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Authors: Jussi Adler-Olsen

Tags: #Intriga, Policíaco

La mujer que arañaba las paredes

 

Un día de invierno, la joven y prometedora política danesa Merete Lynggaard desaparece durante un viaje sin dejar rastro. La policía inicia una infructuosa investigación, mientras los medios hacen todo tipo de conjeturas, desde asesinato o suicido hasta desaparición voluntaria.Cinco años más tarde, cuando el caso ya está olvidado, el policía Carl Mørck ¡efe del Departamento Q, la unidad especial dedicada a casos no resueltos, decide reabrirlo. Gracias a su intuición y al talento de su sagaz asistente, Hafez-el-Assad, aparecen nuevos indicios que dan un giro inesperado al caso..

Jussi Adler-Olsen

La mujer que arañaba las paredes

Departamento Q-1

ePUB v1.0

AlexAinhoa
20.05.12

Título original:
Kvinden i Buret.

Jussi Adler-Olsen, 10/2010.

Traducción: Juan Mª Mendizábal.

Editor original: AlexAinhoa (v1.0)

ePub base v2.0

Dedicado a Hanne Adler-Older.

Sin ella se habría secado la fuente.

Prólogo

La mujer arañó las paredes lisas hasta hacerse sangre en las yemas de los dedos y golpeó los gruesos cristales con los puños cerrados hasta que las manos se le quedaron insensibles. Había avanzado a tientas hasta la puerta de acero por lo menos diez veces para meter las uñas en el resquicio y tirar, pero la puerta no se movía un ápice y el borde estaba afilado.

Finalmente, cuando las uñas se despegaron de la carne, se dejó caer al suelo helado jadeando. Se quedó un momento mirando fijamente la impenetrable oscuridad con los ojos muy abiertos y el corazón desbocado, y entonces gritó. Gritó hasta que le zumbaron los oídos y su voz flaqueó.

Después echó la cabeza atrás y volvió a sentir el aire fresco que bajaba del techo. Tal vez pudiera saltar hasta allí si tomaba carrerilla y lograba agarrarse a algo. Tal vez así ocurriera algo.

Sí, tal vez así los cabrones de fuera tendrían que entrar donde estaba ella.

Y si apuntaba a sus ojos con los dedos rígidos tal vez podría cegarlos. Si actuaba con rapidez y sin vacilar tal vez lo conseguiría. Y entonces tal vez podría escapar.

Estuvo un rato lamiéndose los dedos ensangrentados; después los apoyó en el suelo, hizo fuerza y se puso en pie.

En medio de la oscuridad, miró hacia el techo. Quizá estuviera demasiado alto para saltar. Quizá no hubiera nada a lo que agarrarse. Pero había que probar. No le quedaba otro remedio.

Se quitó el plumífero y lo depositó con cuidado en un rincón para no caer encima. Después dio un brinco y extendió cuanto pudo los brazos en el aire, pero no encontró nada. Lo hizo un par de veces más antes de volver a la pared del fondo, donde se quedó un rato recuperándose. Después tomó carrerilla y saltó con todas sus fuerzas hacia arriba en la oscuridad, moviendo los brazos en todas direcciones en busca de la esperanza. Cuando se derrumbó, un pie resbaló en el suelo liso y el cuerpo cayó a un lado. Soltó un gemido de dolor cuando su hombro dio contra el cemento, y gritó cuando su cabeza golpeó la pared y vio las estrellas.

Se quedó un buen rato totalmente quieta y le entraron ganas de llorar, pero no lo hizo. En caso de que la oyeran, sus carceleros lo interpretarían mal. Pensarían que estaba a punto de rendirse, pero no lo estaba. Al contrario.

Quería cuidarse. Para ellos sólo era la mujer enjaulada, pero era ella quien decidía la distancia entre los barrotes. Quería concentrarse en ideas que se abrieran al mundo y mantuvieran a raya la locura. Jamás conseguirían que agachara la cerviz. Fue lo que decidió, tumbada en el suelo, con el hombro palpitante y dolorido, y un ojo cerrado por la hinchazón.

