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Authors: Enid Blyton

Tags: #Aventuras, Infantil y juvenil

Los Cinco otra vez en la Isla de Kirrin

 

Cuando por fin llegan los niños a villa Kirrin, la tía Fanny organiza una excursión a la isla donde se encuentra tío Quintín enfrascado en un enigmático descubrimiento científico. El padre de Jorge ha encontrado un escondite secreto que ni siquiera Los Cinco conocen. De regreso, Jorge comienza a sospechar que puede haber sucedido algo malo a su padre y, sobre todo, a Tim, quien se ha quedado con él. De modo que parte rumbo a la isla en la oscuridad de una noche silenciosa y, al llegar allí, nota la presencia de gente extraña. ¿Corren peligro el tío Quintín, Tim y Jorge? ¿Sabrán los demás niños averiguar el misterio?

Enid Blyton

Los Cinco otra vez en la Isla de Kirrin

Los Cinco - V

ePUB v1.0

Siwan
24.05.12

Título original:
Five on Kirrin Island again

Enid Blyton, 1947.

Traducción: Federico Ulsamer

Editor original: Siwan (v1.0)

ePub base v2.0

CAPÍTULO I

Una carta para Jorge

Ana estaba haciendo sus deberes en un rincón de la salita de estudio, cuando entro Jorge en la estancia como un bólido.

Jorge no era un muchacho, como pudiera hacer suponer su nombre, sino una niña llamada Jorgina. Mas, como siempre había deseado ser un chico, insistía en que la trataran como a tal. De este modo, le quedo el apelativo de Jorge. Llevaba corto y bien recogido su rizado pelo. En tanto se acercaba a su prima, sus hermosos ojos azules expresaban irritación:

—¡Ana! Acabo de recibir carta de mi familia. ¡Figúrate! Mi padre pretende irse a vivir en mi isla para realizar sus trabajos e, incluso, montar una torre o algo parecido en medio del castillo.

El resto de sus compañeras levantaron la cabeza, divertidas ante la indignación de Jorge, mientras Ana alargaba el brazo para coger la carta que aquella le tendía.

Todas conocían la existencia del islote en la bahía de Kirrin. Le llamaban la isla de Kirrin y era propiedad de Jorge. Un lugar solitario, con las ruinas de un castillo en su centro y punto de reunión de cuervos, cornejas y gaviotas.

En dicho castillo existían pasadizos subterráneos, en cuyo interior Jorge y sus primos habían corrido ya algunas emocionantes aventuras. Había pertenecido a la madre de Jorge, la cual se la había regalado a su hija. Esta se mostraba en extremo celosa de todo aquello que se refiriese a su estupenda isla de Kirrin. Era
suya,
exclusivamente suya. Nadie más tenía derecho a vivir allí, ni aun a desembarcar sin su permiso.

Y ahora, ¡Santo Dios!, su padre se proponía ir a su isla y, encima, construir allí una especie de laboratorio. Jorge estaba roja de indignación.

—Así son los mayores. Van, te regalan cosas y luego se portan como si esas cosas fuesen suyas. No quiero que papá viva en mi isla, ni que construya en ella cobertizos desagradables o cosas por el estilo —decidió la niña.

—Pero, Jorge… Sabes muy bien que tu padre es un científico famoso y que necesita trabajar en paz —objeto Ana cogiendo la carta—. ¿No te parece que podrías prestarle tu isla por una temporada?

—Hay cincuenta mil lugares en donde puede encontrar silencio y paz —contestó Jorge—. ¡Que mala pata! ¡Me hacía tanta ilusión pasar allí nuestras vacaciones de Pascua, con nuestro bote, comida y todo lo necesario, igual que hicimos otras veces! No podremos hacer nada de eso si papa se instala de verdad allí.

Entre tanto, Ana se disponía a leer la carta. Era de la madre de Jorge:

Mi querida Jorgina:

Debo darte una noticia que sé que te gustará. Tu padre se propone vivir en la isla de Kirrin por una corta temporada, a fin de terminar un experimento que tiene en estudio. Tendrá que construir allí un edificio, una especie de torre, me parece. Por lo visto, necesita un lugar aislado, pacífico y tranquilo. Y también, por alguna razón científica que desconozco, que este rodeado de agua. Al parecer, es una cuestión vital para su experimento.

