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Authors: Doris Lessing

Relatos africanos

Doris Lessing

Relatos africanos

ePUB v1.3

MayenCM
21.12.11

 

Los
“Relatos africanos”
, publicados en 1964, recogen una serie de historias escritas por Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura en 2007, en las que evoca los años vividos en Rodhesia del Sur, experiencia que marcó profundamente su personalidad y su obra, y que la familiarizó con el continente africano y con su gente.

Los relatos, que corresponden a distintos momentos de su vida y revelan la amplia variedad de registros de su temperamento y sensibilidad, reflejan una moderna visión crítica sobre ese continente desdichado, en la cual juega un papel importante la propia visión de los colonizados.

En ciertos relatos es particularmente notable el rol sinfónico coral que juegan los campesinos nativos, impotentes en la mayoría de los casos para impedir el continuo y creciente expolio, pero subrayando con sus actitudes hoscas, su amarga rebeldía oculta.

Relatos incluidos
:

El pequeño Tembi
(Little Tembi)

El viejo jefe Mshlanga
(The Old Chief Mshlanga)

La brujería no se vende
(No Witchcraft for Sale)

Sale el sol en la llanura
(A Sunrise on the Veld)

El sol entre los pies
(The Sun Between Their Feet)

Historia de dos perros
(The Story of Two Dogs)

Carta de casa
(A Letter from Home)

Hambre
(Hunger)

Vuelo
(Flight)

La Madonna negra
(The Black Madonna)

Traidoras
(Traitors)

Espías a los que he conocido
(Spies I have Known)

Historia del hombre que nunca se casaba
(The Story of a Non-Marrying Man)

Relatos africanos

1964©Doris Lessing

Título Original:
African Stories

Traducción: Enrique de Hériz

El pequeño Tembi

(Little Tembi)

Jane McCluster, que había sido enfermera antes de casarse, montó una clínica en la granja un mes después de llegar. Aunque había nacido en la ciudad y se había criado en ella, tenía amplia experiencia en el trato con nativos, pues por su propia elección había ejercido esa profesión durante varios años en las alas del hospital dedicadas a ellos. Le gustaba cuidarlos y para explicar aquella sensación usaba las siguientes palabras: «Son como niños y aprecian lo que se hace por ellos». Por eso, tras hacerse con una visión completa de la situación de los nativos de la granja y establecer un diagnóstico, dijo: «¡Pobrecitos!» y emprendió la labor de convertir una vieja granja lechera en dispensario. Su marido estaba encantado; a largo plazo, el control de la enfermedad en el complejo implicaría una reducción de gastos.

Willie McCluster también había nacido en Sudáfrica y se había criado en el país, pero era infalible y decididamente escocés. Tal vez la lealtad matizara en parte su acento, pero conservaba todas las buenas cualidades de su gente y el clima de lentitud y relajación no las había deteriorado. Era astuto, vigoroso, terrenal, pragmático y amable. En cuanto al aspecto físico, tenía buena estatura, un rostro cuadrado y huesudo, la boca prieta y unos ojos cuya mirada azul y temperamental quedaba atemperada por las arrugas que los rodeaban. Se había hecho granjero de joven, pero llevaba ya años planificando la decisión: no era de los que llegaban a la tierra por que les desagradaba trabajar en una oficina, o porque los llevara allí el fracaso o vagos anhelos de «libertad». Jane, una muchacha alegre y competente que sabía lo que quería, coqueteaba con sus numerosos pretendientes sin perder de vista a Willie, que le escribía cartas cada semana desde la granja escuela de Transvaal. En cuanto terminó sus cuatro años de formación se casaron.

