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Authors: Jordi Sierra i Fabra

Tags: #Juvenil, Relato

Campos de fresas (14 page)

Finalmente, el artículo:

«Tienen entre 13 y 19 años, y son nuestros hijos, los suyos y los de su vecino. Los vemos cada día, sanos, alegres, estudiando o trabajando o luchando por salir adelante, con sus problemas y sus frustraciones, pero llenos de vida y energía, capaces de superar lo que se les ponga por delante. Es difícil imaginarles haciendo algo insólito, algo malo. Y sin embargo, muchos de ellos, al llegar el fin de semana, cambian, se transforman, se abocan al lado oscuro de la existencia. Mientras sus padres están en casa, durmiendo, o fuera, dejándoles solos porque "ya son mayores" o mucho más independientes que nosotros a su edad, ellos, chicos y chicas, son capaces de estar bailando tres días seguidos, sin parar, utilizando todos los medios a su alcance para forzar la máquina, para conseguir que el cuerpo aguante. No hay otra ley. Así es la realidad. Y con su música,
mákina, bakalao,
el fin de semana se convierte en un largo camino que traspasa todos los márgenes prohibidos, porque lo importante es llegar al lunes y no haber parado, haber vivido la locura total, la evasión máxima, con los ojos desorbitados, la mandíbula temblando y la risa fácil del no poder parar.

»L.S.M. es una de esas chicas. Salió el viernes de su casa para gozar de la vida, y en unas pocas horas la vida le dio la espalda. Una pastilla, un eva, lo que muchos aún llaman éxtasis, le segó la esperanza. Ella, como miles de chicos y chicas en España y en otros países, pagó tan sólo dos mil pesetas por "algo" que le permitiera ver las estrellas. Ahora, en coma, es probable que las vea, y que no le gusten. Su imagen, en el hospital, es estremecedora.

»El cóctel formado por la música discotequera actual y las drogas de diseño tiene atrapados a miles de nuestros jóvenes. El viejo
porro
parece haber pasado a mejor vida, con los últimos
heavys, grunges
o pasotas. La coca sigue siendo privativa de la gente guapa que puede pagarla. Por el contrario, las drogas de diseño se han apoderado de esa gran masa formada por los adolescentes ávidos de sensaciones. Son baratas, contundentes, efectivas. Médicamente, se dice que no crean adicción, así que, para sí mismos, no son drogadictos, sólo adictos psíquicos del fin de semana, porque no entienden lo de salir de casa sin "colocarse". Pero ahora que el éxtasis (mdma) comenzaba a ser conocido, lo que triunfa es el eva (mdea), del que no se sabe absolutamente nada. Casi el cuarenta por ciento de las sustancias requisadas en nuestra comunidad recientemente contenían mdea, mientras que sólo en el diez por ciento aparecía mdma. El éxtasis y sus derivados, antes llamados "la droga del amor", son ahora ya "la droga de la muerte", como todas, porque aun suponiendo que sea verdad que no creen adicción, su uso y más su abuso, son como un billete a Ninguna Parte.

»El manual de drogas de diseño, e incluso el de bebidas utilizadas por nuestros jóvenes, dejaría boquiabiertos a muchos de sus padres o profesores. La Real Academia de la Lengua no tiene ninguno de esos términos en sus vetustas páginas. ¿Habían oído hablar del
popperazo?
Inhalación de nitritos. Provoca risas espasmódicas e impide dejar de bailar, todo en unos segundos. ¿Saben lo que es un
speed
? Un combinado de cafeína y anfetamina que se vende en papelinas. ¿Les suena el término
Special K?
Es una sustancia farmacéutica de uso hospitalario, la ketamina, para anestesias humanas o animales, y sólo se vende con receta. Un botecito cuesta en cualquier farmacia 900 pesetas. Es suficiente con dejarlo evaporar en una sartén, cortar el residuo para que se quede en polvo, y con ello se fabrican las suficientes dosis como para ganar veinte veces la inversión. Dicen que da «viajes» muy fuertes y deja atontado, pero aun así, es la moda, y muy peligrosa ahora mismo. En Estados Unidos se mezcla con cocaína y se llama
Special Kalvin Klein.
¿Quieren que siga? Podría hablar del éxtasis líquido y del éxtasis natural, conocido como Paz de Indio (una botellita cuesta 3.000 pesetas y dos o tres personas pueden colocarse con ella), y del cristal, del xtc, del Adam, del águila dorada y de muchos otros. Las drogas ya no son cocaína o heroína. El sida ha cambiado muchos de nuestros hábitos. La química nos ha invadido. Lo peor de todo es que los fabricantes las adulteran también continuamente, por lo que los jóvenes a los que van destinadas casi siempre ingieren auténticas bombas de relojería. Ninguna mata
de facto.
El componente fatal lo pone siempre el receptor, pero basta cualquier anomalía o cualquier casuística desafortunada para desencadenar una reacción química que precipite el fin. Tampoco matan las bebidas, pero ¿pueden imaginarse las reacciones de algunas con nombres tan llamativos como
Pepdrink, Flying Horse, Red Bull, Semtex, Take Off, Love Bomb, Explosive,
si se mezclan con productos químicos? Un simple dato: la
Pepdrink
produce un efecto parecido a tomarse un porro con un café puro y muy cargado.

