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Authors: Lincoln Child Douglas Preston

Tags: #Intriga, Policíaca

Naturaleza muerta (57 page)

Momentos después, el Rolls se alejaba por la carretera, acelerando hacia donde salía el sol, cuya luz reflejó en su superficie curva antes de perderse en la cinta larga y recta de asfalto.

Corrie esperó un poco, subió al Gremlin y echó un vistazo a la maleta, los casetes y el montoncito de libros para comprobar que no olvidaba nada. Después guardó el sobre en la guantera, con la libreta dentro, cerró la tapa, arrancó, dejó que se calentara el motor y le dio gas hasta asegurarse de que no se calara. Cuando salió del aparcamiento del bar de Maisie, se fijó en la gasolinera Exxon de Ernie, que quedaba al otro lado de la calle, y vio a Brad Hazen. El hijo del sheríff estaba llenando el depósito del Caprice azul de Art Ridder, con una mano en la boquilla del surtidor y la otra en el maletero. Se le habían caído tanto los vaqueros, que Corrie vio unos calzoncillos desteñidos y grisáceos con el principio de la raya del culo justo encima del cinturón. Brad miraba boquiabierto el punto donde había desaparecido el Rolls-Royce de Pendergast. Al cabo de un minuto se volvió y, con un movimiento admirativo de la cabeza, cogió la escobilla.

De repente, Corrie sintió lástima por el sheriff. ¡Qué sorpresa que al final hubiera resultado tan buena persona! Tenía grabada su imagen en el hospital, con la cabeza de pepino apoyada en una almohada muy blanca, la cara diez años mayor y lágrimas en las mejillas mientras hablaba de Tad Franklin. Volvió a mirar a Brad, y se preguntó si en el fondo, muy al fondo, no tendría también alguna chispa de decencia.

Sacudió la cabeza y aceleró. No pensaba quedarse a averiguarlo.

Cuando la carretera salió a su encuentro, pensó en dónde estaría al año siguiente, o en cinco años, o en treinta. Era la primera vez que se le ocurría pensarlo, y fue una sensación que le produjo una mezcla de placer y miedo.

El pueblo se encogió en el retrovisor, hasta que solo quedaron campos segados y cielo azul. Entonces comprendió que ya no podía odiar a Brad Hazen, como no podía odiar Medicine Creek. Ambos habían sido desplazados de su presente a su pasado, donde irían menguando hasta quedar en nada. Para bien o para mal estaba saliendo al ancho mundo, y jamás volvería a Medicine Creek.

3

Cuando Pendergast llegó, el sheriff Dent Hazen hablaba con dos policías al fondo del corto pasillo, con la cabeza muy vendada y un brazo enyesado. Se acercó al agente del FBI y le tendió la mano.

–¿Qué, sheriff, cómo va ese brazo?–preguntó Pendergast.

–No podré volver a pescar en todo lo que queda de temporada.

–Pues lo siento.

–¿Ya se va?

–Sí. Quería pasar a despedirme. Tenía la esperanza de encontrarlo, y quería darle las gracias por haber contribuido a que estas vacaciones hayan sido tan… interesantes.

Hazen asintió, ausente. Tenía profundas arrugas en la cara, y una expresión de amargura y angustia.

–Llega justo a tiempo para ver despedirse a la vieja de su angelito.

Pendergast asintió. Era la otra razón de su visita. Aunque no esperase mucho de ella, odiaba marcharse dejando cabos sueltos; y en aquel caso quedaba una gran pregunta sin respuesta.

–Si quiere, puede asistir a la tierna despedida. Los comecocos ya se han pegado como moscas al cristal, que por el otro lado es un espejo. Por aquí.

