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Authors: Douglas Preston & Lincoln Child

Tags: #Intriga (Trilogía Diógenes 3)

El libro de los muertos

 

Continuación de "La mano del diablo" y "La danza de la muerte".

Un brillante agente del FBI cumple sentencia en una prisión de alta segurida, por un asesinato que no cometió... Su hermano, psicótico y superdotado, está a punto de llevar a cabo uno de los crímenes más terroríficos jamás imaginados... Una joven inteligente, pero muy inocente, con un pasado extraordinario, está al borde de perder el juicio...

Y pocos días más tarde se inaugurará una fabulosa exposición en un museo de Nueva York. Su pieza estrella es una tumba egipcia, maldita desde hace siglos. Un evento que va a convocar a la flor y nata de la sociedad estadounidense...

Douglas Preston y Lincoln Child

El libro de los muertos

Trilogía Diógenes 3

ePUB v1.5

Mónica
24.11.11

Linconl Child dedica este libro

a su madre, Nancy Child

Douglas Presión dedica este libro

a Anna Marguerite McCann Taggart

EL LIBRO DE LOS MUERTOS

Uno

El primer sol de la mañana doraba los adoquines de la entrada para el personal del Museo de Historia Natural de Nueva York, iluminando una garita acristalada justo al lado del arco de granito por donde se accedía al edificio. Dentro de la garita había alguien encorvado en una silla, un hombre mayor, conocido por todo el personal del museo, que fumaba con placer una pipa de calabaza; disfrutaba de uno de esos días de falsa primavera que tiene febrero en Nueva York, de esos que incitan a los narcisos y a las amapolas a florecer antes de tiempo solo para matarlos de frío cuando avanza el mes.

—Buenos días, doctor —repetía Curly a todos los que pasaban, ya fueran simples repartidores de correo o decanos de ciencias.

Los conservadores duraban lo que duraban. Tras continuados ascensos, y un glorioso reinado, los propios directores podían caer en la desgracia y la ignominia. Podrá el hombre cultivar la tierra y reposar después bajo ella, pero de Curly se habría dicho que nadie jamás podría relevarlo de su puesto en la garita. Era tan representativo del museo como el ultrasaurio que recibía a los visitantes en la Gran Rotonda.

—¡Toma, tío!

Curly se giró, ceñudo por la familiaridad del tono, y tuvo tiempo de ver que un mensajero introducía un paquete por la ventanilla con el impulso necesario para que aterrizara en la repisa donde dejaba el tabaco y los guantes.

—¡Perdone! —dijo, levantándose y gesticulando por la ventanilla—. ¡Oiga!

Pero el mensajero, su mountain bike de gruesas ruedas y su mochila negra llena de paquetes ya estaban lejos.

—¡Habrase visto! —murmuró Curly contemplando el paquete.

Era un bulto de unos treinta centímetros por veinte, envuelto en un papel marrón y sucio, con demasiadas vueltas de cordel trasnochado. Viendo el lamentable estado en que estaba, Curly se preguntó si al mensajero acababa de atropellado un camión. La dirección parecía escrita por un niño: «Para el conservador de rocas y minerales del Museo de Historia Natural».

Miró el paquete, pensativo, a la vez que deshacía el tabaco incrustado en el fondo de la cazoleta. El museo recibía cientos de envíos semanales con «donativos» infantiles para la colección: desde bichos aplastados y piedras sin valor hasta puntas de flecha y momias de animales atropellados en la carretera. Suspiró mientras abandonaba a disgusto la comodidad de su garita y se colocó el paquete bajo el brazo. Dejó la pipa, abrió su pastillero y parpadeó dos veces al salir al sol. Luego se encaminó a la sala de mensajería, que quedaba a escasos doscientos metros de la entrada.

—¿Qué lleva, señor Tuttle? —preguntó alguien.

Curly se giró hacia la voz. Era Digby Greenlaw, el nuevo subdirector administrativo, que salía del túnel del aparcamiento de empleados.

Esperó un poco antes de contestar. Greenlaw no le gustaba, y tampoco la condescendencia con la que decía «señor Tuttle». Hacía pocas semanas, el subdirector había criticado la manera que tenía Curly de comprobar las identificaciones; se quejaba de que «ni siquiera se fija». ¡Como si hubiera que fijarse mucho! ¡Si se sabía de memoria las caras de toda la plantilla!

—Un paquete —gruñó a guisa de respuesta.

El tono de Greenlaw se tiñó de impertinencia.

—Los paquetes tienen que entregarse directamente en la sala de mensajería. Usted no tiene permiso para salir de la garita.

Curly siguió caminando. A su edad había descubierto que la mejor manera de reaccionar a las ofensas era hacerse el sordo.

Oyó caminar más deprisa al administrador, que —suponiéndolo duro de oído— habló más alto.

—¡Señor Tuttle! Le he dicho que no puede abandonar su puesto.

Curly se paró y se giró.

—Gracias por ofrecerse, doctor.

Tendió el paquete a Greenlaw, que pareció sorprendido.

—Yo no he dicho que vaya a llevarlo.

Curly permanecía inmóvil, levantando el paquete.

—¡Será posible! —Greenlaw se dispuso a cogerlo con cara de enfado, pero su mano se quedó suspendida en el aire—. Tiene un aspecto un poco raro. ¿Qué es?

—Ni idea, doctor. Lo ha traído un mensajero.