»L.S.M. cayó por un golpe de calor la madrugada del viernes. Esta pasada madrugada, miles de pastillas habrán sido ingeridas por un ejército de acólitos de la noche. El próximo fin de semana sucederá lo mismo. La policía decomisa algunas partidas, pero ya no se trata de drogas duras que llegan de Colombia o Tailandia, ni de hachís procedente de Marruecos. Se trata de laboratorios clandestinos que aparecen en todas partes y que las fabrican sin cesar, llenando el mercado y sobre todo facilitándolas a precios muy asequibles. Nuestros hijos "bailan con la muerte"; ya no es sólo cuestión de divertirse, sino de explorar el lado oscuro de la realidad. La secuela que deje en sus mentes no lo sabremos hasta dentro de unos años, cuando esas bombas de relojería estallen y pasen factura. Entonces, como es natural, será demasiado tarde para actuar. Puede ser una generación sin letra, ni X, ni Z, ni P, o A. Puede ser la generación esquizofrénica. Puede ser la última. Y la habremos creado nosotros, por no abrir los ojos a tiempo.

»L.S.M. tiene 18 años, era campeona de ajedrez, una chica normal, modélica, buena estudiante, con unos padres felices y una hermana pequeña. Tenía novio. Todo eso se ha ido en unos segundos, sólo porque una pastilla se cruzó en su camino. El coma puede ser eterno, llevarla a un rápido y fatal desenlace, o cesar inesperadamente. Pero eso no ocultará la cruda realidad. Como decían los Beatles, los campos de fresas pueden llegar a ser eternos.

»L.S.M. bailó el viernes por la noche con la muerte, y sigue bailando.»

Mariano Zapata soltó aire y asintió con la cabeza. Perfecto. Directo a las conciencias.

Periodismo y azote. Le gustaba. ¿Oportunista? ¿Demagogo? ¿Sospechoso? ¿Panfletario? Al diablo con todo. Era una noticia, y sabía cómo tratarla. Fuera cual fuera esa noticia, lo importante era el modo de presentarla, el tono, el envoltorio.

Pensó en el inspector Espinós.

Iba a tener trabajo, mucho trabajo, pero ése era su problema.

—¡En marcha! —dijo poniéndose en pie.

Capítulo 69
Negras: Torre f1

—¿Qué edad tienen sus hijos, jefe?

No le gustaba que le llamasen «jefe». Le sonaba a película de gángsters americana. Pero se olvidó de ello por la sorpresa de la pregunta.

—Veintitrés, diecinueve y quince.

—La mía tiene siete, y el golferas tres, que menudo toro está hecho.

—Cuando son pequeños sufrimos porque son pequeños y parecen indefensos, y cuando son mayores sufrimos porque son mayores y se creen que lo saben todo —contestó Vicente Espinós.

Quizá lo mejor era hablar, aunque fuera de aquello. Llevaban demasiado rato en silencio, envueltos en el ruido del tráfico del anochecer.

—Lo de esa chica es un palo, ¿verdad?

—¿Lo dices por sus padres?

—Y por nosotros. La prensa va a hincarle el diente al tema. Una cosa es que la palme un drogata, y otra una chica normal y corriente que había salido a divertirse.

—Cada fin de semana mueren una docena de chicos y chicas jóvenes por accidentes de circulación.

—Ya, pero son una docena, como dice. Ésta está sola, y además está en coma, porque si te mueres, a los pocos días ya no es noticia, pero como siga así mucho tiempo… ¿Pongo la sirena, jefe? Esto no se mueve.

—No, no la soporto.

—¿Sus hijos salen de noche?

Era una buena pregunta.

—Sí —convino con desgana.

—Y llegan de madrugada, claro. Como todos.

No hacía un mes que le había encontrado a Fernando, el de diecinueve años, una pastilla de hierba en un cajón.

—Roca, no me toques los huevos, ¿quieres?

—Jefe, si yo sólo…

—Y no me llames jefe.

—Vaya —suspiró el policía—, parece que éste va a ser un caso movido.

Tenía su gracia, por el acento y la forma de decirlo, así que hasta forzó una media sonrisa en sus labios.

—Tú estate alerta con el toro ese que dices que tienes, que ya verás dentro de quince años.

—No, si ahora ya puede conmigo.

—Pues eso.

—Pero una buena leche a tiempo…

—Ya.

—La culpa es nuestra, que como se lo damos todo hecho…

—Roca.

—¿Qué, jef… inspector?

—No me filosofees, ¿vale? Y pon la sirena para salir de este atasco, pero luego la apagas.

No tuvo que decírselo dos veces.

En un minuto ya estaba pisando el acelerador casi a fondo.