Hazen llevó a Pendergast a una sala oscura sin ninguna indicación en la puerta. Solo había una ventana blanca en la pared del fondo, con vistas a una sala de la unidad de internos del ala de psiquiatría del Hospital Luterano de Garden City. Frente al cristal, un grupo de psiquiatras y alumnos de medicina hablaba en voz baja con las libretas preparadas. La habitación del otro lado estaba vacía y poco iluminada. Justo cuando Pendergast y Hazen se acercaban a ella, se abrió una doble puerta y entraron dos policías llevando a Job. Tenía la cara y el pecho muy vendados, y un brazo enyesado hasta encima del hombro. Aunque la iluminación fuera tan tenue, parpadeó con el ojo que le quedaba. Sus caderas estaban fuertemente ceñidas por un gran cinturón de cuero, dotado de una anilla delantera por donde pasaban las esposas para las muñecas. Las piernas estaban sujetas a la silla de ruedas con grilletes.

–Mírelo. ¡Qué hijo de puta!–dijo Hazen hablando más para sí que con Pendergast.

Bajo la atenta observación del agente del FBI, los policías dejaron a Job en el centro de la habitación y se apostaron a ambos lados.

–Ya me gustaría saber por qué lo hizo, ya–dijo Hazen en voz baja y apagada–. ¿Qué pretendía en esos claros del maizal? El círculo de cuervos, Stott hervido como un cerdo, Chauncy con la cola en la barriga…–Tragó saliva con dificultad–. Y Tad. Lo mató. ¿Qué coño le pasaba por la cabeza? Pendergast no dijo nada.

En ese momento se abrieron las puertas por segunda vez, y Winifred Kraus entró apoyada en el brazo de otro policía. Llevaba una bata de hospital, y caminaba muy despacio con un libro muy gastado bajo el brazo. Estaba pálida, y demacrada, pero nada más ver a Job se iluminó, y fue como si se transformase de pies a cabeza.

–¡Jobie, cielo! Soy mamá.

Encima de la ventana, un altavoz transmitía sus palabras a la sala oscura, cuyo súbito silencio se vio rasgado por el crudo y metálico sonido de su voz.

Job levantó la cabeza, y una sonrisa le contrajo la cara.

–¡Mamá!

–Te he traído un regalo, Jobie. Mira, es tu libro.

Job profirió un sonido inarticulado de alegría. Su madre acercó una silla. Los policías se pusieron nerviosos, pero ni Winifred ni Job les prestaron atención. La anciana se sentó, rodeó el corpachón de su hijo con un brazo endeble y se arrimó a él. Mientras ella lo arrullaba, la cara de ternero de Job se iluminó con una sonrisa de alegría y de felicidad.

–¡Por Dios!–murmuró Hazen–. Mire, lo acuna como si fuera un bebé.

Winifred Kraus se puso el libro en las rodillas y lo abrió por la primera página. Era un libro de canciones infantiles.

–Voy a empezar por el principio. ¿Vale, Jobie?–dijo con dulzura–. Como te gusta a ti.

Empezó a leer sin prisa, con una cantinela infantil.

Cien puñados de trigo

en un saco muy hondo.

Y veinticuatro grajos

en un pastel redondo.

Si se corta el pastel,

los pajaritos cantan.

¡No es más rica la miel

para el rey y la infanta!

El cabezón de Job se movía al compás, y su boca emitía una especie de «uuuuu» que subía y bajaba en función de la cadencia de las palabras.

–El monstruo y su madre–dijo Hazen–. ¡Por Dios! Solo de verlo me dan escalofríos.

Winifred Kraus llegó al último verso y pasó de página. Job reía, feliz. Su madre siguió leyendo.

¡Qué bueno está hervidito

Juanito Albondiguilla!

Azúcar en la olla

y mucha mantequilla.

Hazen se giró y cogió la mano de Pendergast.

–Me voy. Nos vemos en el purgatorio.

Pendergast se la estrechó sin contestar ni fijarse, hipnotizado por la escena que tenía delante: una madre leyendo canciones de niños a su hijo.

–Mira qué dibujo más bonito, Jobie. ¡Mira!

Cuando Winifred Kraus levantó el libro, Pendergast alcanzó a ver la ilustración. El libro era antiguo, y la página estaba rota y manchada, pero seguía distinguiéndose la imagen.

La reconoció enseguida, y fue una revelación tan intensa que le hizo tambalearse como un golpe físico. Se apartó del cristal.

Job sonreía y seguía con sus «uuuuuu», balanceando la cabeza.

