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Authors: Lincoln Child Douglas Preston

Tags: #Intriga, Policíaca

Naturaleza muerta (7 page)

En la comida y el té, Pendergast tenía algunas manías, y Winifred se había esmerado en que no le faltase de nada. Incluso había sacado el tapete de encaje de su madre y lo había puesto en la mesa de desayunar, recién planchado, con un jarroncito de caléndulas frescas para que todo fuera lo más alegre posible (en parte como alivio a su propia angustia).

Mientras estaba atareada en la cocina, sintió que el susto del crimen iba dejando paso lentamente a la emoción de que Pendergast le hubiera pedido visitar la cueva. Bueno, en realidad no se lo había pedido, pero la noche anterior había respondido con interés a la propuesta. Hacía un mes que la cueva no recibía visitas, desde que una pareja de testigos de Jehová habían tenido la amabilidad de quedarse casi todo el día dándole conversación.

A las ocho en punto oyó crujir un poco la escalera. El señor Pendergast apareció con su eterno traje negro, diciendo:

–Buenos días, señorita Kraus.

Winifred lo hizo pasar al comedor y procedió a servirle el desayuno, algo agitada. De niña ya le había gustado el negocio familiar: huéspedes de todo el país, el aparcamiento lleno de grandes coches, murmullos de asombro en las visitas a la cueva… De hecho, una de sus maneras de buscar la aprobación de su padre había sido ayudarlo como guía; y, aunque desde la inauguración de la interestatal todo hubiera sufrido un gran vuelco, seguía sintiendo el mismo nerviosismo antes de cada visita, incluso cuando el grupo, como era el caso, se componía de una sola persona.

Después de desayunar, dejó a Pendergast con el
Cry County Courier
y bajó a la cueva. Lo hacía como mínimo una vez al día, aunque no hubiera visitantes, para barrer las hojas y cambiar las bombillas. Un rápido repaso le permitió comprobar que todo estaba impecable. Esperó en el mostrador de la tienda de recuerdos. Faltando pocos minutos para las diez llegó Pendergast, pagó dos dólares por la entrada y se dejó conducir por la pasarela de cemento y la grieta que llevaba a una puerta de hierro cerrada con candado. Volvía a hacer un calor asfixiante. Por eso se agradecía tanto el aire fresco que soplaba en la entrada de la cueva. Winifred abrió el candado y se volvió hacia Pendergast para embarcarse en el discurso de presentación, que era el mismo desde que se lo había enseñado su padre con vara y regla hacía medio siglo.

–La cueva de Kraus –dijo– fue descubierta por mi abuelo Hiram Kraus, que llegó a Kansas en 1888 desde el norte del estado de Nueva York para empezar una nueva vida. Fue uno de los primeros pobladores de Cry County, con sesenta y cinco hectáreas en propiedad.

Hizo una pausa, sofocada de placer por la atención de su público.

–El 5 de junio de 1901, buscando un novillo que se había perdido, encontró la entrada de la cueva, casi tapada por la maleza. Más tarde volvió con una linterna y un hacha, abrió un paso y empezó a explorarla.

–¿Encontró el novillo? –preguntó Pendergast.

Winifred quedó sorprendida. Nunca le preguntaban por el novillo.

–Pues… sí, se había metido en la cueva y se había caído en el Pozo sin Fondo. Lamentablemente, estaba muerto.

–Gracias.

–A ver, a ver… –Winifred trató de recuperar el hilo del discurso–. Ah, sí; era la época en que el automóvil hacía su aparición en el país, y empezaba a haber un poco de tráfico en la carretera del condado, sobre todo de familias que iban a California. Después de un año, que fue lo que tardó en montar las pasarelas de madera (las mismas por donde iremos nosotros), Hiram Kraus abrió la cueva al público. Entonces la entrada valía cinco centavos. –Hizo la pausa para la inevitable risita, y quedó un poco avergonzada de que no se produjera–. Tuvo un éxito inmediato. Poco después inauguró la tienda de recuerdos, donde no solo se vendían rocas, minerales y fósiles, sino artesanía y punto para el cepillo de la iglesia, todo con un descuento del diez por ciento para los visitantes de la cueva. Ahora, si tiene la amabilidad de seguirme, accederemos a ella.

Abrió de par en par la puerta de hierro, e indicó a Pendergast que la siguiera. Bajaron por una escalera ancha y gastada, construida en un declive que llevaba a las entrañas de la tierra. Las paredes de caliza formaban un túnel, con bombillas desnudas en el techo de roca. Tras unos sesenta metros de bajada, los escalones terminaban en una pasarela de madera que penetraba en la cueva propiamente dicha, formando un ángulo cerrado.

Allí abajo, en el seno de la tierra, el aire olía a agua y piedra húmeda, un olor que a Winifred le encantaba. No se apreciaban matices de moho o excrementos, debido a que en la cueva de Kraus no había murciélagos. La pasarela progresaba sinuosamente por un bosque de estalagmitas, con bombillas que proyectaban sombras grotescas en las paredes. La bóveda estaba sumida en la penumbra. Al llegar al centro de la cueva, Winifred dio media vuelta con las manos abiertas, tal como le había enseñado su padre.

