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Authors: Lincoln Child Douglas Preston

Tags: #Intriga, Policíaca

Naturaleza muerta (5 page)

–Seguramente.

Se quedaron callados, y Hoch pensó: «Qué tío más raro».

En vista de que llevaba un pasajero tan poco hablador, condujo en silencio. El Taurus plateado iba a más de ciento cuarenta por hora por la carretera, recta como una flecha, entre paredes de maíz oscilante y tembloroso. Cada kilómetro era idéntico al siguiente. Además, en aquella zona nunca había polis. A Harry le gustaba conducir deprisa por la soledad de aquellas carreteras secundarias, sobre todo en un momento así, de buena racha: acababa de vender una cosechadora-trilladora Case 2388 por ciento veinte mil dólares, la tercera de la temporada, y lo habían recompensado con un fin de semana de borrachera y chatis en el Del Mar Blu de San Diego. ¡Cojonudo!

Había un tramo en que la carretera se ensanchaba. El coche pasó como una exhalación junto a un grupo de casas en ruinas, una hilera de edificios de ladrillo de dos plantas, desnudos y sin techo, y un silo con la parte superior inclinada hacia una vía muerta llena de hierbajos.

–¿Qué es? –preguntó Pendergast.

–Cráter; bueno, lo que queda. Hace treinta años era un pueblo normal, pero le pasó lo típico, que fue decayendo. Casi siempre es igual: primero cierra el colegio, luego el ultramarinos, luego la tienda de material agrícola, y lo último que pierden es el código postal. No, corrijo, lo último es el bar. Está pasando lo mismo en todo el condado. Ayer era Cráter, y mañana será DePew. Pasado mañana… A saber. Tal vez Medicine Creek.

–La sociología de un pueblo moribundo debe de ser bastante complicada –dijo Pendergast.

Hoch no se arriesgó a contestar, porque no estaba seguro de por dónde iban los tiros.

En menos de una hora despuntaron en el horizonte los elevadores de grano de Garden City, como bulbosos rascacielos. La ciudad, en sí, era sosa, pequeña, invisible.

–Lo dejo delante del hospital, señor Pendergast –dijo Hoch–. Ah, oiga, que lo acompaño en el sentimiento. Espero que no haya sido una muerte inesperada.

Pendergast contestó justo cuando aparecía el edificio de ladrillo naranja del hospital, rodeado por un mar de coches que rielaban detrás de una pantalla de calor.

–El tiempo, señor Hoch, es una tormenta en la que todos nos perdemos.

Hoch tardó otra media hora a toda velocidad, con las ventanillas bajadas, en sacudirse el mal rollo del cuerpo.

El sheriff Hazen (con bata de médico dos tallas demasiado grande, y un gorro de papel que le hacía sentirse ridículo) miraba la camilla. El dedo gordo del pie derecho tenía una etiqueta, pero no le hizo falta leerla. Sheila Swegg, dos veces divorciada, sin hijos, de treinta y dos años, con domicilio en el 40A del parque de caravanas Whispering Meadows, Bromide, Oklahoma.

Chusma blanca.

El cadáver estaba boca arriba en la mesa de acero, abierto en canal como una chuleta de cerdo, con los órganos al lado formando una montaña. Le faltaba la parte superior de la cabeza. El cerebro estaba cerca, en una bandeja. El olor a podrido era brutal. Antes de que llegara el sheriff, la víctima había estado expuesta no menos de veinticuatro horas al calor del maizal. El forense, McHyde, un hombre joven y dinámico, se dedicaba alegremente a cortarla en dados, mientras soltaba su jerga médica en un micro colgante. Hazen pensó que en cinco años el ácido de la realidad empezaría a mellar la laca de la jovialidad.

