Legado (102 page)

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Authors: Christopher Paolini

Por todas partes de la cámara seguían cayendo fragmentos de piedra.

Cuando Saphira llegó a la entrada del pasillo, Eragon giró la cabeza y miró hacia Murtagh.

—¿Qué hay de las trampas? —gritó.

Murtagh sacudió la cabeza y le indicó con un gesto que continuara.

Gran parte del pasillo estaba cubierto de montones de piedras, lo que hizo que los dragones fueran más lentos. A ambos lados se veían las cámaras y los túneles llenos de escombros abiertos por la explosión. En su interior ardían mesas, sillas y otros muebles. Por debajo de las piedras sobresalían brazos y piernas de personas muertas o agonizantes y en ocasiones se veía alguna cara contorsionada o la parte posterior de una cabeza.

Eragon buscó con la mirada a Blödhgarm y a sus hechiceros, pero no vio ningún indicio de que estuvieran allí, ni vivos ni muertos.

Al fondo del pasillo, centenares de personas —soldados y criados— iban saliendo de las puertas contiguas y corrían hacia la entrada, ya visible. Muchos tenían algún brazo roto, quemaduras, magulladuras y otras heridas. Los supervivientes se apartaron para dejar espacio a Saphira y Espina, pero por lo demás no les hicieron caso.

Saphira ya estaba casi al final del pasillo cuando se oyó un estruendo tras ellos. Eragon vio que el salón del trono se había hundido sobre sí mismo; el suelo de la cámara había quedado enterrado bajo una capa de piedras de quince metros de grosor.

«¡Arya!», se dijo. Intentó localizarla con la mente, pero no lo logró.

O les separaba una barrera demasiado gruesa, o alguno de los hechizos atrapados entre los escombros le bloqueaba el paso o —aunque era una alternativa que odiaba plantearse— estaba muerta. No estaba en la sala en el momento del hundimiento; eso lo sabía, pero se preguntaba si podría encontrar el modo de salir ahora que no podría pasar por el salón del trono.

Al salir de la ciudadela el aire se aclaró y Eragon pudo ver la destrucción que había creado la explosión en Urû’baen. Había arrancado los tejados de pizarra de muchos edificios cercanos y había incendiado las vigas que los sostenían. Por toda la ciudad se veían focos de incendios. Las columnas de humo se elevaban hasta la losa que cubría la ciudad, donde se extendían por la superficie inclinada de la piedra, como agua por el cauce de un río. En el extremo sureste de la ciudad, el humo se escapaba por el lateral del saliente y encontraba la luz del sol de la mañana, adquiriendo un brillo del color anaranjado rojizo de un ópalo.

Los habitantes de Urû’baen abandonaban sus casas, corriendo por las calles hacia el agujero abierto en la muralla exterior. Los soldados y los criados de la ciudadela se unieron a ellos, lo que les dio a Saphira y a Espina espacio suficiente para atravesar el patio que se abría frente a la fortaleza. Eragon no les prestó demasiada atención; mientras no se mostraran belicosos, no le importaba lo que hicieran.

Saphira se paró en el centro del rectángulo, y Eragon bajó a Elva y a los dos niños sin nombre al suelo.

—¿Sabéis dónde están vuestros padres? —preguntó, agachándose junto a los hermanos.

Ellos asintieron, y el chico señaló una gran casa a la izquierda del patio.

—¿Es ahí donde vivís?

El niño volvió a asentir.

—Pues marchaos a casa, venga —dijo Eragon, y les dio un empujoncito en la espalda.

Los críos no esperaron a que se lo dijera dos veces y atravesaron corriendo el patio hasta la casa. La puerta se abrió y un hombre algo calvo con una espada al cinto salió y los estrechó entre sus brazos.

Miró a Eragon desde la distancia y luego hizo entrar a los niños.

Eso ha sido fácil
—le dijo Eragon a Saphira.

Galbatorix debe de haber ordenado a sus hombres que capturaran a los niños que encontraran más cerca
—respondió ella—.
No le dimos tiempo para más.

Supongo
.

Espina estaba a unos metros de Saphira, y Nasuada ayudó a Murtagh a bajar. Luego este se dejó caer contra el vientre de Espina.

Eragon le oyó recitar hechizos curativos.

Él, a su vez, se ocupó de las heridas de Saphira, pasando por alto las suyas, ya que las de la dragona eran más graves. El corte en la pata izquierda tenía una profundidad de un palmo, y alrededor de la garra se le estaba formando un charco de sangre.

¿Diente o garra?
—le preguntó, mientras examinaba la herida.

Garra
—dijo ella.

Eragon usó la fuerza de Saphira y la de Glaedr para reparar el corte. Cuando acabó con aquello se fijó en sus propias heridas, empezando por el dolor lacerante del costado, donde Murtagh le había clavado la espada.

Mientras lo hacía, observó a su hermanastro, que se curaba la herida del vientre, así como sanaba el ala rota de Espina y las otras lesiones del dragón. Nasuada estuvo a su lado todo el rato, apoyándole la mano en el hombro. Eragon observó que, de algún modo, había recuperado la espada
Zar’roc
durante la huida del salón del trono.

