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Authors: Jonathan Franzen

Tags: #Narrativa

Las correcciones

 

Ésta es la historia de los Lambert, una familia normal: Alfred, un ingeniero retirado al borde del caos mental y físico de un Parkinson terminal; Enid, su mujer, obsesionada con reunir en casa a sus tres hijos durante una última cena de Navidad; Chip, un ex profesor despedido por acostarse con una alumna, que emprende negocios turbios en Lituania; Denise, fría y juiciosa chef en un restaurante de moda ligada sentimentalmente a su jefe, y Gary, un banquero snob y paranoico atrapado en un matrimonio de pesadilla. El prodigio de esta novela es la secreta conexión entre el universo de los Lambert y el resto del mundo, la Norteamérica de los últimos noventa, un país irascible que se tambalea hacia un nuevo milenio.

«Las correcciones» es una grandiosa novela tragicómica para el siglo que comienza, una obra maestra sobre una familia que se derrumba en una época en que todo tiene arreglo, todo puede corregirse. Este monumental reto estilístico, divertido, corrosivo y profundamente humano, esta imponente sátira social, confirma a Jonathan Franzen como uno de los más brillantes intérpretes de la sociedad contemporánea.

Jonathan Franzen

Las correcciones

ePUB v1.0

Dirdam
30.03.12

Título original: «The Corrections»

Publicación original: 2001

Traducción: Ramón Buenaventura

Editorial: Seix Barral, S. A.

Publicación en España: 2002

ISBN: 84-322-1991-6

Para David Means y Genève Patterson.

St. Jude

Locura de un frente frío de la pradera otoñal, mientras va pasando. Se palpaba: algo terrible iba a ocurrir. El sol bajo, en el cielo: luminaria menor, estrella enfriándose. Ráfagas de desorden, sucesivas. Árboles inquietos, temperaturas en descenso, toda la religión nórdica de las cosas llegando a su fin. No hay aquí niños en los jardines. Largas las sombras en el césped espeso, virando al amarillo. Los robles rojos y los robles palustres y los robles blancos de los pantanos llovían bellotas sobre casas libres de hipoteca. Las ventanas a prueba de temporal se estremecían en los dormitorios vacíos. Y el zumbido y el hipo de un secador de ropa, la discordia nasal de un esparcidor de hierba, el proceso de maduración de unas manzanas lugareñas en una bolsa de papel, el olor de la gasolina con que Alfred Lambert había limpiado la brocha, tras su sesión matinal de pintura del sillón biplaza de mimbre.

Las tres de la tarde era hora de riesgos en estos barrios residenciales y gerontocráticos de St. Jude. Alfred se acababa de despertar en el sillón azul, de buen tamaño, en que llevaba durmiendo desde después de comer. Ya había cumplido con su siesta, y las noticias locales no empezaban hasta las cinco. Dos horas vacías eran un criadero de infecciones. Se incorporó trabajosamente y se detuvo junto a la mesa de ping-pong, tratando de oír a Enid, sin lograrlo.

Resonaba por toda la casa un timbre de alarma que sólo Alfred y Enid eran capaces de oír directamente. Era el timbre de alarma de la ansiedad. Era como una de esas enormes campañas de hierro fundido, con percutor eléctrico, que echan a los colegiales a la calle en los simulacros de incendio. En aquel momento llevaba resonando tantas horas, que los Lambert habían dejado de oír el mensaje de «timbre sonando»: como ocurre con todo sonido lo suficientemente prolongado como para permitir que nos aprendamos los sonidos que lo integran (como ocurre con cualquier palabra cuando nos quedamos mirándola hasta que se descompone en una serie de letras muertas), los Lambert percibían un percutor golpeando rápidamente contra un resonador metálico, es decir: no un tono puro, sino una secuencia granular de percusiones con un intenso recubrimiento de connotaciones. Llevaba tantos días resonando que se integraba en la atmósfera de la casa, sencillamente, salvo a ciertas horas de la mañana, muy temprano, cuando uno de los dos se despertaba sudoroso para darse cuenta de que el timbre llevaba resonando en su cabeza desde siempre, desde hacía tantos meses, que el sonido se había visto reemplazado por una especie de metasonido cuyas subidas y bajadas no eran el golpear de las ondas de compresión, sino algo mucho más lento: las crecidas y las menguas de su
consciencia
del sonido. Una consciencia que se hacía especialmente aguda cuando las condiciones climatológicas se ponían de humor ansioso. Entonces, Enid y Alfred —de rodillas ella en el comedor, abriendo cajones; en el sótano él, vigilando la desastrosa mesa de ping-pong—, ambos al mismo tiempo, se sentían a punto de explotar de ansiedad.