–Nos encontramos en la Catedral de Cristal, primera de las tres grandes grutas del sistema de cuevas. Estas estalagmitas poseen una altura media de seis metros. Tenemos el techo a casi treinta metros de nuestras cabezas. Las dimensiones laterales de la cueva son de veinticinco metros.

–Magnífico –dijo Pendergast.

Winifred sonrió encantada y pasó a hablar de la geología de los lechos calcáreos del sudoeste de Kansas, así como del proceso de formación de la cueva por la lenta infiltración del agua a lo largo de millones de años. Como colofón, y antes del turno de preguntas, recitó los nombres que había puesto el abuelo Hiram a las diversas estalagmitas: «los Siete Enanitos», «el Unicornio Blanco», «la Barba de Papá Noel», «Hilo y Aguja»…

–¿Las ha visitado alguien del pueblo? –quiso saber Pendergast, tomándola desprevenida por segunda vez.

–Pues… sí, creo que sí. Como comprenderá, no les cobramos. No estaría bien aprovecharse de los vecinos.

Como no había más preguntas, Winifred dio media vuelta y precedió a su huésped por el bosque de estalagmitas, hasta llegar a un pasadizo bajo y estrecho que desembocaba en la siguiente gruta.

–¡Cuidado con la cabeza! –avisó volviendo la cabeza. Cuando estuvo en la otra gruta, se colocó en el centro y se dio la vuelta con un movimiento del vestido.

–Estamos en la Biblioteca del Gigante. Es el nombre que le puso mi abuelo porque, si mira a la derecha, verá que las capas de travertino, formadas a lo largo de varios millones de años, parecen libros apilados. Allá al fondo, los pilares verticales de caliza de la pared parecen libros en una estantería. Ahora…

Reanudó su camino. Se acercaban a su parte favorita, las Campanas de Cristal, pero de repente se dio cuenta de que se le había olvidado el martillito de goma. Se tocó el bolsillo donde siempre lo llevaba escondido, en espera del momento de sorprender a los visitantes, pero no estaba. Debía de habérselo dejado en la tienda. También se había olvidado la linterna, precaución contra un posible corte de luz. Estaba avergonzada. Era la primera vez en cincuenta años de visitas a la cueva que se le olvidaba el martillito de goma.

Pendergast la observaba atentamente.

–¿Le ocurre algo, señorita Kraus?

–Que me he olvidado el martillo de goma para tocar las Campanas de Cristal.

Tenía ganas de llorar. Pendergast echó un vistazo al bosque de estalactitas.

–Ya. Supongo que resuenan cuando se las golpea.

Winifred asintió.

–En estas estalactitas se puede tocar el Himno a la alegría de Beethoven. Es el momento cumbre de la visita.

–¡Qué interesante! Entonces tendré que volver.

Winifred buscó el resto del discurso en su memoria, pero se había quedado blanco. Empezó a sentir pánico.

–Este pueblo debe de tener mucha historia –dijo Pendergast, mientras se fijaba en unas estrías de yeso bañadas por la luz refleja de las bombillas.

Winifred le agradeció profundamente su ayuda.

–¡Sí, mucha!

–Y usted debe conocerla a fondo.

–Bueno, se podría decir que sí.

Ya no estaba tan nerviosa. Tenía otra visita en perspectiva, y la promesa de no volver a olvidar el martillo. El terrible asesinato la había afectado mucho, tal vez más de lo que pensaba.

Pendergast se agachó para examinar otro grupo de cristales.

–Ayer por la tarde se produjo un incidente curioso en el bar de Maisie. El sheriff arrestó a una tal Corrie Swanson.

–Ah, sí, es una chica que siempre ha dado problemas. Su padre se marchó de casa, y su madre es camarera en el Candlepin Castle. –Se inclinó hacia su huésped y dijo, en un susurro–: Creo que bebe. Y… que se ve con hombres.

–¡Ah! –dijo Pendergast.

Winifred se sintió animada a continuar.

–Sí. Dicen que Corrie se droga. Acabará yéndose de Medicine Creek, como tantos, y no la echaremos de menos. Es el pan de cada día, señor Pendergast: cuando se hacen mayores, se van y ya no vuelven. Aunque también podría citarle a algunos que nos harían un favor marchándose. Brushy Jim, por ejemplo.

El agente del FBI parecía interesado por una formación de estalagmitas. Daba gusto su interés.

–Me pareció que el sheriff estaba bastante contento de arrestar a la señorita Swanson.

–No me extraña, aunque, si le soy sincera, es un bruto. Se lo digo a usted como se lo diría a cualquiera. Al único que trata más o menos bien es a Tad Franklin, su ayudante.

Calló, preguntándose si había ido demasiado lejos, pero Pendergast asentía con cara de complicidad.

–Y su hijo, otro bruto. Se cree que ser hijo del sheriff le da derecho a hacer lo que le dé la gana. Me han dicho que tiene atemorizado a todo el instituto.

–Ya. ¿Y el otro nombre que ha dicho, Brushy Jim?

