Billy Cárter, hermano del presidente, un par de jugadores de fútbol, una estrella del rodeo y un cantante de country. En varias de ellas aparecía alguien más: Lewis McFelty, la mano derecha de Lavender, un hombretón moreno y musculoso que jamás sonreía. Hazen lo había buscado con la mirada al entrar en el despacho, pero no estaba. Más pruebas que avalaban su teoría. Apartó la vista del inquietante personaje y volvió a mirar a Lavender con una sonrisa en los labios.

–Usted y su familia son los dueños de este pueblo desde hace casi cien años, pero parece que en el imperio Lavender podría estar poniéndose el sol, ¿eh, Norris?

El sheriff Larssen intervino.

–Oye, Dent, que eso es intimidar. No veo ninguna relación con los asesinatos.

Lavender lo interrumpió con un gesto.

–Te lo agradezco, Hank, pero ya hace tiempo que le veo el juego a Hazen. Perro ladrador, poco mordedor.

–¿Ah, sí? –replicó Hazen.

–Pues sí. Aquí la cuestión no son los asesinatos de Medicine Creek, sino el supuesto tiro en la pierna de mi abuelo al suyo. –Miró al jefe de seguridad de la universidad–. Señor Raskovich, aquí en Cry County ya hace mucho que hay Lavenders y Hazens, y no todos lo saben asimilar igual de bien. –Volvió a sonreír al sheriff–. Pues le aviso de que no cuela. Ni mi abuelo le pegó un tiro al suyo, ni yo soy un asesino en serie. Míreme. ¿Me ve en un maizal abriendo a alguien en canal como hacen ustedes con los pavos, en Medicine Creek?

Paseó por el despacho una mirada satisfecha.

No cuela. Al final siempre subía a la superficie, como la grasa en el cocido. Norris Lavender ya podía salpicar sus frases con «de veras» y «como comprenderá usted», que el tufo a purria era imposible de disimular.

–Es clavado a su abuelo, Norris –respondió Hazen–. Deja a otros el trabajo sucio.

Las cejas de Lavender se arquearon.

–Eso se parece mucho a una acusación.

Hazen sonrió.

–Oiga, Norris, ¿sabe que al entrar he echado de menos a su amigo Lewis McFelty? ¿Cómo está?

–¿Mi ayudante? Pobre, tiene a su madre enferma en Kansas City y le he dado una semana libre.

La sonrisa de Hazen se amplió.

–Espero que no sea nada grave.

Otro silencio. Hazen tosió y continuó:

–Le habría perjudicado mucho que el campo se fuera a Medicine Creek.

Lavender abrió una caja de puros de madera y se la acercó al sheriff.

–Adelante, sheriff, que ya sé que es un fumador empedernido.

Hazen contempló la caja. Cubanos. Cómo no. Negó con la cabeza.

–¿Señor Raskovich? ¿Un puro?

Raskovich también los rechazó con un movimiento de la cabeza.

Hazen se apoyó en el respaldo y dijo:

–Es más, podía perderlo todo. ¿No?

–¿A alguien le importa que me dé el caprichito?

Lavender acercó la mano a la caja, cogió un puro y lo enseñó entre dos dedos de salchicha, a guisa de pregunta.

–Adelante –dijo Hank con una mirada hostil a Hazen–. Si no se puede fumar en el propio despacho…

Hazen esperó, mientras Lavender sacaba un cortapuros de plata de un cajón, cortaba la punta del puro, admiraba su obra, cogía un encendedor de oro, calentaba la punta del puro, chupaba la otra, se la ponía en su ancha boca y lo encendía. Fue un proceso que duró varios minutos. A continuación, Lavender se levantó y se acercó tranquilamente a la ventana para mirar la zona de estacionamiento con las manitas cruzadas en la espalda. Chupaba el puro con languidez, y de vez en cuando se lo quitaba de la boca para observar su punta. Tras su delgada figura, Hazen vio un horizonte negro como la noche. Se acercaba una tormenta, y de las gordas.

El silencio se prolongó hasta que Lavender se decidió a volverse y dijo a Hazen, con fingida sorpresa:

–Ah, pero ¿aún está aquí?

–Espero que conteste a mi pregunta.

Lavender sonrió.

–¿No le he dicho hace cinco minutos que la entrevista había acabado? Qué despiste.

Volvió a mirar por la ventana, mientras chupaba el puro.

–Ojo, no les pille la tormenta –dijo por encima del hombro.

Hazen salió del aparcamiento quemando todo el neumático que hiciera falta. Cuando llegaron a la calle principal, Raskovich lo miró.

–¿Qué era lo de los dos abuelos?

–Nada, una cortina de humo.

Como Raskovich no decía nada, Hazen comprendió irritado que esperaba otra respuesta. Le costó un poco dominar la irritación, pero necesitaba tener la universidad de su lado, y para eso la clave era Raskovich.

–Los Lavender empezaron de rancheros, pero en los años veinte se enriquecieron con el contrabando de alcohol –explicó–. Controlaban toda la bebida clandestina del condado. Se la compraban a los productores, y la distribuían. Mi abuelo era sheriff de Medicine Creek, y una noche, con un par de agentes anticontrabando, pilló al rey Lavender cerca de casa de los Kraus cargando una mula con aguardiente. En esa época, Kraus tenía una destilería al fondo de la caverna turística. Hubo una escaramuza, y mi abuelo acabó con una bala en el cuerpo. A Lavender lo llevaron a juicio, pero sobornó al jurado y lo dejaron libre.

–¿En serio cree que Lavender está detrás de los asesinatos?

–Mire, señor Raskovich, en la policía se buscan motivos, medios y ocasiones. Lavender tiene motivos, y es un hijo de puta capaz de todo por dinero. Ahora, lo que tenemos que buscar son los medios y la ocasión.

–No me lo imagino asesinando, la verdad.

Aquel Raskovich era un subnormal de verdad. Hazen midió sus palabras.

–Lo que pienso es lo que he dicho en su despacho. No creo que los asesinatos los cometiera con su mano. No es el estilo de los Lavender. Debió de contratar a algún matón para el trabajo sucio. –Reflexionó–. Me gustaría hablar con Lewis McFelty. Lo de la madre enferma en Kansas City… ¡Vaya cuento!

–¿Adonde vamos?

–A averiguar hasta qué punto es mala la situación de Norris Lavender. Primero iremos al ayuntamiento y consultaremos su historial como contribuyente. Luego iremos a hablar con algunos acreedores y enemigos. Nos enteraremos de si estaba muy metido en todo el tema del campo experimental. Como era su última oportunidad, no me sorprendería nada que se lo hubiera jugado todo a esa carta.

Hizo una pausa. Nunca estaba de más un poco de diplomacia.

–¿Tú qué crees, Chester? Me interesa tu opinión.

–Que es una teoría viable.

Hazen sonrió y puso rumbo al ayuntamiento de Deeper. ¡Vaya que si era una teoría viable!

Cuarenta y tres

A las dos y media del mismo día, Corrie, nerviosa, estaba escuchando un disco de Tool en la cama. La temperatura de la habitación no debía de bajar mucho de los cuarenta grados, pero después de lo de la otra noche no tenía cojones para abrir la ventana. Seguía pareciéndole imposible que hubieran matado al tío de Kansas City en su misma calle. Claro que desde hacía una semana todo parecía imposible.

Se le fue la vista a la ventana. Fuera, el cielo se estaba cubriendo de grandes nubarrones, que por la parte de arriba parecían yunques, y oscurecía antes de tiempo. Sin embargo, el único efecto apreciable de los preparativos de tormenta era que había aumentado el bochorno.

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