La ansiedad de los cupones, en un cajón lleno de velas de otoñales colores de diseño. Los cupones estaban sujetos con una goma elástica, y Enid se daba cuenta ahora de que sus fechas de vencimiento (que muchas veces venían marcadas de fábrica, con un círculo rojo alrededor) habían quedado muy atrás en el tiempo, no ya meses, sino incluso años. Los ciento y pico cupones, por un valor total de más de sesenta dólares (ciento veinte, potencialmente, en el supermercado de Chiltsville, que los valoraba doble), se habían desperdiciado. Tilex, sesenta centavos de descuento. Exedrina PM, un dólar de descuento. Las fechas ni siquiera eran
cercanas.
Las fechas eran
históricas.
El timbre de alarma llevaba
años
sonando.

Volvió a guardar los cupones con las velas y cerró el cajón. Estaba buscando una carta que había llegado unos días atrás, certificada. Alfred oyó que el cartero llamaba a la puerta y gritó «¡Enid, Enid!», tan alto, que no pudo oír el grito con que ella le respondió: «Ya estoy yo, Al, ya estoy yo». Alfred siguió gritando su nombre, mientras se acercaba cada vez más, y, dado que el remitente de la carta era la Axon Corporation, 24 East Industrial Serpentine, Schwenksville, Pennsylvania, y dado que había aspectos de la situación de la Axon que Enid conocía, pero Alfred no, o eso esperaba ella, se apresuró a esconder la carta en algún lugar situado a unos cinco pasos de la puerta. Alfred emergió del sótano aullando como una máquina de nivelar terrenos
«¡Hay alguien a la puerta!»,
y ella le gritó, elevando aún más el tono de voz, «¡Es el cartero, es el cartero!», mientras él meneaba la cabeza ante lo complicado que era todo.

Enid estaba convencida de que se le aclararía la cabeza sólo con no tener que averiguar, cada cinco minutos, lo que podía estar haciendo Alfred. Pero, por mucho empeño que ponía, no lograba que él se interesase en la vida. Cada vez que lo animaba a empezar de nuevo con la metalurgia, él se quedaba mirándola como si hubiera perdido la cabeza. Cada vez que le preguntaba si no tenía nada que hacer en el jardín, él contestaba que le dolían las piernas. Cada vez que ella le recordaba que los maridos de sus amigas tenían, todos ellos, un hobby (Dave Schumpert con sus vidrieras, Kirby Root con sus intrincados chalecitos para pinzones morados, Chuck Meisner con el seguimiento horario de su cartera de inversiones), Alfred empezaba a comportase como si ella estuviera distrayéndolo de alguna importantísima ocupación. Y ¿qué ocupación era ésta? ¿Darles una mano de pintura a los muebles del porche? Llevaba desde el Día del Trabajo con la pintura del sillón de dos plazas. Enid creía recordar que no había tardado más de dos horas en el sillón de dos plazas la última vez que pintó los muebles. Ahora acudía a su taller, todas las mañanas, una tras otra, y, transcurrido un mes, cuando ella se arriesgó a pasar por allí a ver cómo iba la cosa, se encontró con que lo único que había pintado del sillón biplaza eran las patas.

Daba la impresión de que a él le apetecía que se marchase. Dijo que se le había secado la brocha, que por eso estaba tardando tanto. Dijo que raspar mimbre era como pelar un arándano. Dijo que había grillos. Ella notó entonces la falta de aire, pero quizá fuera el olor a gasolina y la humedad del taller, que olía a orines (aunque no podían ser orines). Subió las escaleras a toda prisa, a ver si encontraba la carta de la Axon.