Ahora bien, querida, te suplico que no te enfades por ello. Sé que consideras la isla de Kirrin como de tu exclusiva propiedad, pero debes permitir a tu familia disponer de ella, en especial si se trata de algo tan importante como los trabajos científicos de tu padre.

Papá cree que no tendrás ningún inconveniente en prestarle tu isla. Sin embargo, yo conozco tus extrañas reacciones y he creído mejor notificártelo antes de que llegues a casa y le veas instalado allí, con su torre ya levantada.

La carta continuaba hablando de cosas sin importancia, así que Ana dejo sin leer el resto. Se quedó mirando a Jorge:

—¡Caramba, Jorge! Parece mentira que te pueda molestar el que tu padre pase una pequeña temporada en tu isla. Yo no tendría inconveniente y estaría encantada con la presencia de mi padre. Te aseguro que se la prestaría con mil amores si tuviera la suerte de poseer una.

—Tu padre empezaría por hablar contigo, te pediría permiso y se aseguraría de que no iba a molestarte —contestó Jorge, enojada—. En cambio, el mío nunca se conduce así. Hace lo que le da la gana, sin consultar a nadie. Debió ser el mismo quien me escribiese. ¡Me hace perder los estribos!

—Es que tú tienes unos estribos siempre a punto de dispararse —observó Ana riéndose—. No te enfades y no pongas esa mala cara, que, por mi parte, no pienso utilizar tu famosa isla sin tu real permiso.

Pero Jorge no quiso aceptar la broma. Sin sonreír, recogió la carta y volvió a leerla con rostro tétrico:

—¡Y pensar que se han estropeado todos mis estupendos planes de vacaciones! —dijo—. ¿Tú sabes lo
súper
que esta la isla Kirrin en los días de Pascua? Llena de prímulas, retama y conejitos recién nacidos… Y ya os había invitado a ti y tus hermanos. No hemos estado allí desde el verano pasado, cuando fuimos de camping.

—Ya lo sé. ¡Tenemos más mala pata! —se lamentó Ana—. ¡Hubiera sido magnífico pasar en la isla estas vacaciones! Bueno, de todas maneras, yo creo que podremos ir igual. A tu padre no le importara tenernos allí. No le molestaremos.

—Como si vivir en la isla estando papá fuera igual que si estuviéramos solos —comentó Jorge en tono desdeñoso—. Sabes muy bien que nos haría la vida imposible.

Bien, tenía razón. Ana no creía en absoluto que la estancia en la isla les resultara divertida con la continua presencia del tío Quintín. El padre de Jorge era un hombre impaciente e irritable, sobre todo cuando se hallaba ocupado en sus experimentos. Entonces se volvía insufrible. El menor ruido le sacaba de sus casillas.

—¡Figúrate como gritará a los cuervos para que se callen y perseguirá a las alborotadoras golondrinas! —se chanceó Ana—. Seguro que la isla no le parecerá tan pacifica como se imagina.

Esta vez Jorge se dignó a sonreír. Dobló la carta y se volvió, dispuesta a marcharse.

—Está bien, pero esto pasa de la raya. Confieso que no me habría enfadado tanto si papá se hubiera dignado pedirme permiso.

—Nunca haría una cosa así —sentenció Ana—. No creo que se le haya pasado siquiera por la cabeza. Y ahora, Jorge, por lo que más quieras, no te pases el día meditando sobre tus males. Baja a la perrera y recoge a Tim. Esto te pondrá de buen humor.

Timoteo, o Tim, era el perro de Jorge. Ésta lo quería con todo su corazón. Un perro grandote, de color castaño mezclado, con una cola ridículamente larga y un hocico ancho, con el que parecía sonreír. Los cuatro primos le querían mucho. Era tan amable y servicial, tan animado y divertido, que se lo llevaban consigo en todas sus aventuras.

