El día que Nietzsche lloró

 

La novela en sí se sitúa a finales de 1882, entre noviembre y diciembre, y está ambientada en Viena en una sociedad muy estructurada y alto nivel económico. Una joven, Lou Salomé lleva a cabo una cita con Josef Breuer, un célebre médico vienés, su objetivo es lograr que un tal Friedrich Nietzsche no se quite la vida, un atormentado filósofo alemán, por supuesto nada conocido para la época, con tendencias suicidas según Lou Andreas Salomé. Breuer, influido por la tenacidad de la joven e impactado por el ímpetu de su carácter acepta el desafío que la joven desconocida le propone, tratar de ayudar a este
don nadie
que supuestamente tiene mucha inteligencia, sin que él lo note. Igualmente, esta tarea no resulta muy fácil y a través de repetidos encuentros Breuer se da cuenta del verdadero genio que posee Nietzsche. Recibirá la colaboración de un joven amigo, con quien disfruta discutir sobre el estado de la medicina de la época; este joven es Sigmund Freud. Ambos van descubriendo los conceptos que luego servirían para fundar el Psicoanálisis. Es un libro para reflexionar sobre la vida, donde los dos protagonistas descubren al final que se ayudaron el uno al otro sin darse cuenta. Con respecto a Breuer, él consigue tener otro punto de vista en lo que engloba a su matrimonio y el amor por su mujer y sus hijos, y enfocándonos en Nietzsche, logra superar un amor del pasado y durante la relación que van forjando nace su inspiración para lo que luego será su próximo libro, quizás su obra capital, de seguro la más famosa,
Así habló Zaratustra
.

Irvin D. Yalom

El día que Nietzsche lloró

ePUB v1.1

Bercebus
29.08.12

Título original:
When Nietzsche wept

Irvin D. Yalom, 1992.

Traducción: Roland Costa Picazo

Editor original: Bercebus (v1.0 a v1.1)

ePub base v2.0

Comentarios

Diciembre de 1882. La joven y deslumbrante Lou Salomé concierta una misteriosa cita con Josef Breuer, célebre médico vienés, con el objeto de salvar la vida de un tal Friedrich Nietzsche, un atormentado filósofo alemán, casi desconocido pero de brillante porvenir, que manifiesta tendencias suicidas. Breuer, influido por las novedosas teorías de su joven protegido Sigmund Freud, acepta la peligrosa estrategia que Salomé le propone —psicoanalizar a Nietzsche sin que éste se dé cuenta—, sin saber que es victima de una intriga personal tramada por la mujer.

El día que Nietzsche lloró
es una irónica vuelta de tuerca en la historia de la filosofía y el psicoanálisis, y una divertida ocasión de repasar la biografía de figuras que, como Freud y Nietzsche, han configurado el rostro contemporáneo de la cultura occidental.

Irvin D. Yalom es psicólogo de profesión y tiene a su cargo una cátedra de psiquiatría en la Universidad de Stanford. Ha escrito varios libros de texto sobre psicoterapia, entre ellos
Teoría y práctica de la psicoterapia de grupo,
que tuvo un gran éxito de venta en su país. En el campo de la narrativa, se destaca
Love's Executioner
(Verdugo del amor) que mereció los elogios de la crítica literaria por su inteligente forma de conjugar psicoterapia y pensamiento con los mejores ingredientes de una novela de suspenso.

“Una fantasía sobre una relación entre Nietzsche y Breuer... novela inteligente, cuidadosamente documentada, de rica imaginación”

Boston Globe

“La mejor dramatización de las ideas de un gran pensador desde el Freud de Sartre”

Chicago Tribune

“Yalom cumple su promesa de enérgico narrador y brillante adivino de la psique humana”

Rolo May

“Fascinante por su amable retrato de la partida de ajedrez que es el psicoanálisis en acción... cosecha las ideas de Nietzsche sobre los cuatro grandes dilemas de la existencia: la muerte, la libertad, la soledad y el problema de darle sentido a la vida”