McHyde, que ya se había ocupado del tronco, hacía cortes en el cuello con breves movimientos paralelos de la mano derecha. Algunos emitían un ruido seco que a Hazen no le gustaba nada. Buscó el tabaco en el bolsillo, pero al acordarse del letrero de prohibido fumar se conformó con el bote de Mentolathum que tenía a mano. Tras aplicarse un poco en cada agujero de la nariz, pensó en otra cosa: Jayne Mansfield en
The Girl Can't Help It
, una noche de baile en Deeper Elks Lodge, domingos de pesca con buenas reservas de cerveza en el lago Hamilton… Cualquier cosa menos los despojos de Sheila Swegg.

–Mmm –dijo el forense–. Mire, mire esto.

Los pensamientos agradables no habían tenido tiempo de arraigar.

–¿Qué pasa? –preguntó Hazen.

–Lo que sospechaba, que tiene roto el hioides. Mejor dicho, destrozado. Tenía unos morados casi invisibles en el cuello. Esto lo confirma.

–¿El estrangulamiento?

–No exactamente. Le cogieron el cuello y se lo retorcieron de golpe. Murió por fractura de la columna vertebral antes de poder ahogarse.

McHyde siguió cortando.

–Un movimiento de una fuerza brutal. Fíjese, el cartílago cricoideo está completamente separado tanto del cartílago tiroides como de la lámina. Nunca lo había visto. Los anillos traqueales están aplastados, y las vértebras cervicales rotas por… a ver… cuatro sitios. No, cinco.

–Le creo, doctor –dijo Hazen, apartando la vista.

El forense lo miró sonriendo.

–Es su primera autopsia, ¿no?

A Hazen le pudo la irritación y mintió.

–No, qué va.

–Ya, ya sé que cuesta acostumbrarse, sobre todo cuando ya están un poco maduros. El verano no es precisamente la mejor época.

Cuando el forense reanudó su trabajo, Hazen sintió que había alguien detrás, y al volverse se llevó un susto; era Pendergast, aparecido como por arte de magia.

El forense lo miró con cara de sorpresa.

–Hola. Perdone, pero…

–No pasa nada –dijo Hazen–. Es del FBI y trabaja en el caso a mis órdenes. Le presento al agente especial Pendergast.

–Agente especial Pendergast –dijo el forense, con un tono más brusco que hasta entonces–, ¿le importa identificarse en la grabadora? Y póngase bata, gorro y mascarilla, si es tan amable. Ahí los tiene.

–No faltaría más.

Hazen se preguntó cómo diantre se las había arreglado para venir, si no tenía coche, pero no le disgustó su presencia. No era la primera vez que pensaba que tener a Pendergast investigando el caso podía ser beneficioso. Siempre y cuando no se apartara de las directrices.

Pendergast volvió poco después con la bata, el gorro y la mascarilla perfectamente puestos. El forense, mientras tanto, había empezado a trabajar en el rostro de la víctima. Levantaba grandes placas como de goma, y las sujetaba con pinzas. Ya había sido una visión bastante horrible cuando solo faltaban la nariz, los labios y las orejas. Hazen contempló las tiras musculares, el color blanco de los ligamentos y las líneas finas y amarillas de grasa. Qué horror, por Dios.

–¿Me permite? –preguntó Pendergast.

El forense le dejó inclinarse a menos de diez centímetros de la cara apestosa, hinchada y sin facciones, y examinar los puntos sanguinolentos donde habían estado la nariz y los labios. El cuero cabelludo estaba levantado, pero Hazen distinguió los cabellos teñidos de rubio, con las raíces negras. Pendergast se apartó y dijo:

–Parece que las amputaciones fueron realizadas con un instrumento un poco tosco.

El forense arqueó las cejas.

–¿Un instrumento un poco tosco?

–Personalmente, propondría un examen microscópico superficial con abundantes fotos. Por otro lado, como ya debe de saber, se le arrancó una parte del cuero cabelludo.

–Ya, ya. Muy bien.

