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Authors: Patrick O'BRIAN

Tags: #Narrativa Historica

Capitán de navío

 

Segunda entrega de la más apasionante serie de novelas de tema naval jamás publicada, Capitán de navío nos presenta al capitán Jack Aubrey y a su fiel compañero, el doctor Stephen Maturin, en Francia en el momento en que Napoleón declara la guerra a los británicos. Tras conseguir atravesar la frontera con España, Aubrey se hará con el mando de un nuevo tipo de embarcación que debería garantizar la supremacía naval de Inglaterra, mientras que Maturin se revelará como un sagaz espía, capaz de poner en jaque a los servicios de inteligencia napoleónicos.

Patrick O'Brian

Capitán de navío

Aubrey y Maturin II

ePUB v1.2

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29.10.11

De las obras de Patrick O'Brian, las novelas de la serie Aubrey/Maturin en orden de publicación:

#01 Master & Commander 1970 (Capitán de mar y guerra. Edhasa. 1994)

#02 Post Captain 1972. (Capitán de navío. Edhasa. 1994)

#03 H. M. S. Surprise 1973. (La Fragata Surprise. Edhasa. 1995)

#04 The Mauritius Command 1977. (Operación Mauricio. Edhasa.1995)

#05 Desolation Island 1978. (Isla Desolación. Edhasa. 1996)

#06 The Fortune of War 1979. (Episodios de una guerra. Edhasa.1996)

#07 The Surgeon´s Mate 1980. (El ayudante del cirujano. Edhasa. 1996)

#08 The Ionian Mission 1981. (Misión en Jonia. Edhasa. 1997)

#09 Treason´s Harbour 1983. (El puerto de la traición. 1997)

#10 The Far Side of the World 1984. (La costa más lejana del mundo. Edhasa. 1998)

#11 The Reverse of the Medal 1986. (El reverso de la medalla. Edhasa. 1998)

#12 The Letter of Marque 1988. (La patente de corso. Edhasa. 1999)

#13 The Thirteen Gun Salute 1989. (Trece salvas de honor. Edhasa. 1999)

#14 The Nutmeg of Consolation 1991. (La goleta Nutmeg. Edhasa. 2000)

#15 The Truelove 1993. (Clarissa Oakes, polizón a bordo. Edhasa. 2000)

#16 The Wine-Dark Sea 1993. (Un mar oscuro como el oporto. Edhasa. 2001)

#17 The Commodore 1994. (El comodoro. Edhasa. 2002)

#18 The Yellow Admiral 1996. (Almirante en tierra. Edhasa. 2002)

#19 The Hundred Days 1998. (Los cien días. Edhasa. 2003)

#20 Blue at the Mizzen 1999. (Azul en la Mesana. Edhasa. 2003)

#21 The Final Unfinished Voyage of Jack Aubrey 2004. (No publicado en España)

Para Mary, con amor

NOTA A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Esta es la segunda novela de la más apasionante serie de novelas históricas marítimas jamás publicada; por considerarlo de indudable interés, aunque los lectores que deseen prescindir de ello pueden perfectamente hacerlo, se incluye un archivo adicional con un amplio y detallado Glosario de términos marinos.

Se ha mantenido el sistema de medidas de la Armada real inglesa, como forma habitual de expresión de terminología náutica.

1 yarda = 0,9144 metros

1 pie = 0,3048 metros - 1 m = 3,28084 pies

1 cable =120 brazas = 185,19 metros

1 pulgada = 2,54 centímetros - 1 cm = 0,3937 pulg

1 libra = 0,45359 kilogramos - 1 kg = 2,20462 lib

1 quintal = 112 libras = 50,802 kg

* * *

CAPÍTULO 1

Al amanecer las ráfagas de lluvia ya se habían alejado hacia el este del Canal, y podía verse que la presa había cambiado de rumbo. La
Charwell
había seguido su estela casi toda la noche, a una velocidad de siete nudos a pesar de tener los fondos sucios, y ahora ambas embarcaciones se encontraban a poco más de milla y media de distancia. El navío que iba delante viraba poco a poco para colocarse con el viento en contra, y cuando todos a bordo tuvieron ante su vista las dos filas de portas, el silencio en las cubiertas de la fragata se hizo más profundo. Ahora lo veían claramente por primera vez desde que el serviola, en la oscuridad, había llamado a cubierta para informar que se divisaba un barco en el horizonte, a un grado por la amura de babor, aunque aún no se veía su casco. El barco se dirigía al nornoreste, y la opinión general en la
Charwell
era que se trataba o bien de un miembro de un convoy francés que se había dispersado o bien de un barco americano que trataba de romper el bloqueo y llegar hasta Brest al amparo de la noche sin luna.

Dos minutos después de aquella primera llamada, en la
Charwell
se largaron la juanete mayor y la de proa. No se hizo un gran despliegue de velamen, pues la fragata había realizado un largo y fatigoso viaje desde las Antillas, sin avistar tierra en nueve semanas, con la jarcia a punto de romperse a causa de las tempestades en la línea equinoccial, y había pasado tres días al pairo en el golfo de Vizcaya en horribles condiciones; era comprensible que el capitán Griffiths quisiera ahorrarle esfuerzo. A pesar de tener pocas velas desplegadas, la
Charwell
alcanzó la estela del barco desconocido en un par de horas, y al sonar las cuatro campanadas de la guardia de mañana la tripulación hizo zafarrancho de combate. El tambor llamó a todos a sus puestos, rápidamente se llevaron los coyes a cubierta y se amontonaron en la batayola formando barreras, y luego se sacaron los cañones. Los hombres de guardia, sonrosados y soñolientos, que habían permanecido observando todo esto durante más de una hora bajo la fría lluvia, estaban calados hasta los huesos.

