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Authors: Nico Rotstein

Tags: #Fiction & Literature

Paseo surreal (y otros delirios menos breves)

 

Paseo Surreal (y otros delirios menos breves) es un compendio de relatos basados en cosas que no existen. La intención es sumergir al lector en un mundo alternativo y someterlo a una lectura entretenida con algunos pasajes entre ingeniosos e interesantes. Los pasajes, en su mayoría, son de ida y no reembolsables.

Nico Rotstein

Paseo surreal

(y otros delirios menos breves)

ePUB v1.1

Polifemo7
01.01.12

Prólogo

El presente librito no tiene mayores aspiraciones. Es verdad, le pregunté y me dijo “no tengo mayores aspiraciones”. Sic. Dado que escribir es bastante divertido, nació este librito. A la vez, éste va a funcionar de experimento; pero no le digas, porque se va a sentir mal, engañado en su inocencia y por ende rabioso, luego, más tarde. A propósito de la espuma, el experimento celebra el mano-en-mano y el lector está absolutamente invitado a unirse a esa celebración. Hablando de champaña, la secuencia de narraciones acá presentada festeja el palabrerío gratuito y el sinsentido; los juegos de palabras y la arbitrariedad; lo superficial y la moraleja oculta; Navidad y Año Nuevo. ¡Salud! No se sabe bien en qué género caen todas estas cosas. Qué sé yo.

El autor es uno solo, escribe cuando está aburrido, y se olvida la mitad de lo que se le ocurre, porque nunca toma notas. Y si lo hace, no lo hace en un lugar apropiado. Luego, en los momentos buenos, se auto-convence de que las ideas eran malas; en los momentos malos auto-maldice y se frustra y hace memoria e infructúa. Dicho todo esto (y dudando de la prologuez de este prólogo), sólo resta desear buen viaje y nada más.

P/S: siendo ya parte de este experimento, se te alienta a que te sientas libre en la distribución de este compendio de escritos, en la forma que quieras. Se aprovecha la oportunidad para alentarte a que seas libre, en general

Paseo Surreal

Abro con llave, salgo a la vereda, cierro con llave, miro para ambos lados, cruzo la calle y me atropella un auto.
Gueim ouver
. Abro con llave, salgo a la vereda, cierro con llave, giro 180°, miro para ambos lados, cruzo la calle y llego hasta la otra vereda. Camino. Una señora se asoma por la ventana y tira un balde de agua justo cuando paso por debajo de ella, como no sé qué inventar para que lo haya hecho, rebobino y después me apuro para no mojarme; apenas paso la ventana, me quedo mirando para ver cómo la señora tira el baldazo. Como no lo hace, asumo que no le anda la
videocassettera
. Camino, camino. Una paloma decide satisfacer sus necesidades fisiológicas justo en el momento en que sus coordenadas difieren con las mías sólo en el eje
Z
. El resultado puede verse claramente en mi pelo. Como no tengo con qué limpiarme (ni ganas ni pañuelo) decido decretar (telepáticamente) que el adorno que ostento en la cabeza está de moda. Puedo ver unos adolescentes tirando laxantes colombófilos a las cornisas que tienen agujas de acupuntura para las palomas. Camino, camino, camino. Doblo una esquina hasta dejarla prácticamente recta. A nadie parece importarle, andan sobre rieles. Incluso a los encargados de la planificación urbana de la ciudad les parece una idea interesante. Veo que no hay autos estacionados y que los que están andando no se tocan entre sí. Sean
n
la cantidad de autos y
p
, la de personas; si
p < n
, entonces hay autos que se manejan solos. Escucho un ruido detrás mío, me doy vuelta. Me queda la piel adentro y los huesos afuera. Me doy vuelta otra vez y otra vez, quedo parado con la cabeza. Me doy vuelta otra vez y otra vez y quedo mirando para el lugar desde donde venía el sonido. Éste era una mera excusa para escribir algo impreciso como “darse vuelta”. Ésta es la última oración de un texto que no es más largo porque nadie lo leería

En la Prisión
Capítulo I

Me encuentro en la cárcel, y no porque me haya buscado allí, sino porque el juez me culpó del asesinato de un conocido; ‘conocidio’ era el cargo. Estoy en una celda hexagonal. “Para que no digas que estás entre cuatro paredes” —se reía el guardia. Yo siempre le respondía lo mismo: “si estoy entre seis paredes, estoy entre cuatro...”, y él nunca me entendía.

