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Authors: Donna Leon

Tags: #Intriga

La palabra se hizo carne

 

El cadáver de un hombre desfigurado aparece flotando en un canal. No hay denuncias de desapariciones, el hombre no lleva documentación, ha perdido un zapato, y Brunetti sólo cuenta con el informe del forense para su investigación: el difunto sufría una extraña enfermedad. Sin embargo, el comisario tiene la rara intuición de que conoce a la víctima; inexplicablemente, sabe que tiene los ojos claros.

Siguiendo el rastro de una posible pista, Brunetti llegará hasta el matadero de Preganziol, en Mestre, fuera de su territorio habitual. ¿Quién es este hombre sin rostro ni pasado? ¿Quién y por qué lo eliminó? Un caso sin apenas información es un reto para el comisario Brunetti, que deberá sumergirse en las zonas más desconocidas de la siempre inquietante Venecia.

Donna Leon

La palabra se hizo carne

Saga Comisario Brunetti 21

ePUB v1.0

Creepy
18.04.12

Título Original:
Beastly Things
, 2012

Autor: Donna Leon
[*]

Fecha edición española: 2012

Editorial: Editorial Seix Barral, S.A.

Traducción: Beatriz Iglesias Lamas

Para Fabio Moretti y

Umberto Branchini

Va tacito e nascosto,

quand’avido è di preda,

l’astuto cacciator.

E chi è a mal far disposto

non brama che si veda

l’inganno del suo cor.

Furtivo y en silencio,

cuando, ávido de presa,

va el astuto cazador.

Quien al mal está dispuesto

no desea que se vea

el engaño de su corazón.

Mozart, Händel

1

Aquel hombre permanecía quieto, inmóvil como un trozo de carne sobre una tabla, yerto como la propia muerte. Aunque hacía frío, lo tapaba sólo una delgada sábana de algodón que dejaba la cabeza y el cuello al descubierto. Visto de lejos, el pecho se le erguía de manera poco común, como si hubiera tenido algo alojado bajo la espalda, todo a lo largo. Si esta forma blanca fuera la cumbre nevada de una montaña, y el que mira un excursionista agotado al final de una ardua caminata con la intención de cambiar de vertiente, seguramente decidiría rodear el cuerpo del hombre para pasar por los tobillos en vez de por el pecho. La ascensión parecía demasiado larga y empinada, y quién sabe qué dificultades se encontraría al otro lado.

Desde el costado, la altura aberrante saltaba a la vista; desde arriba —si el excursionista estuviera ahora en la cima y pudiera bajar la mirada hacia el hombre—, era el cuello lo que destacaba. Su cuello, o para mayor exactitud, su ausencia. Porque, en rigor, parecía una gruesa columna que descendiera de las orejas a los hombros en línea recta, sin mellas ni angosturas. Aquel cuello poseía el ancho de la cabeza.

También destacaba la nariz, apenas reconocible de perfil. Se la habían aplastado y torcido hacia un lado y presentaba arañazos y diminutas marcas en la piel. La mejilla derecha también se veía rascada y cubierta de cardenales. Todo el rostro estaba tumefacto; la tez, blanca y flácida. Desde arriba, la carne se hundía en un arco cóncavo bajo los pómulos, y su rostro era más pálido aún que el de la propia muerte. Se trataba de un hombre al que le había dado poco el sol.

Tenía el pelo oscuro y una barba corta que tal vez se hubiera dejado crecer para tratar de disimular el cuello, aunque nadie podría ocultar algo así durante más de un segundo. La barba era una distracción visual, que casi al momento quedaba relegada a mero camuflaje, porque recorría la mandíbula y bajaba por esa columna de cuello como si no supiera dónde detenerse. Desde esa altura, casi parecía que se le extendiera por el cuello hasta los laterales, un efecto exagerado por la forma en que la barba encanecía por ambos lados.