Ahora, en medio de aquel silencio, pudo oírse cómo un artillero de brigada del combés le decía a un hombrecillo que estaba junto él mirándolo con ojos desorbitados:

—Es un navío francés de dos puentes, compañero, de setenta y cuatro u ochenta cañones. Nos enfrentamos a un poderoso enemigo, compañero.

—¡Silencio! ¡Que Dios os condene! —gritó el capitán Griffiths—. Señor Quarles, anote el nombre de ese hombre.

En aquel momento la lluvia arreció. Sin embargo, ya todos en el abarrotado alcázar sabían lo que había detrás de aquel grisáceo velo informe y movedizo: un navío de línea francés con las dos filas de portas abiertas. Y nadie había dejado de notar el ligero movimiento de la verga trinquete, que indicaba que el navío iba a ponerse en facha para esperarles.

La
Charwell
era una fragata de treinta y dos cañones de doce libras, y si se acercaba lo suficiente para poder usar las pequeñas carronadas del alcázar y el castillo junto con los cañones largos, podría hacer una descarga de doscientas treinta y ocho libras de metal. En cambio, un navío de línea francés podría hacer una descarga de al menos novecientas sesenta libras. Así que no era posible un enfrentamiento, y habrían arribado y emprendido la huida, sin que esto supusiera una deshonra, de no ser porque detrás de ellos, en algún lugar no visible, estaba su compañera, la potente fragata
Dee,
de treinta y ocho cañones de dieciocho libras. Ésta había perdido un mastelero en el último temporal que había soportado, reduciéndose su velocidad; pero al anochecer había podido verse con claridad y había respondido a la señal del capitán Griffiths, que era el capitán de más antigüedad, para que se uniera a la persecución. Las dos fragatas en conjunto, no obstante, tenían una artillería mucho menos potente que el navío de línea, pero sin duda podrían capturarlo; el navío trataría de mantenerse de costado hacia una de las fragatas y causarle un daño terrible, pero la otra fragata podría pasar a proa o popa de éste y abrir fuego, disparando certeramente a lo largo de las cubiertas sin dar apenas tiempo a responder. Esto podía hacerse; se había hecho. En 1797, por ejemplo, la
Indefatigable
y la
Amazon
habían destruido un navío francés de setenta y cuatro cañones. Pero la
Indefatigable
y la
Amazon
llevaban entre las dos ochenta cañones largos y el
Droits de l'homme
no había podido abrir las portas de la cubierta inferior, pues había una fuerte marejada. Ahora, sin embargo, había poco oleaje; y por otra parte, la
Charwell,
para enfrentarse al desconocido debía aislarlo de Brest y entablar combate, pero ¿cuánto tiempo lucharía sola?

—Señor… señor Howell —dijo el capitán—. Suba al tope con un catalejo e infórmeme sobre la posición de la
Dee.

El zanquilargo guardiamarina ya estaba a mitad de camino de la cofa del palo de mesana cuando el capitán terminó de hablar, y su respuesta llegó a través de la lluvia que caía oblicuamente.

—Sí, sí, señor.

La fragata fue alcanzada por una ráfaga de viento y lluvia, y ésta era tan copiosa que desde el alcázar los marineros apenas podían distinguir el castillo y el agua salía a chorros por los imbornales de sotavento. Cuando la ráfaga había pasado y la pálida luz del día brillaba de nuevo, se oyó el grito:

—¡Cubierta! Señor, está a sotavento y ya puede verse su casco. Tiene reparado…

—Baje a informar —dijo el capitán en voz alta con tono inexpresivo—. Avisad al señor Barr.

El tercero de a bordo dejó su puesto y se dirigió presuroso a popa. Cuando subía al alcázar, el viento empujó hacia atrás su capa, que chorreaba agua, y él se llevó rápidamente una mano a la capa y la otra al sombrero.

—Quíteselo, señor —gritó el capitán Griffiths poniéndose rojo—. Quíteselo inmediatamente. Usted conoce las órdenes de lord Saint Vincent, todos ustedes las han leído, usted sabe cómo se saluda…

De repente enmudeció; y después de un momento dijo:

—¿Cuándo cambia la marea?

—Le pido disculpas, señor —dijo Barr—. Diez minutos después de las ocho, señor. El periodo de la marea muerta está a punto de finalizar, señor, con su permiso.

El capitán emitió un gruñido y luego dijo:

—¿Y bien, señor Howell?

—Tiene reparado el mastelero mayor, señor —dijo el guardiamarina, que estaba de pie frente a él y que incluso con la cabeza descubierta le superaba en altura—. Acaba de orzar.

El capitán dirigió el catalejo hacia la
Dee
, ahora las juanetes se veían claramente sobre la superficie dentada del mar, y cuando el oleaje elevaba ambas fragatas también se veían las gavias. Secó la lente, enfocó el catalejo hacia el lado opuesto para observar el navío francés y poco después lo cerró de golpe y miró hacia atrás, hacia la distante fragata. Permaneció apoyado en el pasamanos de estribor, completamente solo en el sanctasantórum del alcázar, de espaldas a los oficiales. Estos, aunque dedicaban mayor atención al navío francés y a la
Dee,
lo miraban de vez en cuando con aire pensativo.

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