Un día de aquellos iba a escapar, estaba segura.

1

2007

Carl dio un paso hacia el espejo y se pasó un dedo por la sien, donde la bala lo había rozado. La herida estaba curada, pero la cicatriz destacaba claramente bajo el pelo si alguien se tomaba la molestia de mirar.

¿A quién coño iba a interesarle?, pensó mientras examinaba su rostro.

Se había transformado a ojos vistas. Las arrugas en torno a su boca eran más acentuadas, las ojeras más oscuras y su mirada expresaba una profunda indiferencia. Carl Mørck ya no era el experimentado agente de la Policía Criminal que sólo vivía para su trabajo. Ya no era el alto y elegante hombre de Jutlandia ante quien la gente arqueaba las cejas y se quedaba boquiabierta. Claro que, ¿de qué coño le valía eso?

Se abotonó la camisa, se puso la chaqueta, bebió de un trago el último sorbo de café y al salir cerró la puerta con fuerza, para que el resto de los habitantes de la casa se enterase de que ya era hora de dejar las sábanas. Su mirada se posó en el letrero de la puerta. También iba siendo hora de cambiarlo. Hacía siglos que Vigga se había marchado. Y aunque todavía no se habían divorciado, lo suyo había terminado.

Giró en redondo y se encaminó hacia la estación. Si tomaba el tren que llegaba dentro de veinte minutos, podría estar media hora con Hardy en el hospital antes de ir a Jefatura.

Vio la iglesia de ladrillo que se alzaba tras los árboles desnudos y trató de tener presente lo afortunado que había sido, después de todo. Un par de centímetros a la derecha, y Anker estaría aún vivo. Un solo centímetro a la izquierda, y él estaría muerto. Centímetros caprichosos que lo apartaron del paseo por campos verdes y las frías tumbas que había a unos cientos de metros.

Carl intentó comprenderlo, pero era difícil. No sabía gran cosa acerca de la muerte. Sólo que podía ser imprevisible como el rayo e increíblemente silenciosa.

Pero lo sabía todo acerca de lo absurdo y violento que podía ser morir. De eso sí que sabía.

Tan sólo un par de semanas después de salir de la Academia de Policía, la visión de la primera víctima de asesinato se quedó grabada en la retina de Carl. Una mujer delgada y menuda estrangulada por su marido yacía con la mirada apagada y una expresión en el rostro que hizo que Carl se sintiera miserable durante semanas. Después siguieron montones de casos. Cada mañana se preparaba para ver de todo. Ropa ensangrentada, rostros céreos, fotos desagradables. Todos los días escuchaba mentiras y excusas de la gente. Cada día traía su crimen en una nueva versión, cada vez sentía mayor indiferencia. Veinticinco años en la policía y diez en la Brigada de Homicidios endurecían.

Y así iban las cosas hasta el día en que se presentó un caso que atravesó su coraza.

Lo habían enviado con Anker y Hardy a un barracón putrefacto de Amager, junto a un polvoriento camino de gravilla, donde un cadáver los esperaba para contar su historia particular.

Como tantas otras veces, fue la fetidez lo que hizo que un vecino reaccionara. Cualquiera lo tomaría por un tipo raro que se había tumbado pacíficamente sobre su propia porquería para exhalar sus últimos vapores alcohólicos, hasta que reparaba en el clavo de una pistola clavadora incrustado hasta la mitad en el cráneo. El clavo fue el motivo por el que la Brigada de Homicidios de la policía de Copenhague se hizo cargo del caso.

Aquel día estaba de guardia el grupo de Carl, y ni él ni sus dos asistentes pusieron objeciones, aunque Carl se quejó como de costumbre por la excesiva carga de trabajo y la lentitud de los demás grupos. Claro que ¿quién podía saber lo fatal que iba a resultar aquel caso? ¿Que apenas cinco minutos después de penetrar en aquel hedor cadavérico Anker yacería en el suelo en un charco de sangre, Hardy daría sus últimos pasos y Carl perdería el entusiasmo que era absolutamente necesario para trabajar en la Brigada de Homicidios de la policía de Copenhague?