Todos los días de la semana, menos el domingo, llegaban kilos de correo por la rendija de la puerta, y ya que no estaba permitido que nada incidental se apilase en el sótano —porque la ficción de vivir en aquella casa era que nadie vivía en ella—, Enid se enfrentaba a un desafío táctico fundamental. No es que se tomase por una guerrillera, pero eso es lo que era, una guerrillera. Durante el día transportaba materiales de depósito en depósito, yendo muchas veces sólo un paso por delante del poder establecido. De noche, a la luz de un aplique precioso, pero poco potente, utilizando la mesa del desayuno, demasiado pequeña, cumplía con una diversidad de tareas: pagar facturas, cuadrar las cuentas, descifrar los apuntes de pagos compartidos de Medicare y tratar de comprender un amenazador Tercer Aviso de un laboratorio médico que le requería el pago inmediato de 0,22 dólares, pero adjuntando un balance de 0,00 dólares, con lo cual venía a indicar que no existía tal deuda, pero es que además tampoco daba ninguna dirección a la que pudiera remitirse el pago. Podía ocurrir que el Primer Aviso y el Segundo Aviso estuvieran en algún lugar del sótano; y, por culpa de las limitaciones con que Enid llevaba adelante su campaña, lo cierto era que apenas si alcanzaba a figurarse dónde podían haber ido a parar, cualquier tarde, los otros dos avisos. Si le daba por sospechar, por ejemplo, del armario del cuarto de estar, allí estaba el poder vigente, en la persona de Alfred, viendo un programa de reportajes, con la tele puesta al volumen suficiente para mantenerlo despierto, y con todas las luces del cuarto de estar encendidas, y había una nada despreciable probabilidad de que si ella abría la puerta del armario se deslizase una avalancha de catálogos, de revistas
House Beautiful,
y se derrumbasen diversos informes de la asesoría financiera Merril Lynch, provocando la cólera de Alfred. También existía la posibilidad de que los Avisos no estuvieran en el armario, porque el poder vigente hacía incursiones al azar en sus escondites, amenazando con «tirarlo» todo si Enid no ponía orden en el asunto; pero ella estaba demasiado ocupada burlando las incursiones como para poner orden en nada, y en la sucesión de migraciones y deportaciones forzosas había ido perdiéndose toda apariencia de orden, de modo que en una bolsa cualquiera de los Almacenes Nordstrom oculta tras el volante del somier, con una de las asas de plástico semiarrancada, bien podía contenerse todo el patético desbarajuste de una existencia de refugiado: ejemplares no consecutivos de la revista
Good Housekeeping,
fotos en blanco y negro de Enid en los años cuarenta, recetas oscurecidas, escritas en papel de alto contenido ácido, uno de cuyos ingredientes era la lechuga reblandecida, las últimas facturas del teléfono y del gas, un detallado Primer Aviso del laboratorio médico dando instrucciones a los abonados de que ignoraran toda factura por debajo de los cincuenta centavos que en adelante pudiera llegarles, una foto de Enid y Alfred, cortesía de los organizadores, en un crucero, cada uno con su collar hawaiano y bebiendo de un coco hueco, y el único ejemplar existente de las partidas de nacimiento de dos de sus hijos, por ejemplo.

El enemigo visible de Enid era Alfred, pero quien hacía de ella una guerrillera era la casa que a ambos ocupaba. El mobiliario era de los que no admiten que nada se acumule. Había sillas y mesas de Ethan Alien. Spode & Waterford para la librería. Ficus obligatorios, araucarias obligatorias. Un abanico de ejemplares de la revista
Architectural Digest
en una mesita de centro con tabla de cristal. Trofeos turísticos: objetos esmaltados procedentes de China, una caja de música procedente de Viena que Enid, de vez en cuando, se levantaba a poner en marcha, alzando la tapa tras haberle dado cuerda, llevada por el sentido del deber y de la caridad. La música era
Strangers in the Night.

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