Las orejas eran increíblemente delicadas, casi femeninas. Unos pendientes no estarían fuera de lugar, de no ser por la barba. Bajo la oreja izquierda, a un ángulo de unos treinta grados justo donde desaparecía el pelo, había una cicatriz rosada. Tendría unos tres centímetros de largo y el grosor de un lápiz; la piel era rugosa, como si quien la hubiera cosido lo hubiera hecho con prisas o sin cuidado porque al fin y al cabo era un hombre, y una cicatriz no es algo de lo que un hombre deba preocuparse.

Hacía frío en la sala. El único ruido que se oía era el pesado zumbido del aire acondicionado. Ni el pecho prominente de aquel hombre se movía arriba y abajo ni todo su cuerpo se estremecía incómodo por el frío. Yacía desnudo bajo la sábana, con los ojos cerrados. No esperaba, porque se encontraba más allá de la espera, más allá del retraso o la puntualidad. Cualquiera tendría la tentación de decir que el hombre simplemente estaba allí. Pero eso sería falso, porque ya no existía.

Había otras dos siluetas en la sala tapadas de modo similar, aunque más cerca de la pared: el hombre con barba ocupaba el centro. Si un hombre que miente de manera compulsiva le confiesa a otro que es un mentiroso, ¿dice la verdad? Y si no hay nadie con vida en una sala, ¿significa eso que está vacía?

Una puerta se abrió del otro lado, y la sostuvo abierta un hombre alto y delgado con una bata blanca de laboratorio. Permaneció allí de pie el tiempo suficiente para que otro hombre pasara por delante y entrara. El primero soltó la puerta y dejó que se cerrara lentamente con un chasquido sordo, casi líquido, que reverberó en la fría sala de autopsias.

—Ahí lo tiene, Guido —dijo el
dottor
Rizzardi acercándose tras Guido Brunetti,
commissario
de policía de la ciudad de Venecia.

Brunetti se detuvo como lo hubiera hecho el excursionista, y miró de frente a la cima nevada del hombre. Rizzardi avanzó hasta la mesa sobre la que yacía el cadáver.

—Lo apuñalaron tres veces en la región lumbar. Diría que el arma homicida tenía una hoja muy delgada, de menos de dos centímetros de ancho, y quien lo hizo era muy bueno o muy afortunado. Hay un par de moratones en la cara anterior del brazo izquierdo —dijo Rizzardi deteniéndose ante el cuerpo—. Y agua en los pulmones; lo cual quiere decir que estaba vivo cuando se sumergió. Pero le alcanzaron una arteria: no tuvo escapatoria. Se desangró en cuestión de minutos. —Rizzardi añadió en tono grave—: Antes de ahogarse. —Cuando Brunetti se disponía a hacerle una pregunta, el patólogo concluyó—: Parece que fue ayer, pasada la medianoche. Dado que ha estado en el agua, eso es todo cuanto puedo precisar.

Brunetti se quedó a medio camino de la mesa, mirando al muerto y al patólogo alternativamente.

—¿Qué le sucedió en la cara? —inquirió Brunetti, consciente de lo difícil que sería identificar una foto suya o, más bien, de lo difícil que resultaría contemplar una foto de aquel rostro hinchado y descompuesto.

—Mi hipótesis es que se desplomó de bruces cuando lo apuñalaron. Seguramente estaba demasiado aturdido para amortiguar la caída con las manos.

—¿Y una foto? —aventuró Brunetti preguntándose si Rizzardi podría disimular parte de los desperfectos.

—¿Quiere enseñársela a la gente? —No era la respuesta que Brunetti esperaba, pero al fin y al cabo era una respuesta.

Brunetti preguntó:

—¿Qué más?

—Diría que rondaba los cincuenta, gozaba de una salud aceptable y no trabajaba con las manos. No puedo decir más.

—¿Por qué tiene una forma tan extraña? —inquirió Brunetti acercándose a la mesa.

—¿Se refiere al pecho?

—Y al cuello —añadió el comisario, con los ojos clavados en su grosor.