Entonces tenían 27 años y se sentían bien preparados para una vida útil y gozosa. Su casa estaba lista para albergar a una familia. Les hubiera encantado que naciera una criatura a los nueve meses de la boda, como estaba de moda en los viejos tiempos. Sin embargo, la criatura no llegó; cuando pasaron dos años, Jane viajó a la ciudad para ir al médico. Al saber que necesitaba una operación para poder tener hijos se sintió más indignada que desgraciada. No asociaba la enfermedad con su propia personalidad y la mera idea le parecía impropia para su personaje. Sin embargo, gracias a su habitual sentido del pragmatismo, se sometió a la operación y aceptó esperar otros dos años antes de formar una familia. Un poco sí que se desanimó. Muy a su pesar, sucumbió a la inseguridad; y fue precisamente su estado de ánimo melancólico y decepcionado lo que hizo que su trabajo en la clínica se volviera tan importante para ella. Así como al principio había dispensado los medicamentos y sus buenos consejos de modo rutinario, un par de horas cada mañana después del desayuno, ahora se entregó a ello, trabajó duramente, se exigió el máximo rendimiento y se empeñó en corregir las causas, y no sólo los síntomas.

El complejo, como es usual en esa clase de granjas, estaba formado por una mezcla de fango poco higiénico y cabañas de paja; la pobreza y la mala alimentación eran las causas de las enfermedades a que se enfrentaba.

Como había pasado toda su vida en el campo, no cometió el error de esperar demasiado; tenía esa clase de paciencia astuta e irónica que obtiene mejores resultados de los reticentes que cualquier cantidad de entusiasmo feroz.

Primero escogió unas cuatro hectáreas de buen suelo para los vegetales y supervisó personalmente el sembrado y el cultivo. Como no se pueden abandonar en una estación las costumbres que han durado siglos enteros, tuvo paciencia con los nativos que, al principio, se negaban a tocar alimentos a los que no estaban acostumbrados. Los persuadía y aleccionaba. Daba lecciones de higiene y de cuidado de los hijos a las mujeres de los barracones. Redactaba listas con la dieta y encargaba sacos de cítricos a los grandes terratenientes; de hecho, no pasó demasiado tiempo antes de que la propia Jane se encargara de la alimentación de los doscientos trabajadores de Willie, y a él le encantaba contar con su ayuda. Los vecinos se reían de ellos, pues incluso hoy en día se acostumbra alimentar a los nativos sólo con maíz, más algún buey sacrificado muy de vez en cuando por alguna celebración; en cualquier caso, no cabía duda de que los nativos de Willie eran más sanos que la mayoría y trabajaban bastante más. En las frías mañanas de invierno, Jane se dedicaba a servir tazas de cacao que calentaba en un barril de petróleo colocado sobre un pequeño fuego para repartirlas entre los nativos antes de que salieran al campo; si pasaba un vecino y se reía de ella, Jane sonreía y explicaba: «Es puro sentido común, eso es lo que es. Además, pobrecitos, pobrecitos». Como los McCluster eran respetados en el distrito, se les perdonaba con humor algo que no parecía sino una ridícula excentricidad.

Pero no fue fácil, no fue nada fácil. De nada servía curar pies infectados por el anquilosoma si volvían a estarlo al cabo de una semana porque aquellos hombres nunca llevaban zapatos; nada podía hacerse contra la bilarciasis mientras infestara todos los ríos; además, los nativos seguían viviendo en aquellas chabolas oscuras y humeantes.

Con los niños sí servía; a Jane le gustaban muy especialmente los negritos. Sabía que en su granja morían menos niños que en cualquier otra muchos kilómetros a la redonda, y estaba orgullosa de ello. Pasaba mañanas enteras hablando con las mujeres sobre la suciedad y las virtudes de una alimentación adecuada; si un niño enfermaba, pasaba toda la noche sentada a su lado; y si morían lloraba amargamente. Entre los nativos la llamaban La Mujer de Buen Corazón. Se fiaban de ella. Aunque más bien temían y odiaban los medicamentos de los blancos, dejaban que Jane se saliera con la suya porque sentían que la impulsaba la bondad; día tras día, la muchedumbre de nativos que esperaban su atención médica iba creciendo. Eso enorgullecía a Jane, quien cada mañana se encaminaba al gran edificio de suelo de piedra y techo de paja, detrás de la casa, aquél que olía siempre a desinfectantes y a jabón, acompañada por el muchacho que la ayudaba, y pasaba allí muchas horas para ayudar a las madres, a los hijos y a los trabajadores que hubieran sufrido lesiones en el desempeño de sus tareas.

