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Authors: Laura Gallego García

Tags: #Fantasía, Infantil y juvenil, Intriga

Finis mundi

 

Francia. Año 997 de nuestra era. Michel, un monje cluniacense, decide embarcarse en una misión imposible. Según las revelaciones del ermitaño Bernardo de Turingia, el fin del mundo se acerca y sólo hay una manera de salvar a la humanidad: invocar al Espíritu del Tiempo. Pero antes es preciso recuperar los tres ejes sobre los que se sustenta la Rueda del Tiempo. ¿Dónde se encuentran? Nadie lo sabe…

Laura Gallego

Finis mundi

ePUB v1.0

Dirdam
28.04.12

Imagen de cubierta: Pablo Torrecilla

Editado por: SM

Año de publicación: 1999

ISBN: 84-348-7011-8

Premio «El barco de vapor» 1998

Para mi familia, por haberme apoyado siempre.

Para Gloria, por creer en mí.

Para mis amigos: el GALBA,

los miembros de la revista Náyade

y el resto de compañeros de filología.

También, especialmente, para Nuria,

Stela, Arancha, Juanma y David. Porque,

de una forma u otra, siempre habéis estado ahí.

Gracias a todos por haber hecho posible
Finis mundi.

Libro I: El Eje del Presente

Año 997 d.C.

Mundus senescit

A
coro con los salvajes gritos de los atacantes, las llamas que envolvían la abadía crepitaban ferozmente y se alzaban hacia un cielo sin luna, iluminando el bosque cercano. El techo del establo se derrumbó con estrépito, al igual que la bóveda de la iglesia recién saqueada. Las oscuras sombras que rodeaban el monasterio aullaron de nuevo y, unas a pie y otras a caballo, se alejaron hacia el pueblo que dormía aguardando la llegada del alba.

Oculta por la sombra de los frondosos árboles, una figura corría por el bosque, jadeante, tropezando, buscando un refugio. Dio un traspié y cayó sobre la húmeda hierba. Rodó hasta un espeso matorral y se ocultó allí, sollozando. Sólo cuando las voces se apagaron se atrevió, prudentemente escondido y sin asomarse demasiado, a volver la vista atrás para contemplar los restos de lo que había sido su hogar en los últimos años. Temblando, vio cómo el fuego se consumía lentamente.

Sintió que lo atenazaba el desaliento; pero, a pesar de su juventud, a pesar de su fragilidad, a pesar de su miedo, no dejó ni por un momento de estrechar contra su pecho un preciado códice que había logrado rescatar de las llamas.

En su mente seguía resonando una terrible frase:
Mundi termino appropinquante…
Sus labios formaron las palabras de una plegaria, pero su garganta no emitió ningún sonido.

Mundi termino appropinquante…

Michel

En la plaza se había formado un pequeño grupo de gente que iba aumentando lentamente, atraído por una sólida y potente voz que recitaba un largo cantar. Sentado en los escalones de piedra de la iglesia, perdido en sus pensamientos, un jovencísimo monje parecía ser el único en no sentir interés por la historia que se relataba un poco más allá. Su hábito negro indicaba que pertenecía a uno de los muchos monasterios que la orden de Cluny tenía sembrados por Normandía y Francia.

Una muchacha que pasaba se le quedó mirando y, compadecida, se detuvo junto a él.

—¿Qué te sucede, hermano? —preguntó—. Pareces preocupado.

El chico alzó la mirada y sonrió. Estaba pálido, y sus ropas no lograban disimular su extrema delgadez.

—¿Has oído hablar del monasterio de Saint Paul? —le preguntó a la aldeana.

Ella ladeó la cabeza, tratando de pensar.

—¿El que está junto a las montañas, cerca del bosque?

—Estaba, querrás decir. La semana pasada sufrimos un ataque. No dejaron piedra sobre piedra.

En el rostro de la joven se formó un rictus de rabia e indignación.

—Húngaros —dijo. Más bien escupió la palabra—. No sabía que habían llegado tan lejos. Nada detiene a esos salvajes.

El monje guardó silencio. La muchacha lo miró fijamente.

—¿Te has quedado sin hogar? No te preocupes. El abad de Saint Patrice te acogerá. ¿Es eso lo que te trae por aquí?

El monje negó con la cabeza y sonrió con cierta condescendencia.

—No; voy muy lejos. Busco un lugar llamado la Ciudad Dorada.

La muchacha se encogió de hombros.

—Nunca la he oído nombrar.

El monje no pareció sorprendido. No había esperado ni por un momento que ella lo conociera.

—Tú debes de haber leído muchísimos libros —añadió la aldeana, que seguramente no sabía leer—. ¿No sabes dónde está?

El muchacho desvió la mirada.

—No creo que sea algo que esté escrito en los libros —dijo.

—Entonces pregúntale a él —replicó la chica, señalando con el mentón al grupo del fondo de la plaza—. Es un juglar muy famoso. Ha viajado por todo el mundo, y conoce muchísimas historias —le brillaban los ojos de admiración—. Si se trata de una leyenda, seguro que la sabe.

El monje no respondió. Para una muchacha humilde como ella, un juglar debía de ser todo un héroe. Él, por su parte, abrigaba bastantes dudas acerca de los conocimientos de un simple narrador de cuentos ambulante. Pero no dijo nada, ni siquiera cuando la chica se despidió deseándole suerte. Se limitó a dedicarle una sonrisa.

