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Authors: Lincoln Child Douglas Preston

Tags: #Intriga, Policíaca

Naturaleza muerta (4 page)

–¿Por casualidad es la señorita Winifred Kraus, que ofrece acomodo para personas de paso? ¿Y que, según tengo entendido, es una de las mejores cocineras de Cry County?

–Sí, yo misma.

Winifred Kraus abrió un poco más la puerta, encantada de tener delante a un caballero educado y no a la Muerte.

–Me llamo Pendergast.

El hombre le ofreció la mano, que Winifred tardó un poco en coger. Se sorprendió al encontrarla tan tibia y seca.

–Me he asustado un poco al verlo caminando por la carretera. Hoy en día ya no camina nadie.

–He venido en autobús.

De repente Winifred se acordó de sus modales y se apartó de la puerta, abriéndola del todo.

–Perdone. Adelante, adelante. ¿Le apetece un poco de té helado? Con esta ropa debe de tener un calor espantoso. ¡Uy, perdone! ¿No estará de luto…?

–Acepto el té con mucho gusto.

Winifred entró en la despensa, confusa pero extrañamente a gusto, y sirvió té en un vaso con hielo, que, tras la adición de una ramita de menta recién cogida de la maceta del alféizar, llevó al recibidor en una bandeja de plata.

–Aquí tiene, señor Pendergast.

–Cuántas molestias.

–Siéntese, si es tan amable.

Pasaron al salón. El cruzó las piernas y bebió un poco de té. De cerca, Winifred vio que era más joven de lo que le había parecido, y que su pelo no era blanco, sino de un rubio muy claro. De hecho, quitando el color blanquecino de sus ojos y su piel, se trataba de un hombre guapo y elegante.

–Tengo tres habitaciones de alquiler en el piso de arriba –explicó–. La pega es que el baño es compartido, pero en este momento no hay más huéspedes y…

–Me quedo con todo el piso. ¿Le parecen aceptables quinientos dólares semanales?

–¡Madre de Dios!

–La comida aparte, se entiende. Solo necesitaré un desayuno ligero, y de vez en cuando té y cena.

–La verdad es que es bastante más de lo que suelo pedir. No me parece bien que…

El hombre sonrió.

–Quizá no resulte un huésped fácil.

–En ese caso…

Acabó el té, lo dejó en el posavasos y se inclinó un poco.

–No quiero escandalizarla, señorita Kraus, pero debo contarle quién soy y qué hago aquí. Me ha preguntado si estoy de luto. Como probablemente sepa, ha muerto alguien. Soy agente especial del FBI e investigo el asesinato de Medicine Creek.

Enseñó la identificación por deferencia.

–¡Un asesinato!

–¿No se había enterado? Lo descubrieron anoche, en la otra punta del pueblo. Seguro que el periódico de mañana dará toda la información.

–Madre mía… –Winifred Kraus estaba aturdida–. ¿Un asesinato? ¿En Medicine Creek?

–Lo siento. Si ya no está dispuesta a darme alojamiento quédese tranquila, que lo entenderé perfectamente.

–No, no, señor Pendergast, en absoluto… De hecho, con usted en casa me sentiré mucho más segura. Un asesinato… ¡Qué horror! –Se estremeció–. Pero ¿quién…?

–Lamento tener que defraudarla como fuente de información sobre el caso. ¿Me permite ver las habitaciones? No es necesario que me acompañe.

–¡Cómo no!

Al verlo subir por la escalera, Winifred Kraus sonrió con la respiración ligeramente entrecortada. Qué joven tan educado, y tan… De repente se acordó del asesinato, y se levantó para ir al teléfono. Quizá Jenny Parker supiera algo más. Levantó el auricular y marcó el número meneando la cabeza.

Tras una rápida inspección, Pendergast eligió la habitación más pequeña (la de atrás) y dejó el maletín en la cama: El escritorio tenía un espejo basculante, y delante una jofaina y una jarra de loza. Al abrir el primer cajón, salió un leve aroma a agua de rosas y roble. Estaba forrado con ajados periódicos de principios de siglo que anunciaban aperos agrícolas. En un rincón había un orinal con la tapa al revés, a la antigua. El papel de la pared tenía un motivo victoriano de flores muy descoloridas. Las molduras estaban pintadas de verde, el techo era de madera y las cortinas de encaje hecho a mano.

Volvió a la cama y apoyó una mano en la colcha. Al fijarse en el bordado de rosas y peonías, vio que también estaba hecho a mano. El autor (sin duda la señorita Kraus) había tardado como mínimo un año.

Contempló sin moverse la labor, y respiró el vetusto olor del dormitorio. Al cabo de un rato se irguió y, con un crujido de los tablones, se acercó al cristal traslúcido de la vieja ventana para mirar por él.