Los Ángeles Times

“Yalom, figura prominente dentro de la psicoterapia existencial, consigue recrear un carácter tan perfilado e inimitable como el de Nietzsche, logrando una novela imaginativa, pero creíble, intelectual y a la vez llena de suspenso... Este Nietzsche de ficción acaba siendo mucho más real que el de los biógrafos: más de carne y hueso, más vivo y, sobre todo más transparente. Hacia el final de la novela, Nietzsche le dice a Breuer que por fin alguien le ha comprendido. Algo parecido se podría decir de Yalom: ha sabido insuflar vida a ese enigma decimonónico cuya sombra aún nos acompaña”

La Vanguardia, Barcelona

Al círculo de amigos que me ha apoyado durante todos estos años:

Mort, Jay. Herb, David, Helen, John, Maxy, Saul, Cathy, Larry, Carol, Rollo, Harvey, Ruthellen, Stina, Herant, Bea, Maxianne, Bob, Pat.

A mi hermana Jean y a Maxilyn, mi mejor amiga.

Frases introductorias

Hay quienes no pueden aflojar sus propias cadenas

y sin embargo pueden liberar a sus amigos.

Debes estar preparado para arder en tu propio fuego:

¿Cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?

A

H
ABLÓ
Z
ARATUSTRA

Uno

Las campanas de San Salvatore interrumpieron el ensimismamiento de Josef Breuer. Sacó el macizo reloj de oro del bolsillo del chaleco. Las nueve. Volvió a leer la pequeña tarjeta de borde plateado que había recibido el día anterior.

21 de octubre de 1882

Doctor Breuer:

Quisiera verle por un asunto muy urgente. El futuro de la filosofía alemana depende de ello. Le espero mañana a las nueve de la mañana en el café Sorrento.

Lou Salomé

¡Nota impertinente! Hacía años que nadie se dirigía a él de forma tan atrevida. No conocía a ninguna Lou Salomé. El sobre no llevaba dirección. No había manera de decirle a aquella persona que las nueve de la mañana era una hora improcedente, que a Frau Breuer no le gustaría desayunar sola, que el doctor Breuer estaba de vacaciones y que los "asuntos muy urgentes" no le interesaban. Que, en realidad, el doctor Breuer estaba en Venecia para huir de los asuntos urgentes.

A las nueve en punto, sin embargo, estaba ya en el café Sorrento, escrutando los rostros que había a su alrededor, preguntándose cuál sería el de la impertinente Lou Salomé.

—¿Más café, señor?

Breuer asintió con la cabeza al Camarero, un muchacho de unos catorce años, con el cabello negro y húmedo peinado hacia atrás. ¿Durante cuánto tiempo habría fantaseado? Volvió a consultar el reloj. Otros diez minutos de vida desperdiciados. Y desperdiciados ¿en qué? Como de costumbre, había estado fantaseando con Bertha, la hermosa Bertha, paciente suya desde hacía dos años. Recordaba su voz provocativa: "Doctor Breuer, ¿por qué me tiene miedo?" Recordaba la respuesta de la mujer cuando le había dicho que ya no era su médico: "Esperaré. Usted siempre será el único hombre de mi vida".

Se reprendió a sí mismo: “¡Por el amor de Dios, basta! ¡Deja de pensar! ¡Abre los ojos! ¡Mira a tu alrededor' ¡Deja entrar al mundo!”

Breuer levantó la taza e inhaló el aroma del rico café junto con el frío aire veneciano de octubre. Volvió la cabeza y miró a su alrededor. Las otras mesas del café Sorrento estaban ocupadas por hombres y mujeres que desayunaban, la mayoría turistas de cierta edad. Algunos tenían la taza de café en una mano y el periódico en la otra. Más allá de las mesas, las palomas revoloteaban y se posaban. Sólo la ondulante estela de una góndola que bordeaba la orilla alteraba las tranquilas aguas del Gran Canal, en las que se reflejaban los grandes palacios que se alzaban en sus márgenes. Las otras góndolas aún dormían en el canal, amarradas a los postes que sobresalían en oblicuo de las aguas, semejantes a lanzas arrojadas al azar por la mano de un gigante.