Se quedó inmóvil un rato, mientras la voz del juglar, relatando las hazañas de algún héroe carolingio, seguía resonando por la plaza.

La norma de su orden le advertía de los peligros de relacionarse con gente de aquella clase. Los juglares no solían ser tipos de fiar; contaban historias y recitaban poemas, pero también divulgaban canciones obscenas, estafaban y robaban si tenían ocasión. Eran, además, vagabundos, individuos errantes de dudosa moralidad.

Torció el gesto. Podía ser muy famoso, podía actuar en las cortes de los príncipes y tener a las muchachas encandiladas; pero seguía siendo un juglar.

Por otro lado, el secreto que él se había llevado consigo en su huida del monasterio era una carga demasiado pesada como para portarla solo. Y cualquier abad le diría lo que le había dicho su superior unas semanas atrás: «Olvídate de esas tonterías, jovencito. Ofenden a Dios».

Lo único que podía hacer era continuar él solo. Sin embargo, el mundo era grande, y no sabía por dónde empezar. Quizá debería encontrar a un caballero que lo escoltara; pero todos los caballeros tenían cosas mejores que hacer.

Oyó vítores y aplausos: el juglar había terminado su actuación, y agradecía los donativos que recogía un enorme perrazo que se paseaba entre el público con un platillo en la boca. El muchacho pudo vislumbrar al recitador entre la gente, porque era muy alto. Se trataba de un hombre joven, de rasgos afilados y mirada sagaz. Los cabellos castaños le enmarcaban el rostro, y le caían sobre los hombros formando ondas. No parecía haberse afeitado en varios días.

El monje se sorprendió a sí mismo considerando muy seriamente la sugerencia de la aldeana. Después de meditarlo unos instantes, se encogió de hombros. «Bueno», se dijo. «Este hombre está acostumbrado a contar historias extraordinarias. Una más no le sorprenderá».

Se levantó, resuelto a acercarse y preguntarle por la Ciudad Dorada. Se aproximó al juglar mientras éste recogía sus cosas, llamaba al perro con un silbido y se cargaba su instrumento a la espalda.

Tres chicas le salieron al paso al narrador de historias, reprimiendo risitas y dándose codazos disimulados, en busca de una mirada, una sonrisa, un gesto amable de aquel hombre que sabía tantas cosas. Pero el juglar las despidió con una frase seca, y ellas se alejaron decepcionadas.

El monje lo observó con curiosidad. El hombre de las historias poseía una extraña calma y dignidad que lo hacían completamente diferente a otros juglares que entretenían a su público haciendo payasadas. Lo vio acariciar a su perro con una expresión seria y pensativa, y, seguidamente, alzar la mirada hacia él. Los ojos del juglar se clavaron en el monje y lo estudiaron de la cabeza a los pies. El muchacho se sintió molesto, y enrojeció intensamente.

—¿Qué miras? —protestó.

—A ti —replicó el otro sin alterarse—. Hace rato que me estás observando. ¿Te parece mal que actúe tan cerca de la iglesia? Eres demasiado joven para meterte en esas cosas. Además, tengo permiso del párroco.

El monje enrojeció aún más.

—No se trata de eso —dijo—. Me gustaría preguntarte algo. Dicen que has visitado muchos lugares y conoces gran cantidad de historias.

El hombre le dirigió una mirada inquisitiva.

—Tengo cierta prisa, amigo. Pretendo llegar a Louviers antes del anochecer, así que no pienso recitarte un cantar entero. Ya he terminado mi trabajo aquí.

—Seré breve. ¿Sabes dónde está la Ciudad Dorada?

El juglar lo observó con curiosidad.

—Hay muchas ciudades doradas en muchas historias. Conozco varios sitios que podrían llamarse así.

El chico pareció desanimarse.

—Entiendo —dijo—. Gracias, de todas formas.

Se volvió para marcharse, pero el juglar se sintió intrigado.

—¿Para qué quieres saberlo? —le preguntó—. ¿Y por qué me preguntas a mí? Seguramente el abad de tu monasterio podrá informarte mejor que yo.

El monje dio media vuelta y lo miró con fijeza.

—Está muerto —dijo—. Todos están muertos.

El narrador de historias comprendió.

—Vienes de Saint Paul. He oído hablar de lo que pasó allí. No sabía que hubiera habido supervivientes.

El chico le dirigió una mirada inexpresiva.

—Pero debes seguir adelante —prosiguió el juglar—. Todos pasamos por un mal trago. Todos tenemos que madurar algún día. Tú no eres especial por eso.

El monje se quedó boquiabierto. Iba a replicar algo, pero el otro continuó:

—Yo era un chiquillo mucho más joven que tú cuando el señor feudal de mi tierra arrasó mi aldea y mató a mi familia. Debía de tener cinco o seis años, pero aquel día la infancia se acabó para mí —hablaba con voz fría y desapasionada, como si ya nada pudiera herirle, como si hubiera perdido la capacidad de sentirse impresionado—. Tuve que echarme a los caminos y a veces pasé hambre y frío, y corrí peligro; pero no me fue tan mal. En cambio tú, muchacho, encontrarás refugio en cualquier monasterio. Allí te escucharán.

—Nadie me escuchará en ningún monasterio —dijo el monje a media voz—. Y ni siquiera voy a intentarlo. Tengo que ir a la Ciudad Dorada y el tiempo se acaba.

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