Vio el tejado metálico en pésimo estado de la tienda de recuerdos, que quedaba a la derecha, separada de la casa. Detrás había una pasarela de cemento agrietado que bajaba por una grieta oscura. Al lado de la tienda había un letrero descascarillado donde ponía:

LAS CUEVAS DE KRAUS

La mayor caverna de Cry County, Kansas

Pida un deseo en el Estanque del Infinito

Toque las Campanas de Cristal

Vea el Pozo sin Fondo

Visitas guiadas cada día a las 10.00 y las 14.00

Grupos y autobuses

Al abrir la ventana, se llevó la sorpresa de que cediera enseguida a la presión. El bochorno entró en la habitación, oliendo a polvo y grano. La cortina de encaje se abombó. Fuera, el gran mar de maíz amarillo se perdía en el infinito, sin otra interrupción que algunas hileras de árboles lejanos que seguían el curso del arroyo. En un lugar del interminable campo se levantó una bandada de cuervos que volvió a abatirse para devorar las mazorcas ya maduras. Al oeste se acumulaban nubes de tormenta. El silencio era tan infinito como el paisaje.

Abajo, en el pasillo, Winifred Kraus colgó el auricular. Jenny Parker no contestaba. Quizá estuviera en el pueblo, enterándose de las noticias. Volvería a llamar después de comer.

Pensó en llevar otro vaso de té al amable señor Pendergast. La gente del sur era tan educada… Tenía entendido que, entre otras cosas, bebían mucho té helado a la sombra de sus grandes galerías. Qué idea, venir del pueblo a pie en un día tan caluroso… Entró en la cocina, llenó otro vaso y, cuando llevaba subi-dos unos cuantos escalones, cambió de idea. Era mejor dejar que deshiciera tranquilamente el equipaje. ¡Qué ocurrencia! La noticia del asesinato la había puesto nerviosa.

Justo cuando había empezado a bajar, oyó una voz en el piso de arriba. Pendergast había dicho algo. ¿A quién? ¿A ella?

Aguzó el oído. Al principio no oyó nada. Después Pendergast volvió a hablar, y esta vez fue posible entender lo que decía su dulce voz.

–Excelente. Excelente de verdad.

Seis

La carretera era tan recta como la mira del topógrafo del siglo XIX que la había trazado, y la delimitaban dos muros inmóviles de maíz. Al pisar el asfalto, pegajoso y reverberante por el calor, el agente especial Pendergast dejaba huellas casi imperceptibles con sus mocasines negros perfectamente lustrados (comprados en la zapatería artesana John Lobb, de Saint James's Street, Londres).

Vio el punto en que habían entrado y salido del maizal varios vehículos pesados, dejando un rastro negro de neumáticos y grumos de tierra apelmazada por la carretera. Al llegar a la vía de acceso que habían abierto las excavadoras en el campo de maíz, se dirigió al lugar del crimen. Sus pies se hundían en el polvo.

A partir de un momento, la pista se ensanchaba para formar una zona de estacionamiento, ocupada por un coche patrulla en punto muerto cuyo aire acondicionado goteaba. Una cinta amarilla, enrollada en estacas muy altas clavadas en el suelo, impedía pasar. Dentro del coche patrulla, un policía del estado leía un libro de bolsillo.

Pendergast se acercó y dio unos golpecitos en la ventanilla. Tras el respingo inicial, el policía dejó el libro y salió a su encuentro, deslumbrado por el sol y con las manos en las trabillas de los pantalones. Al mismo tiempo salió del coche un chorro de aire frío.

–¿Se puede saber quién es? –preguntó con dureza. Tenía un fino vello pelirrojo en los brazos, y le crujía el cuero de las botas.

Pendergast mostró la chapa.

–Ah, FBI… Perdone. –El agente miró alrededor–. ¿Y su coche?

–Quería echar un vistazo al lugar del crimen –respondió Pendergast.

–Usted sabrá, aunque por lo que queda… Se lo han llevado todo.

–No importa. Por favor, no se moleste más por mí.

–No es molestia, señor.

El agente volvió al coche patrulla con ostensible alivio y cerró la puerta.

Pendergast pasó de largo y se agachó con precaución para cruzar la cinta amarilla y recorrer los últimos veinte metros. Un simple vistazo corroboró las palabras del policía: el claro había quedado reducido a una mera superficie de polvo, farfolla aplastada y millares de huellas.

Permaneció varios minutos bajo el inclemente sol sin mover nada más que los ojos, que lo asimilaban todo. Después metió la mano en la chaqueta y sacó un primer plano del cadáver tomado
in situ
, junto con otra foto que recogía el aspecto general del claro, con los pájaros empalados y el bosque de estacas. Tardó muy poco en reconstruir mentalmente la escena original y examinarla a fondo.

Después de un cuarto de hora sin moverse, guardó las fotos en la chaqueta y, al dar el primer paso, observó unos restos de un tallo de maíz junto a sus pies. No estaba cortado, sino roto. Algunos pasos más allá recogió otro tallo. Estaba roto, al igual que el tercero, y el cuarto. Volvió al borde del claro y, eligiendo uno de los tallos que seguían intactos, lo cogió, de rodillas, por la base y lo intentó romper con todas sus fuerzas, pero era imposible.