El forense parecía irritado por el consejo. A Hazen se le escapó una sonrisa. El agente estaba dándole lecciones. Claro que si Pendergast tenía razón… Prefirió no preguntarse a qué clase de «instrumento algo tosco» se refería. Prefirió, con el estómago revuelto, volver a concentrarse en Jayne Mansfield.

–¿Se sabe algo de los labios, las orejas y la nariz? –preguntó Pendergast.

–La policía no ha podido encontrarlos –dijo el forense.

A Hazen no le sentó muy bien la crítica implícita. El forense llevaba así toda la tarde, lanzando insinuaciones sobre las carencias del informe de Hazen y, por extensión, sobre su labor policial, cuando lo cierto era que los policías del estado la habían cagado soberanamente.

El forense siguió haciendo cortes en los restos mortales de Sheila Swegg. Pendergast daba vueltas a la mesa con las manos en la espalda, observando los órganos como si contemplara una escultura en un museo.

–Veo que la han identificado –dijo al llegar a la etiqueta del pie.

–Sí –dijo Hazen, tosiendo–; era de aquí al lado, del oeste de Oklahoma. De clase baja. El coche, uno de esos trastos coreanos, lo encontramos a unos ocho kilómetros en el maizal, al otro lado del río.

–¿Se sabe qué hacía?

–Hemos encontrado varías palas y picos en el maletero. Sería una buscadora de reliquias, de los que rondan por los túmulos desenterrando cosas viejas de los indios.

–Ah, pero ¿es habitual?

–Pues… por aquí no demasiado, pero hay gente que se gana la vida saqueando yacimientos de estado en estado para vender lo que encuentran en los mercadillos. No se salva ni un túmulo o campo de batalla entre Dodge City y California. Son unos sinvergüenzas.

–¿Tenía antecedentes esta mujer?

–Nada importante. Fraude con tarjeta de crédito vendiendo porquería en internet, timos de seguros por calderilla…

–Felicidades, sheriff. Ha avanzado mucho.

Hazen respondió con una pequeña inclinación de la cabeza.

–Bueno –dijo el forense–, esto ya está casi listo. ¿Tienen alguna pregunta, o alguna petición especial?

–Sí –dijo Pendergast–; los pájaros y las flechas.

–Están en la nevera. ¿ Quiere verlos ?

–Si es tan amable…

El forense tardó poco en traer otra camilla con los cuervos alineados, cada uno con su etiqueta (no en el dedo del pie sino en la garra, claro). Al lado había un montoncito de flechas, las que habían servido para empalarlos.

Pendergast se inclinó para tocar algo, pero antes preguntó:

–¿Puedo?

–Adelante.

Cogió una flecha con los guantes de látex y la hizo girar con lentitud.

–Estas imitaciones las venden en cualquier gasolinera entre aquí y Denver –dijo McHyde.

El agente del FBI siguió dándole vueltas bajo la luz.

–Esto no es ninguna imitación, doctor; es una flecha auténtica de los cheyenes del sur, con plumas de águila calva y punta de tipo «cimarrones de los llanos II» hecha de sílex del parque nacional de Alibates. Yo la fecharía entre 1850 y 1870.

Hazen se quedó mirando a Pendergast, que dejó la flecha en la camilla.

–¿Todas? –preguntó.

–Todas. Evidentemente formaban una serie. Por una colección de flechas originales en tan buenas condiciones, en Sotheby's pagarían como mínimo diez mil dólares.

Se quedaron callados. Pendergast cogió un pájaro y lo palpó, dándole la vuelta con cuidado.

–Parece que tenga todo el cuerpo aplastado.

–¿Ah, sí?

El tono del forense se había vuelto receloso, crispado.

–Sí. Tiene todos los huesos rotos. Es como una pasta. –Pendergast alzó la vista–. Imagino, doctor, que pensaba hacerles la autopsia a los cuervos…

El forense hizo un ruido despectivo por la nariz.

–¿A las dos docenas? Uno o dos y para de contar.