Winifred Kraus, serena, sonrió y pasó la página. La voz de la madre, desnaturalizada por la amplificación, siguió vibrando en el bafle.

¿De qué son los niños? ¿De qué son, son, son?

¿Los niños de qué son, de qué son?

De serpientes, y hojas y ratones,

de colitas de perro y caracoles.

Pero Pendergast no se había quedado a oírlo. La marcha de un hombre delgado y vestido de negro pasó inadvertida al grupo de psiquiatras y estudiantes que, pegados al cristal, se habían enfrascado en discusiones sobre en qué punto del manual DSM-IV hallarían el diagnóstico, y si, de hecho, se encontraría alguna vez.

Agradecimientos

Lincoln Child desea dar las gracias al agente especial Douglas Margini por haberlo asesorado constantemente, tanto sobre las fuerzas del orden como sobre guitarras eléctricas. También quiero dar las gracias a mi primo Greg Tear y a mis amigos Bob Wincott y Pat Allocco por sus acertados consejos sobre el manuscrito. Vic-tor S. me hizo el gran favor de darme algunos detalles necesarios. Quisiera expresar mi agradecimiento a las siguientes personas, por contribuir a que la vida de escritor no tenga que ser una vida de monje: Chris y Susan Yango, Tony Trischka, Irene Soderlund, Roger Lasley, Patrick Dowd, Gerard y Terry Hyland, Denis Kelly, Bruce Swanson, Jim Jenkins, Mark Mendel, Ray Spencer y Malou y Sonny Baula. Gracias, también, a Lee Suckno por sus múltiples atenciones. Por encima de todo, quiero dar las gracias por su amor y su apoyo a mis padres, Nancy y Bill Child, a mi hermano Doug, a mi hermana Cynthia, a mi hija Veronica, y en especial a mi mujer Luchie. Asimismo, desearía expresar mi gratitud y reconocimiento a mi pueblo adoptivo de Northfield (Minnesota), que –en el nostálgico catalejo de la memoria– conserva todo el encanto de los pueblos norteamericanos, pero evitando sus limitaciones.

Douglas Preston desea expresar su profunda gratitud a Bobby Rotenberg por la lectura del manuscrito y el acierto de sus sugerencias. A mi hija Selene le agradezco sus inestimables consejos, sobre todo para el personaje de Corrie. Estoy profundamente en deuda con Karen Copeland por su ayuda y su respaldo, ambos enormes. Y a Niccolò Capponi, gracias por tantas, y tan fascinantes, conversaciones literarias, y por sus excelentes ideas. Vaya mi gratitud a Barry Turkus, por llevarme 
in bici
 por las colinas tosca-nas, y a Jody, su mujer. También deseo dar las gracias a algunos amigos florentinos, por servir de contrapeso a muchas horas de soledad frente al ordenador. Son los siguientes: Myriam Slabbinck, Ross Capponi, Lucia Boldrini y Riccardo Zucconi, Vassiliki Lam-brou y Paolo Busoni, Edward Tosques, Phyllis y Ted Swindells, Peter y Marguerite Casparian, Andrea y Vahe Keushguerian, y Catia Ballerini. También estoy profundamente en deuda con nuestro traductor italiano, Andrea Cario Cappi, por su amistad, su defensa de nuestros libros y el acierto de sus consejos sobre esta novela en particular. ¿Cómo no mencionar, por otro lado, a la incomparable Andrea Pinketts? Por último, quiero expresar la mayor gratitud a mi mujer Christine y a mis otros dos hijos, Aletheia e Isaac, por haberme querido y apoyado siempre.

Y, como de costumbre, nuestra especial gratitud a una serie de personas sin las cuales las novelas de Preston y Child no existirían: Jaime Levine, Jamie Raab, Eric Simonoff, Eadie Klemm y Matthew Snyder.

Aunque hayamos situado la novela en el sudoeste de Kansas, tanto el pueblo de Medicine Creek como Cry County, y muchos otros pueblos y ciudades que aparecen en el libro, son ficticios o se usan de manera ficticia, como es también el caso de los personajes que los pueblan. No hemos vacilado en cambiar la geografía y la agricultura del sudoeste de Kansas al servicio de la ficción.

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