—Parece que lo hayan tratado de cualquier manera.

Curly se encogió de hombros. Greenlaw seguía sin coger el paquete. Se acercó un poco y lo miró con atención.

—Está roto. Tiene un agujero. Mire, sale algo...

Curly miró hacia abajo. El paquete tenía una esquina rota, en efecto, con un agujero del que salía un hilo de polvo marrón.

—Pero ¿qué es esto? —dijo Curly.

Greenlaw dio un paso hacia atrás.

—Sale una especie de polvo. —Su voz se volvió más aguda—. ¡Madre mía! ¿Qué es esto?

Curly se quedó de piedra.

—¡Suéltelo, Curly, por el amor de Dios, es ántrax!

Greenlaw retrocedió con una mueca de pánico.

—¡Un ataque terrorista! ¡Que llamen a la policía! ¡Estoy contaminado! ¡Dios mío, estoy contaminado!

El administrador tropezó y cayó de espaldas sobre los adoquines, pero se levantó enseguida y salió corriendo. Inmediatamente llegaron dos guardias del puesto de vigilancia de delante; mientras uno cerraba el paso a Greenlaw el otro corrió hacia Curly.

—¿Qué hacen? —gritó Greenlaw—. ¡No se acerquen! ¡Llamen al 911!

Curly no se movió ni soltó el paquete. La situación estaba tan fuera de la normalidad, de su normalidad, que era como si se le hubiera parado el cerebro.

Los guardias se apartaron, seguidos de cerca por Greenlaw. Tras un momento de silencio tenso, se disparó una alarma que reverberó estridentemente, y en menos de cinco minutos se aproximó un coro de sirenas, preludio de una explosión de actividad: coches de la policía, luces, ruido de radios e ir y venir de hombres uniformados que lo acordonaron todo con cinta amarilla que indicaba peligro biológico, mientras los gritos por megáfono de que nadie se acercara —cada vez había más gente— alternaban con órdenes a Curly: «¡Tire el paquete y apártese! ¡Tire el paquete y apártese!».

Lejos de hacer lo uno o lo otro, Curly siguió paralizado por la confusión, mirando fijamente el hilo marrón que seguía saliendo por el agujero y que había empezado a formar un montoncito a sus pies.

Los siguientes en aparecer fueron dos extraños personajes con unos trajes blancos muy aparatosos y unos cascos con visera de plástico. Caminaban despacio con los brazos extendidos, como en una antigua película de ciencia ficción que había visto Curly. Mientras uno lo cogía suavemente por los hombros, el otro le quitó el paquete de las manos y lo depositó —con enorme cautela— en el interior de una caja de plástico azul. El primero se llevó a Curly a un lado y empezó a pasarle un aparato extraño por todo el cuerpo. Después le pusieron un traje de plástico como el que llevaban ellos, mientras le repetían en voz grave y electrónica que no había nada que temer, que se lo llevaban al hospital para hacerle algunas pruebas pero que no pasaba nada. Mientras le ponían el casco, Curly empezó a sentir que recuperaba la actividad de su cerebro y el movimiento de su cuerpo.

—Oiga, doctor... —dijo a uno de los dos hombres, mientras se dejaba llevar hacia una camioneta que había cruzado el cordón policial y que lo esperaba con las puertas abiertas.

—¿Qué?

—Mi pipa. —Señaló la garita con la cabeza—. No se olviden de la pipa.

Dos

La doctora Lauren Wildenstein vio cómo el equipo de urgencias le llevaba el recipiente de plástico azul para sustancias peligrosas y lo dejaban debajo de la campana de gases del laboratorio. Veinte minutos después de la llamada, ella y Richie, su ayudante, ya estaban preparados. Al principio parecía que para variar podía tratarse de algo serio, ajustado al perfil clásico de ataque bioterrorista —una institución neoyorquina de primera fila recibía un paquete del que salía un polvo marrón—, pero los controles de ántrax realizados in situ ya habían dado negativo y Wildenstein intuía que sería una nueva falsa alarma. En los dos años que llevaba al frente del laboratorio de bioterrorismo de Nueva York les habían llevado cuatrocientos polvos sospechosos para que los analizaran, y por suerte ninguno había resultado ser un agente de bioterrorismo. De momento. Miró la cuenta que llevaban, clavada en la pared: azúcar, sal, harina, levadura, heroína, cocaína, pimienta y polvo, en ese orden de frecuencia. La lista hablaba de muchas paranoias, y de muchos, demasiados, avisos terroristas.

Después de que se fuera la brigada, contempló un momento el recipiente cerrado. Parecía mentira que en los últimos tiempos un simple paquete de polvo pudiera provocar tanto revuelo. Media hora después de su llegada al museo ya había un vigilante y un administrador en cuarentena; les dieron antibióticos y ahora los trataban los servicios de salud mental. Al parecer, el administrador se había puesto particularmente histérico.

Sacudió la cabeza.

—¿Qué?, ¿cómo lo ves? —dijo una voz a su espalda—. ¿Cuál es el cóctel terrorista del día?

No le hizo caso. Laboralmente Richie era un primer espada, pero su desarrollo emocional se había detenido entre el tercer y cuarto curso.

—Vamos a pasarlo por los rayos X.

—Marchando.

La radiografía en falso color que apareció en el monitor mostró que el paquete contenía una sustancia amorfa; no había cartas u otros objetos.

—No hay detonador —dijo Richie—. Anda que...

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