Me cuesta levantarme, el colchón está tan hundido en el medio que casi me da claustrofobia. Al menos no me tocó uno de los que te hacen añorar la confortable suavidad del suelo. Que en este caso es de piedra. Me cuesta mucho levantarme. Me saco el cinturón de plomo y lo pongo en la mesita de luz (o su análogo local). Por supuesto, se cae, es estúpido pensar que algo hecho de luz puede sostenerlo.

Finalmente, me levanto, camino hacia las rejas y, agarrado a ellas, me asomo, intentando ver los extremos del pasillo. Como siempre, no lo logro. Parece que el día de hoy será otro palote tachado en la pared. Más tarde me daría cuenta de que no, hoy no. De repente me siento mareado, como si me hubiese levantado súbitamente, pero con un sentimiento de vértigo mucho más intenso, como si me hubiese directamente eyectado del piso. Tengo la sensación de que me caigo hacia atrás, mi punto de visión se eleva, gira, y puedo verme a mí mismo desde arriba, como si fuese un viaje astral. Siempre creí que había que estar dormido para hacerlo, aunque no puedo afirmar que no lo estoy, ya que en este momento me resulta imposible pellizcarme.

Subo hasta quedar acurrucado contra el techo, no me siento cómodo con la equidistancia de las paredes y me pongo de espaldas contra una de ellas. Levanto la mirada y veo que no estoy solo, hay otros tres individuos, los tres me están mirando. Uno de ellos, extrañamente parecido al carnicero de mi barrio, se aproxima; la semi-transparencia de estas ¿personas? no me da miedo. Más aún, esa característica me provoca una pequeña y metafórica confusión, y siento que puedo confiar en ellos. Todavía no me planteé qué es lo que está ocurriendo, parece ser que estoy bien así.

Capítulo II

“No te voy a decir nada” —me dice el carnicero— “antes, quiero saber qué pensás vos acerca de lo que está pasando”. Pienso en qué voy a hacer: responderle en serio, en chiste o no responderle. “Respondeme en chiste, si querés” —se me anticipa. En efecto, le pregunto: “¿les falta uno para formar una banda Beatle?” La conjunta carcajada me hace dar cuenta de varias cosas: (1) las risas no sobran en un lugar como éste (se extrañaban...); (2) el eco parece haber dejado de funcionar; y (3) el tiempo se ha detenido, ya que mi alter-ego terrestre sigue allí abajo ininmutable, inmóvil. Me parece insensato hablar de unidades de tiempo para referirme a la duración de las expresiones de alegría de mis faltos-de-opacidad compañeros, así que no lo voy a hacer. Sepan que hubo incluso lágrimas y palmadas en espaldas.

“Al menos éste es gracioso” —dijo otro de ellos, pelado él, mientras se pasaba un pañuelo por un ojo. No sé si es que no me gustó que me traten de punto cardinal o el toque sarcástico que tuvo esa frase, pero algo me hizo dudar de lo bien que, hasta ese momento, creía estar. De repente, entra una piedrita por la minúscula ventana, cae en el piso y se escucha el eco: una, dos, ...,
n
veces. Cada una incrementando el volumen de la anterior, hasta que el ruido se torna ensordecedor. Si mis sentidos organizaran una protesta, estaría liderada por la audición. Antes de que pregunte algo al respecto, entra un colibrí, me mira y dice: “la tiré yo, para ver si el eco volvió a funcionar; me lo pidieron los murciélagos, dicen que no ven nada...”. Fue tal la cantidad de cosas que no entendí de ese episodio que no le di importancia; incluso, quise iniciar un diálogo: “¿cómo hacen para arreglar el eco?” —dije— y la falta de respuesta fue: “si supiera hablar, te lo respondería”. El pajarillo se va.