–Yo le recomiendo encarecidamente que se la haga a todos.

El forense se apartó de la camilla.

–La verdad, agente Pendergast, no veo de qué serviría; bueno, sí, para hacerme perder tiempo y el dinero de los contribuyentes. Repito que nos conformaremos con un par.

Pendergast dejó el pájaro en la camilla. Después cogió otro y lo palpó. Cuando iba por el cuarto, cogió un escalpelo de la bandeja (sin que el forense pudiera protestar) y, lentamente, practicó un largo corte en el abdomen del ave.

El forense recuperó la voz.

–¡Oiga, que no tiene autorización para…!

Hazen observó a Pendergast, que enseñó el estómago del cuervo y preparó el escalpelo.

–Suelte enseguida ese pájaro –dijo el forense, enfadado.

Bastó otro rápido corte para que saliera una mezcla de granos podridos de maíz y algo amorfo y rosado que Hazen, bruscamente (y con otro vuelco en el estómago), reconoció como una nariz humana.

Pendergast depositó el cuervo en la camilla.

–Dejo en sus hábiles manos encontrar los labios y las orejas, doctor –dijo, quitándose los guantes, la mascarilla y la bata–. Por favor, envíeme una copia del informe final a la dirección del sheriff Hazen.

Y salió de la sala sin mirar atrás.

Ocho

Smit Ludwig removía su café en la barra del bar de Maisie, frente a un plato casi intacto de pan de carne. Ya eran las seis, pero no conseguía encarrilar el artículo. Pensó que la noticia quizá fuera demasiado importante, superior a sus capacidades. En tantos años de escribir sobre ferias agrícolas y algún accidente esporádico de coche quizá hubiera perdido facultades. O tal vez nunca las hubiera tenido.

Siguió removiendo el café.

Frente al escaparate del bar, en la otra acera, se veía la puerta cerrada de la oficina del sheriff. ¡Qué nervioso le ponía Hazen, tan agresivo y gárrulo! No había conseguido arrancarle ni un dato. La policía del estado tampoco le había dicho nada. Ni siquiera había podido hablar por teléfono con el forense. ¿Cómo se lo montaban los del
New York Times
? Seguro que aprovechándose de su poder. Con ellos, lo peor era no hacer declaraciones.

Volvió a mirar el café. La pega era que el
Cry County Courier
no intimidaba a nadie. Era un chiste de periódico. ¿Qué respeto podía merecer él como periodista, si al mismo tiempo contrataba los anuncios y, día sí día no, aparecía al volante de la camioneta de reparto porque el conductor, Pol Ketchum, había tenido que llevar a su mujer a Dodge City para la quimioterapia?

En definitiva, que se enfrentaba con la mayor noticia de su carrera y no tenía nada que publicar el día siguiente. Cero. Bueno, siempre podía reciclar lo del día anterior y presentarlo bajo un nuevo ángulo, con insinuaciones sobre pistas e hipótesis sobre los «sin comentarios». Seguro que el resultado sería aceptable, pero el crimen había sido tan salvaje y raro que el pueblo estaba revolucionado, y la gente no se conformaba con tan poco. Una parte de Smit Ludwig deseaba estar a la altura. Ahora que por fin tenía la oportunidad, una parte de Smit Ludwig soñaba con ser un periodista de verdad.

Sonrió y movió la cabeza con escepticismo. ¿Qué era él? Un viudo de casi sesenta y cinco años, cuya hija vivía en la Costa Oeste y cuyo periódico perdía dinero. «Un periodista de verdad.» Un poco tarde, ¿no? Menuda ocurrencia.

Se dio cuenta de que el murmullo de las conversaciones del bar había bajado repentinamente de volumen y con el rabillo del ojo vio algo negro ante el escaparate. Era el agente del FBI leyendo la carta pegada con celo en el cristal. El hombre de negro se acercó a la puerta y la empujó dando un campanillazo.

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