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Authors: Chris Kuzneski

Tags: #Intriga, #Policíaco

La señal de la cruz

 

Tres crucifixiones en tres continentes…

El descubrimiento de una antigua conspiración…

Un secreto que podría destruir la fe de millones de personas…

En la costa danesa, encuentran crucificado a un sacerdote del Vaticano. Días después, el mismo tipo de crimen se repite; esta vez en Asia y África.

Mientras tanto, en lo profundo de las legendarias Catatumbas de Orvieto, Italia, un arqueólogo descubre un pergamino que tiene dos mil años de antigüedad y revela secretos que podrían sacudir los cimientos de la cristiandad. Este descubrimiento lo convertirá en el criminal más buscado de toda Europa, aunque sus más peligrosos enemigos operan fuera de la ley humana.

Chris Kuzneski

La señal de la cruz

ePUB v1.0

NitoStrad
08.06.13

Título original:
Sign of the Cross

Autor:Chris Kuzneski

Fecha de publicación del original: septiembre 2006

Traducción: Gonzalo Torné

Diseño/retoque portada: Laura Cornelias

Editor original: NitoStrad (v1.0)

ePub base v2.0

E
STE libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y hechos son producto de la imaginación del autor o son usados ficticiamente. Cualquier parecido con hechos, lugares o personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.

El conocimiento es el enemigo de la fe
.

Inscripción traducida de una piedra miliaria

descubierta en Orvieto, Italia (circa 37 d. C.)

1
Lunes, 10 de julio
Helsingar, Dinamarca
(
cincuenta kilómetros al norte de Copenhague
)

E
rik Jansen estaba a punto de morir. Sólo que no sabía cómo, ni por qué.

Pronunció una breve plegaria, alzó la cabeza e intentó recobrar la postura, pero no podía ver nada. El agua salada le quemaba los ojos y le enturbiaba la vista. Trató de secarse la cara, pero tenía las manos atadas por detrás con varias vueltas de cuerda y sujetas al casco del barco. Sus piernas también estaban inmovilizadas, atadas todavía con más fuerza que sus brazos, lo que significaba que no había esperanza de escapar. Estaba a su merced, quienesquiera que fueran ellos.

Lo habían cogido cuando salía de su piso y lo habían metido a la fuerza en la parte trasera de una furgoneta. Todo muy silencioso, muy profesional, sin darle tiempo a que armase ningún escándalo. En unos segundos lo habían dejado inconsciente con algún tipo de narcótico. Se despertó horas después: ya no estaba en la bulliciosa ciudad, sino en medio del mar, y era de noche. Su libertad se había esfumado. Su vida estaba a punto de terminar.

Jansen estuvo tentado de gritar, pero sabía que eso sólo empeoraría las cosas. No eran de la clase de hombres que cometen errores. Si hubiera alguna posibilidad de ayuda cerca de donde estaban, lo habrían amordazado, o le habrían cortado la lengua, o ambas cosas. Pero de ningún modo se habrían arriesgado a que los cogieran. Los conocía desde hacía menos de un día pero eso lo sabía. Eran profesionales, contratados para matarlo por alguna razón que no era religiosa. Y ahora sólo era cuestión de tiempo.

Cuando la embarcación alcanzó la orilla, Jansen oyó como las rocas rascaban el fondo del casco. El sonido llenó el aire como un lamento primitivo, pero a ninguno de los hombres pareció importarle. Era plena noche y la costa estaba desierta. Nadie acudiría corriendo a salvarlo. Ahora todo estaba en manos de Dios, como siempre.

De pronto, uno de los hombres saltó por la borda y caminó por el agua helada, salpicando. Cogió la barca con ambas manos y la condujo hacía la estrecha playa, justo frente a un sendero. Los otros tres lo siguieron, y pronto la embarcación quedó oculta entre los árboles que rodeaban ese sector de la isla.

Habían viajado más de mil seiscientos kilómetros, pero acababan de empezar.

Sin decir una palabra, aflojaron las cuerdas y levantaron a Jansen del bote, cargándolo sobre sus anchos hombros para llevarlo tierra adentro, Jansen intuyó que ésa podría ser su última oportunidad de escapar, así que se removió hacia atrás y hacia adelante como un pez furioso intentando liberarse de sus captores, pero lo único que consiguió fue disgustarlos. Como respuesta, lo lanzaron contra las rocas, le rompieron la nariz y los dientes y lo dejaron inconsciente. Luego lo levantaron y lo condujeron hasta el sitio donde iba a morir.

Uno de los hombres le rasgó la ropa mientras el otro construía la cruz, que medía algo más de dos metros de ancho por tres de alto y que estaba hecha de roble africano. La madera ya estaba cortada, así que las tablas encajaron en su sitio con poco esfuerzo. Cuando estuvo acabada, parecía una T gigante extendida a lo largo de un césped recién cortado. Sabían que la forma de la cruz confundiría a la mayoría de la gente, pero no a los expertos, que la reconocerían como la auténtica. Exactamente como debía ser, como había sido.