“Cerrá los ojos” —me ordena el alopécico personaje. Hay cierto nivel de autoridad en los tonos de voz que no puedo obviar, así que obedezco. “¿En qué posición estás en este momento?” —me pregunta; “¿financiera?, mala, muy mala” — le respondo. A veces siento que soy un barco en una partida de batalla naval entre mi sentido del humor y el de la supervivencia. En este caso, me creo ‘hundido’, ya me enteraré a cuál tablero pertenezco. Probablemente en el momento inoportuno. “Malo, muy malo, fue el chiste” —me dicen, ya no sé quién. Y tiene razón. El silencio me hace pasar a la respuesta número 2: “estoy en cuclillas, con la cabeza contra el techo”. Casi puedo escuchar los puntos suspensivos que estarían escritos en el globo de diálogo conjunto de ellos. Intento chequear que respondí acertadamente, abro los ojos, pero no veo el resto de mi cuerpo, me da cierto pánico. Nunca me tomé a mí mismo demasiado en serio. Como me es típico, lo que no entiendo, lo asumo, y asumo que, por el momento y en esta ‘dimensión’, soy sólo un punto de vista.

Toda esta introspección parece haberme tomado un largo rato, ya que la Terna se pone inquieta y el carnicero me pregunta: “¿no querés saber por qué estás en este estado, etéreo, ni quiénes somos nosotros?” “Después” —respondo— “tengo otra duda... ¿cómo pueden verme si no tengo un cuerpo?” “Porque somos muchas cosas, excepto insignificantes, a diferencia de tu pregunta” —me dice el tercero, el que había permanecido en silencio hasta ahora. Gracias a mi imprecisión mental me quedo con la duda y con la vergüenza de haber dicho una estupidez, aunque más importante es lo primero; a lo segundo estoy más que acostumbrado.

Capítulo III

“Si a una bicicleta le crecieran suficientes plumas en los rayos, ¿qué le impediría volar? Seguramente sólo tu convencimiento de la imposibilidad, una especie muy rara, exótica, de soberbia. La misma que te puso en esta penitencia, la misma que te encerró en tus propias convicciones... ¿por qué creés que te llaman ‘convicto’? Perdón, eso es por otra cosa. De vez en cuando, subimos a alguno de ustedes —así le llamamos, porque nos causan gracia esas falacias como la gravedad, la ética, el azul petróleo y la monogamia— para hacerles saber que, a veces, tienen que tomar esos caminos que ni siquiera están señalizados, caminos que conducen a... nada.”

El carnicero parecía tener ganas de hablar, y de hablar sinsentidos. De todas formas, no tenía ganas de que me cuestionen el porqué de mi obligada estadía. Y pasó lo que pasó. ¿Qué pasó?, un ruido. Bastante insoportable... hasta que se hizo realmente insoportable. Lo provocaban el techo y el piso, ambos se resquebrajaron como por obra de un terremoto, pero de un terremoto simétrico. Lo más extraño de todo es que el hecho de que el piso se abriera no me preocupó: soy sólo un ‘punto de vista’, y uno que flota, aunque, pensándolo bien, todos los puntos de vista flotan... es más, oscilan (incluso demasiado). Eso no importa. ¿Qué hacer con esa oportunidad de libertad?, ¿es parte del plan de estas tres personas que me acompañan?, ¿me estarán evaluando?, ¿me quiero sacar buena nota?, ¿mejor me voy...? Es sano hacerse todas esas preguntas, pero llegaron tan simultáneamente que se me entremezclaron en la cabeza. Todo eso me provocó inacción. Me quedé ahí. El pelado le murmuró algo al carnicero; el tercero es, definitivamente, el tercero.

“Podés moverte, si querés” —me dijo aquel cuyos cabellos brillaban por su ausencia (y lo hacían, literalmente). Esa sugerencia me hizo pensar que, efectivamente, me estaban evaluando, pero no fue eso lo que ocupó mis neuronas, sino lo siguiente: se dice que el espacio está conformado por tres dimensiones, pero que existe una cuarta: el tiempo. También se dice que nuestro mundo es tridimensional, pero esto no es del todo correcto. Todo el tiempo (justamente) estamos frente a cuatro dimensiones, de otra forma estaríamos ante escenas de un estatismo tal que sería insosteniblemente aburrido. Incluso más aún que este pequeño divague.

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