—Se llama enfermedad de Madelung —contestó Rizzardi—. He leído algo sobre ella y recuerdo que la estudié en la Facultad de Medicina, pero nunca la había visto antes. Sólo en fotos.

—¿Qué la provoca? —se interesó Brunetti, de pie junto a aquel hombre sin vida.

Rizzardi se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? —Y como si él mismo le hubiera oído decir aquello a un médico, explicó—: Suele asociarse con el alcoholismo y a veces con el consumo de drogas, aunque éste no es el caso. No se trataba de un borracho, para nada, y tampoco he hallado indicios de drogas. —Hizo una pausa, y después prosiguió—: Muy pocos alcohólicos la contraen, gracias a Dios; sin embargo, la mayoría de los afectados, casi siempre hombres, son adictos al alcohol. Nadie parece comprender por qué.

Rizzardi se acercó un poco más al cadáver y señaló el cuello, que se ensanchaba especialmente en la nuca, donde Brunetti vio lo que parecía un bulto. Antes de que el comisario pudiera hacer ninguna pregunta al respecto, Rizzardi continuó.

Es grasa. Se acumula aquí —dijo señalando el bulto—. Y aquí. —Apuntó a lo que parecían dos pechos bajo la sábana blanca, justo en el lugar donde los tendría una mujer—. Empieza a concentrarse en la parte superior del cuerpo a los treinta o cuarenta años de edad.

—¿Quiere decir que crece? —preguntó Brunetti tratando de imaginar semejante cosa.

—Exacto. A veces también en los muslos, pero aquí sólo se aprecia en el cuello y en el pecho. —Se paró a pensar un instante y luego agregó—: Pobres diablos, los convierte en barriles.

—¿Es algo habitual?

—No, en absoluto. Habrá sólo unos cientos de casos conocidos. —Se encogió de hombros—. No sabemos gran cosa.

—¿Algo más?

—Lo arrastraron por una superficie rugosa —respondió el patólogo, que condujo a Brunetti a los pies de la mesa y levantó la sábana. Señaló el talón del hombre, donde la piel estaba rascada y levantada—. También hay marcas en la espalda.

—¿De qué?

—Diría que alguien lo levantó agarrándolo por debajo de los brazos, y lo arrastró por el suelo. No hay gravilla en la herida —dijo—, así que probablemente el suelo fuera de piedra. —Para añadir información, Rizzardi observó—: Llevaba sólo un zapato, un mocasín. El otro debió de habérsele caído.

Brunetti retrocedió unos pasos hasta la cabeza de aquel hombre y contempló la cara barbuda.

—¿Tiene los ojos claros? —preguntó.

Rizzardi se volvió hacia él; su sorpresa era evidente.

—Azules. ¿Cómo lo sabía?

—No lo sabía.

—Entonces ¿por qué lo ha preguntado?

—Creo haberlo visto en algún lugar —contestó Brunetti. Miró fijamente al hombre, su rostro, su barba, la columna ancha que tenía por cuello. Pero su memoria sólo le devolvió la certeza de los ojos.

—Si lo hubiera visto antes, seguramente lo habría recordado, ¿no? —El cuerpo de aquel hombre bastaba para responder a la pregunta de Rizzardi.

Brunetti asintió.

—Sí, pero si intento pensar en él, me quedo en blanco. —Su incapacidad para recordar algo tan excepcional como el aspecto de aquel hombre inquietaba a Brunetti más de lo que estaba dispuesto a admitir. ¿Lo habría visto en una foto, en una ficha policial, o en una imagen de algún libro que había leído? Años antes, había hojeado el atlas criminal de Lombroso: ¿quizá este hombre no hacía más que recordarle a uno de aquellos portadores de criminalidad hereditaria?

Sin embargo, las litografías de Lombroso estaban en blanco y negro; ¿los ojos se veían oscuros o claros? Brunetti buscó la imagen que debía de guardar en algún rincón de su memoria, anclando la mirada en la pared de enfrente para concentrarse. Pero nada, no encontró ningún recuerdo nítido de aquel hombre, ni de aquél ni de otro.

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