Entonces se dirigió hacia Elva, que estaba de pie, allí cerca.

Parecía estar sufriendo un gran dolor, pero no vio sangre.

—¿Estás herida? —le preguntó.

Ella frunció aún más el ceño y sacudió la cabeza.

—No, pero muchos de ellos sí —dijo, señalando a la gente que huía de la ciudadela.

—Mmm. —Eragon volvió a mirar hacia donde estaba Murtagh.

Nasuada y él estaban ahora de pie, hablando.

Nasuada arrugó la frente.

Entonces Murtagh alargó la mano, agarró a Nasuada por el cuello de la túnica y tiró de la tela, rasgándola.

Eragon ya había tenía
Brisingr
medio desenvainada cuando vio el mapa de moratones que ella tenía sobre las clavículas. Aquella visión le impresionó; le recordó las lesiones que presentaba Arya en la espalda cuando Murtagh y él la rescataron de Gil’ead.

Nasuada asintió y bajó la cabeza.

Murtagh volvió a hablar, y esta vez Eragon estaba seguro de que era en el idioma antiguo. Apoyó las manos sobre varios puntos del cuerpo de Nasuada, con gran suavidad —casi vacilando— y la expresión de alivio de ella fue la prueba que hizo entender a Eragon el gran dolor que había sufrido.

Se quedó mirando un minuto más y luego se sintió embargado por la emoción. Las rodillas le fallaron, y se sentó sobre la garra derecha de Saphira, que bajó la cabeza y le acarició el hombro con el morro.

Él apoyó la cabeza.

Lo hemos conseguido
—dijo ella en un tono suave.

Lo hemos conseguido
—repitió él, casi incapaz de creérselo.

Sentía que Saphira pensaba en la muerte de Shruikan; por peligroso que fuera el dragón negro, aún lamentaba el fallecimiento de uno de los últimos miembros de su raza.

Eragon se agarró a sus escamas. Estaba casi mareado, como si flotara en el aire.

¿Y ahora qué…?

Ahora reconstruiremos
—dijo Glaedr, que también sentía una curiosa mezcla de satisfacción, pesar y preocupación—.
Te has desenvuelto bien, Eragon. A nadie más se le habría ocurrido atacar a Galbatorix como tú lo has hecho.

—Solo quería que comprendiera —murmuró, abatido.

Pero si Glaedr le oyó, decidió no responder.

Por fin el Perjuro ha muerto
—dijo Umaroth, orgulloso.

Parecía imposible que Galbatorix ya no existiera. Mientras Eragon evaluaba la situación, algo en el interior de su mente se liberó y recordó —como si nunca lo hubiera olvidado— todo lo que había ocurrido durante su visita a la Cripta de las Almas, y se estremeció.

Saphira…

Sí, lo sé
—dijo ella, más animada—.
¡Los huevos!

Eragon sonrió. ¡Huevos! ¡Huevos de dragón! La raza no desaparecería en el olvido. Sobrevivirían, prosperarían y recuperarían su antigua gloria, como en tiempos de los Jinetes.

Entonces tuvo una horrible sospecha.

¿Hicisteis que olvidáramos algo más?
—le preguntó a Umaroth.

Si lo hubiéramos hecho, ¿cómo íbamos a saberlo?
—respondió el dragón blanco.

—¡Mirad! —exclamó Elva, señalando con el dedo.

Al volverse, Eragon vio a Arya saliendo de entre los escombros de la ciudadela. Con ella iban Blödhgarm y sus hechiceros, cubiertos de arañazos y magulladuras, pero vivos. En sus brazos llevaba un cofre de madera con cierres dorados. Una larga fila de cajas de metal —cada una del tamaño de un carro— flotaba tras los elfos, a unos centímetros del suelo.

Eufórico, Eragon dio un salto y corrió a su encuentro.

—¡Estáis vivos! —exclamó, y sorprendió a Blödhgarm al agarrarlo y darle un abrazo.

El peludo elfo se lo quedó mirando un momento con sus ojos amarillos y luego sonrió, mostrando los colmillos.

—Estamos vivos,
Asesino de Sombra
.

—¿Son esos los… eldunarís? —preguntó, en voz baja.

Arya asintió.

—Estaban en la sala del tesoro de Galbatorix. Tendremos que volver en algún momento; lo que hay allí dentro es una maravilla.

—¿Cómo están? Los eldunarís, quiero decir.

—Confundidos. Tardarán años en recuperarse, si es que lo hacen.

—¿Y eso es...? —Eragon se acercó hacia el cofre que Arya llevaba en brazos.

Arya echó un vistazo para cerciorarse de que no había nadie cerca que pudiera ver; luego levantó la tapa con un dedo. En el interior, envuelto en un trapo de terciopelo, Eragon vio un precioso huevo de dragón verde jaspeado con vetas blancas.

La alegría en el rostro de Arya hizo que Eragon sintiera que el corazón le daba un respingo en el pecho. Sonrió y envió una mirada de complicidad a los otros elfos. Cuando los tuvo a su alrededor, les habló susurrando en el idioma antiguo sobre los huevos de Vroengard.