Winifred negó con la cabeza.

–Ese es lo más impresentable que se pueda imaginar. –Lo descalificó con un chasquido de la lengua–. Vive en la carretera de Deeper, en una chatarrería, y dice que desciende del único superviviente de la masacre de Medicine Creek. Se ve que estuvo en Vietnam, y que le han quedado secuelas, concretamente en la cabeza. Le aseguro, señor Pendergast, que es lo más bajo que se puede caer en el género humano. Toma en vano el nombre del Señor, bebe y jamás pisa la iglesia.

–Ayer por la tarde vi que ponían una pancarta grande delante de la iglesia, en el césped.

–Sí, por el tipo de la Universidad Estatal de Kansas.

Pendergast se la quedó mirando.

–¿Cómo?

–Quiere plantar otro maizal, para una especie de experimento. Lo han restringido a dos pueblos, el nuestro y Deeper. Está previsto que anuncien la decisión final el lunes que viene. El representante de la universidad tiene que llegar hoy, y le están poniendo la alfombra roja. No porque estén muy contentos, como comprenderá.

–¿Por qué no?

–No sé, algo de una prueba que quieren hacer con el maíz. Parece que lo han manipulado. Reconozco que no estoy muy al día.

–¡Vaya! –dijo Pendergast, y levantó una mano–. Pero, ahora que lo pienso, ¿quién me pide a mí interrumpir la visita con preguntas?

Winifred recuperó el hilo, contenta, y llevó a Pendergast al borde de un agujero muy ancho y oscuro del que salía un aire todavía más fresco.

–Aquí tiene el Pozo sin Fondo. El primer día que lo vio, mi abuelo tiró una piedra y… ¡no la oyó chocar contra el fondo!

Hizo una pausa dramática.

–¿Cómo supo que el novillo estaba dentro? –preguntó Pendergast.

Winifred sufrió un ataque de pánico. Otra pregunta que nunca le habían hecho.

–Pues no lo sé –dijo.

Pendergast sonrió y le quitó importancia con un gesto de la mano.

–Siga, siga.

Pasaron por el Estanque del Infinito, donde, para decepción de Winifred, su huésped no formuló ningún deseo (en otra época, la recogida de monedas había sido un buen negocio). Desde el estanque, la pasarela volvía hacia la Catedral de Cristal, inicio de la visita. Al final de sus explicaciones, Winifred dio la mano a Pendergast, y se llevó la agradable sorpresa de recibir una generosa propina. Después se puso en cabeza y subió lentamente por la escalera de madera hacia el mundo exterior. Al llegar a la superficie, sintió el calor como un mazazo, e hizo otra parada.

–Como ya le he comentado, todos los visitantes de la cueva gozan de un diez por ciento de descuento en la tienda de recuerdos, siempre que sea el mismo día de la visita.

Entró en la tienda, y Pendergast le evitó la decepción de no seguirla.

–Me gustaría ver los bordados –dijo.

–No faltaría más.

Winifred lo orientó hacia la vitrina correspondiente, donde, al cabo de una larga inspección, su huésped eligió una cojinera muy bonita de punto de cruz. Para Winifred fue otra alegría, porque la había hecho ella con sus manos.

–A mi bisabuela le encantará –dijo Pendergast al pagar–. Es que está inválida, y solo puede disfrutar con pequeñeces.

Winifred lo envolvió en papel de regalo con una sonrisa en los labios. La compañía de un caballero como el señor Pendergast siempre era un placer. ¡Y qué detalle con su anciana bisabuela! Estuvo segura de que le encantaría.

Diez

Sentada en el camastro plegable de la única celda de detención de la cárcel de Medicine Creek, Corrie Swanson se distraía mirando los graffitis de las paredes desconchadas. Había muchos, pero la variedad de tintas y caligrafías no era obstáculo para que reinara una gran coherencia temática. En el despacho de al lado estaba puesta la televisión a todo volumen. Daban uno de esos culebrones asquerosos para amas de casa frustradas, con su música melodramática de órgano y sus lloriqueos histéricos. Aparte de la tele, Corrie oía los zapatos de payaso del sheriff, que se paseaba como un pájaro en su jaula moviendo papeles y haciendo llamadas. ¿Cómo se podía ser tan bajo y tener los pies tan grandes? Y para colmo fumador. Todo apestaba a tabaco. En cuatro horas, su madre estaría bastante sobria para venir a buscarla. Conque allí estaba, «recibiendo una lección» (que diría su madre), mientras oía los movimientos del ser humano más parecido a una rata de todo el universo mundo. ¡Pues vaya lección! En fin, no era peor que estar sentada en casa oyendo las críticas de su madre, o sus ronquidos de borracha. En cuanto al camastro plegable, era igual o más cómodo que el colchón roto de su dormitorio.

Oyó un portazo en el despacho que daba a la calle, seguido por pasos y un murmullo de saludos. Reconoció una de las voces: era Brad Hazen, el hijo del sheriff (y compañero de clase suyo), que venía con sus amigotes. Decían algo sobre ir al fondo a ver la tele.

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