Capítulo 70
Blancas: Rey d2

No había ni rastro del camello, así que el primer atisbo de frustración asomaba ya en sus rostros cansados de mirar a todas partes, luchando contra los
flashes
de las luces estroboscópicas y el movimiento continuo de la discoteca, la música y los gritos de los que intentaban hablar entre sí.

Como ellos ahora.

—¡Yo creo que no está! ¡Lo veríamos! ¡Un tío de más de veinte aquí canta mucho!

—¡Puede que esté fuera, apostado en alguna parte, y que no le hayamos visto, o que haya llegado mientras tanto!

—¿Y si preguntáramos a uno de éstos dónde poder comprar algo?

—¿Estás loco? ¿Crees que todos hacen lo mismo o qué?

Máximo los miró como si así fuera.

—¿Salimos? —propuso Cinta.

—¡Sí! —accedió Eloy.

Regresaron a la puerta del Popes. Tardaron cerca de tres o cuatro minutos en abrirse paso por entre los cuerpos juveniles que pululaban por el espacio lúdico. Un portero con aires de gorila les puso el habitual sello invisible en la muñeca, mirándolos impertérrito. Una vez fuera empezaron a moverse de nuevo por el aparcamiento y las proximidades de la discoteca, que ocupaba un lugar propio en la calle, abierta a los cuatro vientos. No tardaron en regresar a las inmediaciones del recinto, más y más desconcertados. De no haber sido por la determinación de Eloy, Santi y Máximo ya habrían arrojado la toalla, convencidos de que el camello no estaba por allí ni tenía intención de ir.

Pero les bastó con ver la cara de su amigo.

—Volvamos dentro —ordenó él—. Y esta vez nos separaremos. Yo iré al lavabo, tú te pones entre la pecera del
disc jockey
y la barra del bar, y Cinta y Santi que se queden en la puerta, viendo a todo el que entra y sale.

—Bien —asintió ella.

Máximo y Santi no dijeron nada.

Volvieron a meterse en el Popes.

Capítulo 71
Negras: Torre g1

Loreto sentía el peso de una enorme conmoción sacudiéndola de arriba abajo.

Ni siquiera lo entendía.

Creía que ver a Luciana allí, en aquel estado, sería tanto como renunciar a la salvación final, porque si Luciana, tan fuerte, tan distinta, sucumbía, ¿qué esperanzas tenía ella? Y sin embargo…

La mano de Luciana entre las suyas, aún caliente. La vida que fluía de ese contacto a pesar de todo. El aliento de una lucha soterrada, silenciosa, como si pese al coma su amiga le hubiese hablado.

Había creído oír aquella voz, su voz.

Muy dentro de sí misma.

Un extraño efecto.

Y una consecuencia sorprendente, por su fuerza demoledora.

Quería vivir, vivir, vivir…

Como Luciana.

—¿Echo por el paseo o doy la vuelta?

El taxista no la arrancó de su abstracción.

—Da lo mismo —dijo.

El hombre se encogió de hombros. Le bastó con volver a mirarla para que evitara hablarle de lo que iba a hacer y por qué. Su pasajera parecía obnubilada.

Lo estaba.

Loreto pensó en su pequeña victoria de hacía un rato, cuando se venció a sí misma para no vomitar. Ése había sido realmente el primer paso. Y lo hizo por Luciana.

Aunque eso fuese ya lo de menos.

Lo importante es que lo había hecho.

—Luciana… —musitó.

—¿Decía usted algo, señorita?

—No, no, nada.

Se sentía tan distinta…

Algo tan simple como no vomitar.

Tan y tan distinta.

Capítulo 72
Blancas: Alfil f6 +

Esther Salas se levantó como impelida por un resorte. Su marido la vio acercarse a la cama de Luciana, mirarla, mover una mano temblorosa hasta su frente, depositarla en ella.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Creía que… se había movido —desgranó la mujer.

No era cierto. Él también la estaba mirando en esos momentos, bajo la perpetua sombra de aquella incredulidad que sin embargo era más y más certeza a medida que pasaban las horas. Pero no se lo dijo a su mujer.

Esther Salas acarició la frente de su hija. En su gesto flotó una desesperanzada esperanza.

—Mañana habrá que llamar a la familia —volvió a hablar en voz muy baja.

La familia.

Abuelos y abuelas que completarían el cuadro de la tragedia.

—Tu madre se morirá —dijo él.

Habían preferido no hacerlo a lo largo del día, esperar, confiar, pero ahora, al acercarse la noche, todo se convertía en amargura y realidad. Incluso ellos tendrían que descansar, después de una primera noche en vela. Tendrían que descansar, por extraño que pareciera.

No hubieran querido dormir, sino estar despiertos, constantemente, para velar el sueño de Luciana.

Norma se levantó, se había movido todo el día de aquí para allá, como una zombi, respondiendo al teléfono o haciendo cualquier cosa, incapaz de permanecer quieta más allá de un minuto. Cada vez que una emoción le asaltaba, tenía que hacerlo, para no caer en el abismo abierto a su alrededor.

—Norma, ¿adónde vas? —la detuvo su madre.

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