Entre los cinco habían pasado ratos muy felices.

Jorge se dirigió, pues, en busca de Tim. La escuela permitía a las internas llevar consigo sus animales preferidos. Si el reglamento lo hubiera prohibido, es seguro que Jorge se hubiese negado a permanecer en el colegio. No había consentido en separarse de
Tim
ni un solo día.

Tim prorrumpió en entusiastas ladridos tan pronto como la vio acercarse. Jorge perdió en el acto su adusta expresión y sonrió. Su fiel y querido
Tim
valía más que una persona. Siempre se mantenía a su lado, siempre se comportaba como un amigo, hiciera lo que hiciese. Y, para el perro, Jorge significaba lo más admirable del mundo.

Pronto se encontraron caminando los dos juntos por los campos. Jorge habló con
Tim
como acostumbraba hacerlo. Le contó todo: como su padre se había apoderado de la isla de Kirrin, la indignación que le había causado el hecho, etc.
Tim
aprobaba todas sus palabras. Escuchaba con la mayor atención, como interesándose por cada detalle y ni siquiera cuando un conejo se cruzó en su camino aparto la mirada de su amita.
Tim
advertía en seguida si Jorge tenía algún disgusto. Comenzó a lamer su mano. De regreso a la escuela, Jorge se sentía mucho mejor.

En secreto, introdujo al perro en el edificio escolar. ¡Pobre de ella si lo descubrían! No se permitía a las niñas llevar los perros al interior de la escuela. Estos debían quedarse en la perrera, cuando no estaban de paseo con sus amas. Pero Jorge, que se parecía mucho a su padre, solía hacer a menudo lo que le daba la gana, importándole un comino el reglamento.

De modo furtivo, penetraron ambos en su dormitorio. El perro se escondió de inmediato debajo de la cama. Su rabo golpeaba con suavidad el suelo. Sabía lo que aquello significaba. Su ama deseaba tenerlo junto a ella aquella noche. En cuanto se apagasen las luces, podría saltar sobre su cama y acurrucarse junto a sus rodillas. Sus ojos pardos brillaban de alegría.

—Ahora, estate quieto —susurro Jorge.

Y salió de la habitación para reunirse con sus compañeras. Encontró a su prima entretenida en escribir una carta a sus hermanos Julián y Dick, que también estaban internos.

—Les explico lo de la isla de Kirrin —dijo— y que tu padre la ha requisado para él ¿Te gustaría pasar estas vacaciones con nosotros, Jorge? Total, no podemos ir a Kirrin… Te sentaría bien y no te sentirías tan fastidiada porque tu padre se quede en la isla.

—No, gracias —contestó Jorge—. Prefiero ir a casa. Tengo que vigilar a mi padre. No quiero que haga volar la isla Kirrin con uno de sus experimentos. ¿Sabías que trabajaba con explosivos?

—¿Bombas atómicas o cosas así? —exclamó admirada Ana.

—No lo sé —respondió su prima—. De todos modos, aparte de vigilar a mi padre y a mi isla, es necesario que esté yo en casa para hacer compañía a mamá. Estará completamente sola en la finca, si papa se va a la isla. Supongo que él se llevara víveres y todo lo necesario.

—Bueno… ¡Por lo menos es una ventaja! No nos veremos obligados a andar de puntillas ni a hablar en voz baja si tu padre no está en casa —manifestó Ana—. Podremos armar tanto alboroto como nos apetezca. ¡Hala, anímate, Jorge!

Sin embargo, hubo de pasar mucho tiempo todavía antes de que a Jorge se le quitara el mal humor producido por la carta de su madre. Ni la compañía de
Tim
por las noches en su cama —hasta que lo descubrió una maestra severa— fue suficiente para disipar su disgusto.

El curso tocaba a su fin. Llegó abril, con sus días de sol alternando con otros lluviosos. Las vacaciones se iban aproximando cada vez más. Ana pensaba con alegría en Kirrin, en su suave playa arenosa, su mar azul, sus barquitas de pesca y sus agradables paseos a orillas del mar.

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