En silencio, arrastraron a Jansen hasta la cruz, colocaron sus brazos en el
patibulum
[1]
—la viga horizontal— y le pusieron las piernas en el
stipes
[2]
. Una vez que estuvieron satisfechos, el más grande de los hombres cogió un mazo y clavó un largo clavo de hierro forjado en la muñeca derecha de Jansen, atravesándosela. La sangre brotó como un géiser de color cereza, y salpicó la cara del trabajador, pero éste no se detuvo hasta que el clavo tocó el suelo. Repitió el proceso en la muñeca izquierda de Jansen y luego pasó a sus piernas.

Como estaba inconsciente, pudieron colocarle los pies en la posición adecuada: pie izquierdo por encima del derecho y los dedos apuntando hacia abajo. Sus jefes iban a estar muy contentos. Finalmente, traspasaron el empeine de ambos pies con un clavo que atravesaba los metatarsos.

Perfecto. Sencillamente perfecto. Justo como tenía que ser.

Una vez que Jansen estuvo bien colocado, trajeron la lanza. Una larga lanza de madera, rematada por una punta de acero que había sido forjada siguiendo instrucciones precisas. El hombre más alto la cogió con firmeza y, sin pestañear, arremetió contra el costado de Jansen, sin compasión ninguna ni remordimiento. De hecho, mientras le rompía las costillas y le perforaba el pulmón, se reía. Los demás hombres lo imitaron, y se rieron del hombre agonizante mientras la sangre chorreaba desde su costado. Se rieron como habían hecho los romanos tantos años atrás.

El líder miró su reloj y sonrió. Estaban dentro del horario fijado. En algunos minutos estarían de vuelta en el bote y en pocas horas habrían llegado a otro país.

Lo único que faltaba era el letrero, un cartel pintado a mano. Iban a clavarlo en la punta de la cruz, por encima de la cabeza de la víctima. Era su manera de asumir la responsabilidad, su modo de anunciar el atentado. Sólo decía una cosa, una simple frase. Cinco palabras conocidas en todo el mundo. Cinco palabras que condenarían a la cristiandad y reescribirían la palabra de Dios:

EN EL NOMBRE DEL PADRE.

2
El presidio de Pamplona
Pamplona, España

U
n chorro de agua helada lanzó al prisionero contra el muro de piedra y lo mantuvo pegado a él como si fuera velero. El guardia cerró la manguera de incendios y lo observó caer al suelo.

—¡Hola, señor Payne! ¡Buenos días!

—Buenos días un carajo. —Llevaba desde el viernes encerrado en una celda, y era la tercera mañana seguida que lo despertaban con la manguera.

—¿Qué pasa? —preguntó el guardia con un acento muy marcado—. No pareces contento de verme.

Jonathan Payne se incorporó y estiró su esqueleto de metro ochenta. Estaba en buena forma para sus treinta y tantos, pero ni todo el entrenamiento del mundo podía evitar que los años se fueran acumulando. Lo que menos le gustaba del día era levantarse de la cama y tener que encajar en su sitio algunas viejas heridas de bala y unas pocas lesiones que se había hecho jugando a fútbol americano.

—No es por ti. Me encanta ver tus dos dientes cada mañana, pero podría prescindir de tu toque de diana. Me acuesto en España y me despierto en las cataratas del Niágara.

El guardia meneó la cabeza. Era de complexión menuda y Payne le sacaba una cabeza, pero los barrotes de hierro que lo separaban del preso lo volvían jactancioso.

—Eres un americano malcriado. Encima que me tomo la molestia de darte una ducha sin que te levantes de la cama, no haces más que quejarte. Quizá mañana deje la manguera y te despierte con mi fusta.

—Joder, Ricardo. Eres un policía retorcido.

—¿Qué quieres decir con retorcido?

Payne no hizo caso de la pregunta y se acercó.

—Siento desilusionarte, pero tu jefe me prometió que hoy podría llamar por teléfono. Eso significa que la embajada estará aquí mucho antes de que puedas enseñarme tu fusta y tu zurriaga a juego.

—Sí, seguro que lo dejarán todo por venir a salvarte a ti y a tu amigo. —El guardia se rió y se alejó por el pasillo. Señalando a otro preso—. ¡Eh, tú! Eres americano, ¿no?

—¿Yo? —preguntó el preso con voz nasal—. Sí, señor. Soy de Bullcock, Texas.

—¿Y por qué estás en la cárcel?

El hombre se sonrojó ligeramente.

—Me pillaron meando en una de tus calles.

—¡Es cierto! ¡El Meador de Pamplona! ¿Cómo he podido olvidarme de ti? —El guardia se rió con más fuerza y señaló la entrepierna del hombre—. ¿Y cuánto tiempo hace que tú y tu pequeño
señor
estáis aquí?

—Unas dos semanas.

—¿Por mear en público? —gruñó Payne—. ¿Y la embajada aún no te ha ayudado?

—Todavía estoy esperando a que aparezcan. Están en Madrid, y nosotros mucho más arriba, aquí, en Pamplona. Supongo que no vienen por aquí muy a menudo.

—Hijos de puta —murmuró Payne.

Había supuesto que los soltarían, a él y a su mejor amigo, David Jones, en cuanto pasase el fin de semana. O, como mínimo, que alguien iba a explicarles por qué los habían arrestado. Pero su confianza estaba menguando poco a poco. Si el texano estaba en lo cierto, Payne se daba cuenta de que iba a tener que hacer algo drástico para salir, porque no pensaba pudrirse en una celda por mucho más tiempo. Sobre todo cuando no había hecho nada malo.

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