Se adentró un poco en el claro. Daba igual dónde pisase, puesto que no podía removerlo más de lo que estaba. Caminaba despacio. De vez en cuando se ponía en cuclillas para examinar algo en el revoltijo de maíz y polvo, y lo recogía con unas pinzas, que había sacado de un bolsillo de la chaqueta, para una rápida inspección. Se pasó casi una hora reconociendo el claro, con la espalda expuesta a un sol abrasador.

No guardó nada.

Cuando llegó al otro lado, se internó en las filas compactas de maíz. La policía había encontrado algunos trozos de tela prendidos en los tallos, cuya ubicación era fácil de determinar por las etiquetas.

Recorrió la hilera, pero había tantas huellas, humanas y de perro, que no se podía seguir ninguna pista. Según constaba en el informe, dos parejas de perros habían desobedecido la orden de seguir el rastro.

Se detuvo en medio del bosque de maíz para sacarse del bolsillo un tubo de papel brillante. El documento que desenrolló era una foto aérea de la zona, tomada antes del crimen en un momento imposible de precisar. Las hileras de maíz no dibujaban líneas rectas, como parecía desde el suelo, sino que se curvaban en función de la topografía, creando un laberinto de senderos elípticos. Localizó la hilera donde estaba él, y trazó mentalmente la curva que describía. Después se abrió camino con dificultad por la siguiente hilera. Cuando iba por la tercera, volvió a consultar la fotografía para conocer su trazado. Mucho mejor. El primer tramo era llano, y el segundo bajaba hacia el arroyo, coincidiendo con un punto en que este (Medicine Creek) volvía hacia el pueblo.

De hecho era la única hilera que moría en el arroyo.

La siguió, alejándose del claror El calor se había atrincherado en el maíz, y como no corría aíre lo achicharraba todo. A medida que el terreno descendía hacia el arroyo, se reveló un monótono paisaje de maizales que se alargaba hacia el infinito, agobiante en su inmensidad sin orillas. El arroyo, con sus pequeñas alamedas agostadas y escuálidas, no hacía más que acentuar el sentimiento de desolación. De vez en cuando Pendergast se detenía a examinar un tallo o el suelo, y con menor frecuencia sus pinzas recogían algo y lo volvían a soltar.

Por fin, la hilera de maíz desembocó en la ribera del arroyo. Pendergast se quedó en la confluencia de los tallos y la tierra de cultivo con la arena de la orilla, y miró hacia abajo.

Había huellas en la arena, huellas profundas de pies descalzos. Se arrodilló para tocar una. Correspondía a un cuarenta y seis. El asesino había transportado un cuerpo muy pesado.

Se levantó y siguió las huellas hasta el arroyo. No seguían por el otro lado. Recorrió la orilla en ambas direcciones, buscando su continuación, pero no la encontró.

El asesino había llegado de muy lejos por el lecho del arroyo.

Volvió a la hilera de maíz, de regreso hacia el claro. El pueblo de Medicine Creek era como una isla en el mar: resultaba difícil llegar o marcharse sin ser visto. Todos sus habitantes se conocían, y en los porches y ventanas había cien pares de ojos (viejos pero agudos) vigilando el movimiento de los coches. Para un forastero, el único modo de llegar al pueblo sin ser visto era por el mar de maíz. Había treinta kilómetros hasta la población más cercana.

Se había confirmado su intuición: probablemente el asesino estuviera entre ellos, en Medicine Creek.

Siete

Harry Hoch, segundo vendedor de material agrícola de Cry County en volumen de ventas, ya nunca (o casi nunca) recogía autoestopistas, pero decidió hacer una excepción. El hombre de luto de la cuneta parecía tan triste… Hoch estaba sensibilizado con el tema, porque aún no se había cumplido un año de la muerte de su madre.

Acercó el Ford Taurus al arcén, justo a la altura del hombre, e hizo sonar un poco el claxon. Al bajar la ventanilla, lo vio acercarse tranquilamente.

–¿Adonde va, amigo? –preguntó.

–Al hospital de Garden City, si no es demasiada molestia.

Harry se estremeció. ¡Pobre! El sótano del hospital era el depósito de cadáveres del condado. Debía de ser una desgracia muy reciente.

–No, en absoluto. Suba.

Aprovechó el momento en que subía para mirarlo de reojo. Con esa piel tan blanca corría el riesgo de quemarse. Por otro lado, no era de la zona. ¿Con ese acento? Imposible.

–Me llamo Hoch, Harry Hoch.

Tendió la mano. La que estrechó era tibia y fría.

–Encantado de conocerlo. Yo me llamo Pendergast.

Hoch, que se quedó sin saber el nombre de pila, soltó la mano de su pasajero y subió el aire acondicionado hasta que salió un chorro gélido por las rejillas. La carretera era un horno. Metió la marcha y, apartándose de la cuneta, pisó a fondo el acelerador.

–¿Qué, Pendergast, mucho calor? –dijo después de un rato.

–Para serle sincero, señor Hoch, me sienta bien.

–Ya, ya, pero treinta y ocho grados, con cien por cien de humedad… –Hoch se rió–. Se podría freír un huevo en el capó del coche.

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