2

2002

A la prensa sensacionalista le encantaba la vicepresidenta de los Demócratas, Merete Lynggaard, por todo lo que representaba. Por sus aceradas respuestas desde el atril del Parlamento y su irreverencia para con el primer ministro y sus títeres. Por sus atributos femeninos, mirada burlona y hoyuelos seductores. Le encantaba por su juventud y su éxito, pero por encima de todo le encantaba porque alimentaba todo tipo de especulaciones acerca de por qué una joven tan lista y guapa nunca se mostraba en público con un hombre.

Merete Lynggaard vendía montones de periódicos. Lesbiana o no, era buen material.

Todo eso lo sabía perfectamente Merete.

—¿Por qué no sales con Tage Baggesen? —le insistió su secretaria mientras caminaban a pasos cortos hacia su pequeño Audi azul evitando los charcos, camino de los aparcamientos del Parlamento de Christiansborg. Ya sé que hay muchos que quieren salir contigo, pero ése está chiflado por ti. ¿Cuántas veces ha intentado invitarte a cenar? ¿Tienes la menor idea de la cantidad de notas que ha dejado encima de tu mesa? Mira, hoy mismo ha dejado otra. Dale una oportunidad, mujer.

—¿Por qué no te lo ligas tú? —dijo Merete mientras descargaba un montón de carpetas en el asiento trasero—. ¿Para qué quiero yo al portavoz de Tráfico de los Radicales de Centro? ¿Puedes decírmelo, Marianne? ¿Soy acaso una rotonda?

Merete alzó la mirada hacia el Museo de Armas, donde un hombre vestido con gabardina blanca sacaba fotografías del edificio. ¿Habría hecho alguna de ella también? Sacudió la cabeza. Aquella sensación de sentirse observada empezaba a irritarla. Se estaba volviendo paranoica. Tenía que relajarse.

—Tage Baggesen tiene treinta y cinco años y está para comérselo, bueno, no le vendría mal adelgazar un par de kilos, pero por otra parte tiene una finca de recreo en Vejby. Bueno, y creo que también otro par de casas en Jutlandia. ¿Qué más quieres?

Merete se quedó mirándola. Sacudió la cabeza con escepticismo.

—Sí, tiene treinta y cinco años y vive con su mamá. Mira, Marianne, lígatelo tú. Estás loca por él. Pues lígatelo. ¡Es tuyo!

Cogió un montón de carpetas de los brazos de su secretaria y las puso en el asiento junto a las otras. El reloj del salpicadero señalaba las 17.30. Iba retrasada ya.

—Esta tarde va a echarse de menos tu voz en el hemiciclo, Merete.

—No creo —dijo ésta, encogiéndose de hombros. Desde que se metió en la política había habido entre ella y el presidente del grupo de los Demócratas un convenio según el cual a partir de las seis de la tarde recuperaba su tiempo libre, a menos que se tratara de trabajos de comisión o votaciones absolutamente necesarias. «No hay problema», le dijo él, conocedor de la cantidad de votos que conseguía Merete. O sea que tampoco ahora habría ningún problema.

—Venga, Merete, ¿por qué tanta prisa? —insistió su secretaria ladeando la cabeza—. ¿Cómo se llama él?

Merete le dirigió una leve sonrisa y cerró la puerta del coche. Había llegado la hora de cambiar de secretaria.

3

2007

Marcus Jacobsen, el jefe de Homicidios, era una persona desordenada, cosa que no lo molestaba. Y es que el desorden era un fenómeno sólo aparente. En su interior se sentía de lo más estructurado. En su avispado cerebro las cosas estaban pulcramente ordenadas. Los detalles nunca se le escapaban. Aun pasados diez años los seguía recordando con precisión.

Tan sólo en situaciones como la recién vivida —con la estancia llena a rebosar de compañeros sumamente observadores que tenían que esquivar las mesas gastadas y los montones de material de diversos casos— observaba el desorden de su oficina con cierto cabreo.

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