Le llevaron al pequeño Tembi en busca de ayuda en la época en que no podía alimentar la esperanza de tener sus propios hijos durante, al menos, dos años. El niño tenía lo que los nativos llamaban «la enfermedad del calor». Su madre había tardado demasiado en llevarlo y cuando Jane lo tomó en brazos era un esqueleto minúsculo y marchito, cubierto por un holgado pellejo grisáceo y con la tripa dolorosamente hinchada.

–Se va a morir –gimió la madre desde el umbral de la puerta de la clínica, en aquel tono fatalista que tanto molestaba a Jane.

–¡Tonterías! –contestó con brío.

El hecho de que ella también lo creyera aumentó precisamente su energía.

Dejó al niño bien arropado en una cesta y ella y su ayudante se miraron con tristeza. Jane se dirigió a la madre, que se había dejado caer al suelo y lloriqueaba desesperada, tapándose la cara con las manos:

–Deja de llorar. No sirve de nada. ¿Acaso no curé a tu primer hijo cuando tuvo el mismo problema?

Sin embargo, a aquel otro niño no lo había afectado tanto la enfermedad.

Cuando Jane llevó la cesta a la cocina y la dejó cerca del fuego para que estuviera caliente, vio en la cara del niño que trabajaba en la cocina la misma mirada triste que le había dirigido poco antes su ayudante; también era consciente de su propia mirada. «Este niño no va a morir –se dijo–. ¡No lo permitiré!¡No lo permitiré!» Le parecía que, si era capaz de salvar al pequeño Tembi, se le garantizaría la vida del hijo propio que tanto deseaba.

Pasó el día sentada junto a la cesta, concentrada en su deseo de que el niño sobreviviera, con los medicamentos listos a su lado en una mesa; el cocinero y su ayudante colaboraron en todo lo que pudieron. Por la noche, la madre fue desde los barracones con su manta; las dos mujeres mantuvieron la vigilia juntas. La mirada fija e implorante de aquella mujer negra redobló el afán de vencer de Jane. Al día siguiente, y al otro, y al otro, así como durante todas sus largas noches, luchó por la vida de Tembi incluso cuando percibió en los rostros de los nativos de la casa que la daban por derrotada. Una vez, hacia el amanecer de una noche de aire frío y silencioso, el niño se quedó congelado al tacto y parecía que no respirase; Jane lo sostuvo junto al calor de su pecho y murmuró una y otra vez: «Vas a vivir, vas a vivir...». Cuando salió el sol, la criatura respiraba profundamente y agitaba los pies entre las manos de Jane.

Cuando quedó claro que no iba a morir, la sensación de felicidad y de triunfo invadió toda la casa. Willie fue a ver al niño y dijo a Jane con afecto: «Buen trabajo, muchacha. Creía que no lo conseguirías». El cocinero y el ayudante estuvieron cariñosos y amables con Jane y le regalaron huevos y bollos en prueba de agradecimiento. En cuanto a la madre, tomó en brazos a su hijo, presa de una alegría temblorosa, y lloró mientras daba las gracias a Jane.

Ella misma, aunque exhausta y débil, se sentía tan feliz que no podía descansar, ni dormir: no hacía más que pensar en el hijo que iba a tener. No era supersticiosa y no se puede describir el asunto en esos términos: sentía que le había plantado cara a la muerte, que la había obligado a recular, derrotada, más allá de su puerta, y ahora disponía de la fuerza para invocar la vida en forma de hijos fuertes y sanos; los imaginaba creciendo a su lado, niños adorables concebidos por sus propias fuerzas, por su poder contra la muerte tramposa.

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