Los elfos no reaccionaron con grandes muestras de alegría, pero los ojos se les iluminaron, y todos ellos parecían vibrar de la emoción.

Sin dejar de sonreír, Eragon dio media vuelta, encantado con su reacción.

¡Eragon!
—dijo entonces Saphira.

Al mismo tiempo, Arya frunció el ceño y dijo:

—¿Dónde están Espina y Murtagh?

Eragon vio a Nasuada sola en el patio. A su lado había un par de alforjas que no recordaba haber visto a lomos de Espina. El viento soplaba por el patio y oyó un aleteo en el aire, pero no vio ni rastro de Murtagh ni de Espina.

Eragon extendió su percepción mental hacia donde supuso que estarían. Los encontró enseguida, porque no habían escondido sus mentes, pero se negaron a hablarle o escucharle.

—Maldita sea —murmuró él, corriendo hacia donde estaba Nasuada, que tenía lágrimas en las mejillas y que parecía estar a punto de perder la compostura.

—¡¿Dónde van?!

—Se van —dijo ella, con un temblor en la barbilla. Entonces cogió aire, lo soltó y levantó la cabeza más aún que antes.

Maldiciendo una vez más, Eragon se agachó y abrió las alforjas. En su interior encontró unos cuantos eldunarís más pequeños envueltos en paquetes acolchados.

—¡Arya! ¡Blödhgarm! —gritó, señalando las alforjas.

Los dos elfos asintieron.

Eragon corrió hacia Saphira. No tuvo que explicarle nada: ella lo entendió. Extendió las alas y el chico montó. En cuanto estuvo bien sentado, la dragona emprendió el vuelo.

Los vítores se extendieron por la ciudad cuando los vardenos la vieron.

Saphira agitó las alas con fuerza, siguiendo la estela almizclada de Espina. Le condujo al sur, lejos de la sombra de la losa de piedra, y allí viró y rodeó el saliente, hacia el norte, en dirección al río Ramr.

A lo largo de varios kilómetros, el rastro se mantuvo recto y al mismo nivel. Pero cuando tuvieron el ancho río flanqueado de árboles casi debajo, empezó a descender.

Eragon escrutó el terreno y vio un destello rojo a los pies de una colina, al otro lado del río.

Por ahí
—le dijo a Saphira, pero ella ya había localizado a Espina.

Saphira trazó una espiral descendente y aterrizó suavemente en lo alto de la colina, donde tenía mejor visibilidad. El aire procedente del río era fresco y húmedo, y transportaba el olor del musgo, el barro y la savia. Entre la colina y el río se extendía un mar de ortigas. Las plantas crecían con tal profusión que el único modo de atravesarlas hubiera sido abrir un camino. Sus hojas oscuras y dentadas se frotaban unas con otras con un suave murmullo que se mezclaba con el ruido del agua del río.

Al borde del campo de ortigas estaba Espina, y Murtagh permanecía a su lado, ajustando la cincha de la silla.

Eragon envainó la espada y luego se acercó sigilosamente.

—¿Habéis venido a detenernos? —dijo Murtagh, sin darse la vuelta siquiera—. Eso depende. ¿Adónde vais?

—No lo sé. Al norte, quizá… A algún lugar lejos de todo el mundo.

—Podríais quedaros.

Murtagh soltó una carcajada amarga.

—Tú sabes que no. Solo le causaría problemas a Nasuada.

Además, los enanos nunca lo aceptarían, después de que matara a Hrothgar. —Echó una mirada hacia Eragon por encima del hombro—. Galbatorix solía llamarme «Asesino de Reyes». Ahora tú también eres un Asesino de Reyes.

—Parece que es algo de familia.

—Entonces más vale que mantengas a Roran vigilado… Y Arya es una asesina de dragones. Eso no puede ser fácil para ella: un elfo que mata un dragón. Deberías hablar con ella y asegurarte de que está bien.

Aquella reacción sorprendió a Eragon.

—Lo haré.

—Ya está —dijo Murtagh, dando un último tirón a la cincha.

Entonces se giró hacia Eragon, que observó que su hermanastro había tenido la espada
Zar’roc
pegada al cuerpo todo el rato, desenvainada y lista para usar—. Bueno, así pues, ¿habéis venido a detenernos?

—No.

Murtagh esbozó una sonrisa y envainó
Zar’roc
.

—Me alegro. Tendría que volver a luchar contigo.

—¿Cómo pudiste liberarte de Galbatorix? Era tu nombre verdadero, ¿no?

Murtagh asintió.

—Como te he dicho, no soy…, «no somos» —rectificó, tocando el costado de Espina— lo que éramos. Tardamos un poco en darnos cuenta.

—Y Nasuada…

Murtagh frunció el ceño. Luego apartó la mirada y la fijó en el mar de ortigas. Cuando Eragon se acercó a su lado, le dijo en voz baja:

—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos en este río?

—Sería difícil olvidarlo. Aún recuerdo cómo relinchaban los caballos.

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