"¡Sí, eso es, mira a tu alrededor, imbécil! —se dijo Breuer—. La gente viene a Venecia de todos los rincones del mundo; gente que se resiste a morir sin conocer toda esta belleza. ¿Cuánto me habré perdido en la vida sólo por dejar de mirar? ¿O por mirar sin ver?" El día anterior había dado un paseo solitario por la isla de Murano y al cabo de una hora no había visto ni memorizado nada. Ninguna imagen se había filtrado por su retina hasta la corteza cerebral. Pensar en Bertha le ocupaba todo el tiempo: evocaba su seductora sonrisa, sus ojos adorables, el tacto de su cuerpo cálido y dócil, y su respiración acelerada cuando la examinaba o le daba un masaje. Escenas así tenían poder, vida propia; y cada vez que bajaba la guardia, le invadían la mente y se apoderaban de su imaginación. "¿Será ésta mi suerte para siempre? —se preguntó—, ¿estoy destinado a ser sólo un escenario donde los recuerdos de Bertha representan continuamente su drama?"

Alguien se puso en píe en una mesa contigua. El chirrido de la silla metálica sobre el ladrillo sobresaltó a Breuer, que de nuevo volvió a buscar a Lou Salomé.

¡Allí estaba! Tenía que ser la mujer que avanzaba por la Riva del Carbón y se disponía a entrar en el café. Sólo aquella mujer interesante, alta, delgada, envuelta en pieles, que avanzaba con paso majestuoso entre el laberinto de las atestadas mesas podría haber escrito aquella nota. Y a medida que se acercaba, Breuer vio que era joven, quizá más joven aún que Bertha, posiblemente una colegiala. ¡Pero aquella presencia imponente..., extraordinaria! ¡Llegaría lejos!

Lou Salomé siguió avanzando hacia él sin la menor vacilación. ¿Cómo podía estar tan segura de que era él? Con un rápido ademán, Breuer se pasó la mano izquierda por la rojiza barba para comprobar que no le hubieran quedado restos del desayuno. Con la derecha se estiró la negra levita para eliminar cualquier arruga del cuello. Cuando la mujer se encontraba a pocos pasos de él, se detuvo un instante y lo miró a los ojos con osadía.

El cerebro de Breuer dejó de parlotear. Mirar no requería concentración. La retina y la corteza cooperaban a la perfección, permitiendo que la imagen de Lou Salomé entrara con toda libertad en su mente. Era una mujer de belleza poco común: frente poderosa, barbilla fuerte, ojos azules brillantes, labios carnosos y sensuales, pelo rubio ceniza cepillado de forma descuidada y recogido en lo alto en un lánguido moño que dejaba al descubierto las orejas y el cuello, largo y elegante. Notó con especial placer los mechones de pelo que se escapaban del moño y se esparcían, temerariamente, en todas direcciones.

Otros tres pasos y ya estaba junto a él.

—Doctor Breuer, soy Lou Salomé. ¿Puedo sentarme?

—Hizo un ademán para señalar la silla. Se sentó con tal rapidez que Breuer no tuvo tiempo de saludarla, esto es, ponerse en pie, hacer una reverencia, besarle la mano, apartarle la silla de la mesa.

—¡Camarero! ¡Camarero! —Breuer chascó los dedos—. Café para la señora. Caffè e latte? —Miró a Fräulein Salomé. Ésta asintió y, a pesar del frío de la mañana, se quitó la capa de pieles.

—Sí, caffè e latte.

Breuer y su invitada permanecieron en silencio un momento. Lou Salomé lo miró a los ojos y empezó a hablar.

—Tengo un amigo que está desesperado. Temo que se mate en un futuro muy cercano. Para mí significaría una gran pérdida y una tragedia personal porque tendría cierta responsabilidad. Aunque podría soportarlo y sobreponerme. Pero —se inclinó hacia él, bajando la voz— dicha pérdida se extendería más allá de mí: la muerte de este hombre tendría consecuencias trascendentales para usted, para la cultura europea, para todos. Créame.

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